viernes, 28 de julio de 2017

Perfectos

Y mientras los dos pequeños niños jugaban en el jardín con su pequeño perrito inglés, la madre le llevaba limonada fría a su apuesto esposo, quien lavaba el automóvil último modelo aparcado en la entrada al garage de la hermosa casa en la que vivían los cuarto. 

Eran ricos, felices y atractivos, todos en la ciudad querían ser como ellos. Habían salido en las portadas de varias revistas debido, principalmente, al trabajo voluntario de la madre y a la carrera profesional exitosa del padre. Sus ropas eran finas y sus viajes eran largos y sumamente costosos. ¡Eran simplemente perfectos!

Aunque quizá si el mundo hubiese conocido la verdad completa entonces, quizá, no hubiesen deseado la vida de la familia perfecta. Pues resulta que al cerrarse las puertas, detrás de las paredes con pintura y acabados costosos, la mujer se dirigía cada noche a su gabinete y tomaba varias pastillas antidepresivas en la bañera, llorando amargamente por el desprecio que le tenía a la vida que le había tocado vivir. De vez en cuando recibía uno que otro golpe de su "perfecto" esposo alcoholico y uno que otro grito hiriente y destructivo. Ya era común que la niña pequeña se orinara cada noche en la cama, y también era común que el padre le gritara hasta el cansancio lo terrible que era tenerla como hija siendo tan sucia y estando tan "descompuesta". El niño por su parte se encerraba en su habitación y pretendía no escuchar ni ver nada de lo que ocurría. 

Qué perfecta es una sonrisa que se finge, una foto que esconde una desgracia, un beso amargo y un abrazo adolorido. ¡Qué perfecto luce todo aquello! Qué perfecto el mundo con sus mentiras y frivolidades, con sus farsas y atrocidades, qué perfectas las familias y los hijos y las mascotas de los hijos. Qué perfecto es lo imperfecto y que doloroso es fingirlo. En el camino de la vida, siempre, los humanos caminan marcados por sus pasados, condenados por sus heridas y rotos por sus angustias. Pero qué fácil es fingir una sonrisa y qué difícil aguantarse el llanto. 


martes, 25 de julio de 2017

Strawberries

La mordí y su jugo me inundó la boca al instante; era agridulce, mi sabor favorito. No podía encontrar un rojo más brillante, ni siquiera la rosa más roja o la sangre más escarlata podrían igualársele. Estaba sentado en una playa, al sur del país, solo, observando las olas formarse y deformarse en la alfombra gigante del mar turquesa. Cada vez que mordía una fruta, cada vez que sentía su jugo en mis labios, un recuerdo se me venía a la cabeza. Llevaba ya varios días en aquel lugar, llevaba mucho tiempo haciendo muchas cosas en mi vida; permanecer, construir, quedarme, todo en mi vida ahora era mejor en muchos sentidos. 

Así como mordía y devoraba aquellas fresas, llevándolas a su final, así habían terminado muchas cosas en mi vida que antes pude disfrutar, como el sabor de las fresas en mi paladar. La vida es misteriosa, extraña, las personas lo son también. Pensé en todos los "amigos" que nunca fueron en verdad amigos, que nunca fueron siquiera humanos, que fueron tanto, menos personas con alma, personas reales; mis fresas tenían más alma que ellos. No quise juzgar a nadie, yo también cometí muchos errores en el pasado, no me arrepiento de nada en realidad. No les deseo cosas buenas a aquellas personas de mi pasado, pero tampoco les deseo cosas malas, no les deseo nada, que sigan sus vidas así como yo sigo con la mía, así como yo como mis fresas que ellos coman las cosas que les gustan. 

Ojalá tuviera más momentos a solas como ese momento. Pensé en la mujer que me vendió las fresas en la avenida de puestos ambulantes; tenía dos hijos pequeños según pude ver. Comer fresas es una experiencia relajante; no es como comer kiwi, el kiwi  te  vuelve eufórico, la manzana causa insomnio y los duraznos te ponen sentimental. Yo preferiré siempre las fresas, así, naturales. Prefiero el mar, el mar turquesa, el sol, el sol brillante, y a ti, a ti viviendo en mi corazón, recordando tus besos y las sonrisas que me brotan cuando estoy contigo. Prefiero pensar antes de actuar, prefiero pensar durante mi actuar y pensar después de lo actuado; pensar en comprar las fresas a esa mujer con dos hijos, pensar mientras las muerdo y miro la espuma de las olas del mar, pensar cuando se terminen y ya no tenga más que comer y deba volver al hotel, quizá por una piña colada o una copa de champán con una cereza dentro; si bebo la piña el mundo me parecerá gracioso y reiré y reiré, si muerdo la cereza juro que iré corriendo a buscarte para besarte y llevarte a mi cama, porque eso hacen las cerezas. 



viernes, 14 de julio de 2017

De noche

Salía de noche siempre, el tercer día, de la tercera semana de cada mes. Salía de un árbol enorme que estaba en el bosque a las afueras del pueblo. Un humo grisáceo inundaba el lugar a la media noche, cuando el frío era paralizador, cuando la lluvia había dejado todo húmedo, lleno de lodo, de lodo lleno de gusanos y sanguijuelas. Salía de entre las sombras, con el sonido de la madera crujiendo, vestida con una capa roja por la que se asomaban sus lacios y largos cabellos. Algunos cuentan que pudieron ver su rostro iluminado por la luz de la luna; era más blanca que la nieve y sus ojos más negros que la noche más oscura y fría. 

Caminaba hasta un claro en el bosque mientras los animales le seguían el paso; serpientes, lechuzas, conejos, lobos, coyotes, hasta las hormigas iban tras ella. Encendía una fogata, se desnudaba y danzaba mientras el sonido de un violín acompañaba su baile alrededor del fuego, una música tétrica salida quizá del infierno, tocada por algún ente condenado al sufrimiento eterno, escondido entre la penumbra del bosque. Danzaba hasta las tres de la mañana, entonces volvía al agujero en aquel árbol enorme y desaparecía. 

Dicen que antes fue una mujer común y corriente, una bella pueblerina a la que le rompieron el corazón tantas veces que terminó por vender su alma al diablo para nunca más ser lastimada, para nunca más ser herida. Y es que uno a veces quisiera deshacerse de todo lo que nos hace sentir, sentir dolor, para no sufrir. También dicen que cuando algún hombre se acerca a ella mientras danza, con la intención de poseerla debido a su belleza, sufre un destino terrible; muchos han desaparecido del pueblo. Se tiene la teoría de que los sacrifica, se come su corazón y se baña en su sangre como símbolo de su desprecio hacia lo masculino, como recuerdo del odio que sintió cuando le rompieron el corazón en demasiados pedazos. 

Ella viene de noche, algunas noches, y yo, cuando escucho el violín a lo lejos sonar, sé que no dormiré por el terror que me invade. 


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