sábado, 23 de septiembre de 2017

Terremoto: crónica de un sobreviviente

Estoy bastante cansado por dentro, pero aún así, una parte de mí se resiste a rendirse. No he dormido nada bien, es como si durmiera por encima de los lagos del sueño; imagino a las personas que lo perdieron todo y el sueño se me va, imagino el sonido de alerta cada vez que un auto pasa cerca de mi ventana y toca el claxon y salto de la cama, alucino que se escucha la bocina alertándonos desde la calle. Me baño lo más rápido posible porque tengo miedo de que la tierra se mueva mientras estoy en la regadera, no pongo seguro a las puertas, dejo la puerta de mi habitación abierta, no subo el volumen de la televisión para poder escuchar si la alerta se activa y... ¿si no se activa? ¿si no la escucho? He dejado de ver los noticieros, he dejado de ser morboso, de reproducir los videos en Facebook, de ver cómo otros sufren. 

No he salido de mi casa porque tengo miedo de encontrarme con el desastre de frente, burlándose de mí en la cara, intentando hacerme pequeñito e insignificante. Tengo las llaves de la casa siempre en mis manos por si tengo que salir corriendo de aquí, cierro las llaves del gas todo el tiempo, me recuesto intentando dormir pero logro hacerlo por poco tiempo. Quisiera salir a ayudar pero sé que estorbaría, ya hay demasiada gente allá afuera. Corroboro información para poder compartirla en las redes sociales y escribo cosas que puedan animar a todos. Como psicólogo invocó a la resiliencia humana y busco dentro de mí cada segundo las herramientas para sobreponerme. Vivir se ha vuelto algo duro para mí y para los que me rodean, y se ha vuelto algo terrible para los que sufrieron en el desastre. 

Esto es desgastante; hay una nube gris cubriéndolo todo en la ciudad y vivimos alerta las veinticuatro horas del día. La gente duerme con un ojo abierto y el otro cerrado porque el mundo teme a otra sacudida. A veces se me va el hambre, no he estado comiendo muy bien que digamos, pero entiendo que todas estas cosas son normales, es el trauma, el shock, lo violento de la situación. 

Pero el sol sigue saliendo, aunque esté detrás de las nubes. Y poco a poco vamos componiéndonos, y poco a poco la presión se libera y nos desahoga, y así, desde el fondo de mi alma espero que todos encuentren consuelo y esperanza para seguir adelante. 



martes, 29 de agosto de 2017

Farfalla

Había una mariposa azul parada en mi ventana. Llevaba ahí varios minutos, moviendo las alas lentamente, creo que me observaba, no sé, no veía yo sus pequeños ojos, pero me daba esa impresión. Estaba escribiendo sobre mi escritorio, una historia, un cuento, no recuerdo bien, pero lo que sí recuerdo es que arranqué la hoja, la arrugué y la arrojé al cesto de la basura, y claro, cayó fuera. 

Tenía mucho tiempo sin ver un azul tan azul como el de las alas de aquella mariposa. Al poco tiempo llegó otra y se posó al otro extremo de la ventana; era completamente negra y en la orilla de sus alas la luz se reflejaba como en las aguas de un lago que parece espejo. Pensé que era un día bastante soleado y cálido para que las mariposas salieran de paseo, a espiar a los humanos aburrirse en sus tontas vidas sin alas, sin poder volar, sin poder ser majestuosos como ellas lo eran. 

Hay una mariposa azul y una negra en mi ventana -comencé a escribir-, me están observando sin duda. Hoy no me han sucedido cosas interesantes, ¡mentira! Hoy he encontrado un billete de quinientos pesos en un abrigo que he llevado a la tintorería por la mañana; me he sentido el hombre con más suerte del mundo. En el camino al trabajo una niña rubia de ojos azules me ha sonreído en el subterráneo, lo juro, era la niña más bella que he visto en mi vida. Lo mejor del día es que he ido a comer con él; nos tomamos un café y nos dimos un besito muy tierno, muy... 

Una tercera mariposa se posó en mi ventana, era de un color salmón encendido. Me sentí un iman de mariposas, sentí que si salía de la casa llegarían cientos de ellas y volarían alrededor mío, pero tenía demasiada flojera para salir, así que seguí escribiendo. 

... llevo tanto tiempo esperando algo bueno, a alguien bueno, que ahora que lo tengo todo me parece tan ajeno, tan distinto; mi vida ya no es la que era antes de él. Ahora todo parece más grande, más bello, más azul. La comida me sabe deliciosa, el vino y el licor los disfruto como nunca, la lluvia, las nubes y el mar, el sol en mi piel, mis labios con miel, azúcar, sal, el viento, la luna y su luz, la noche abismal. Las mariposas vienen a mí, conversan conmigo, se ríen de mí, quizás, de que no tengo alas, de que parezco un tonto enamorado, un ente atolondrado por los besos y las caricias de otro igual. 

Tocaron a mi puerta y las mariposas salieron volando. Firmé el escrito y lo titulé "Farfalla". Abrí la puerta, era él, el que me hacía ver todo más azul, el que hacía que las mariposas volaran a mi ventana, quien ahora me hacía ver el mundo de otras formas, a través de otros ojos, como las mariposas que ven mucho mientras vuelan; me hace volar. 


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viernes, 28 de julio de 2017

Perfectos

Y mientras los dos pequeños niños jugaban en el jardín con su pequeño perrito inglés, la madre le llevaba limonada fría a su apuesto esposo, quien lavaba el automóvil último modelo aparcado en la entrada al garage de la hermosa casa en la que vivían los cuarto. 

Eran ricos, felices y atractivos, todos en la ciudad querían ser como ellos. Habían salido en las portadas de varias revistas debido, principalmente, al trabajo voluntario de la madre y a la carrera profesional exitosa del padre. Sus ropas eran finas y sus viajes eran largos y sumamente costosos. ¡Eran simplemente perfectos!

Aunque quizá si el mundo hubiese conocido la verdad completa entonces, quizá, no hubiesen deseado la vida de la familia perfecta. Pues resulta que al cerrarse las puertas, detrás de las paredes con pintura y acabados costosos, la mujer se dirigía cada noche a su gabinete y tomaba varias pastillas antidepresivas en la bañera, llorando amargamente por el desprecio que le tenía a la vida que le había tocado vivir. De vez en cuando recibía uno que otro golpe de su "perfecto" esposo alcoholico y uno que otro grito hiriente y destructivo. Ya era común que la niña pequeña se orinara cada noche en la cama, y también era común que el padre le gritara hasta el cansancio lo terrible que era tenerla como hija siendo tan sucia y estando tan "descompuesta". El niño por su parte se encerraba en su habitación y pretendía no escuchar ni ver nada de lo que ocurría. 

Qué perfecta es una sonrisa que se finge, una foto que esconde una desgracia, un beso amargo y un abrazo adolorido. ¡Qué perfecto luce todo aquello! Qué perfecto el mundo con sus mentiras y frivolidades, con sus farsas y atrocidades, qué perfectas las familias y los hijos y las mascotas de los hijos. Qué perfecto es lo imperfecto y que doloroso es fingirlo. En el camino de la vida, siempre, los humanos caminan marcados por sus pasados, condenados por sus heridas y rotos por sus angustias. Pero qué fácil es fingir una sonrisa y qué difícil aguantarse el llanto.