sábado, 28 de noviembre de 2015

El final siempre es tormentoso

De pronto me puse a pensar en las cosas que nos mueven más en el interior como seres humanos emocionales y me encontré con todo aquello que se acaba, lo que termina, lo que se va, a veces definitivamente. Creí que sería importante tocar el tema de los finales, por supuesto desde mi perspectiva analítica y al mismo tiempo emocional.

Cuando el final es inevitable

Una de las cosas que suceden cuando algo en nuestra vida llega a su fin es el nacimiento de una frustración originada a partir de nuestros intentos inútiles por detener el término de aquello con lo que luchamos por un tiempo considerable. Nos enojamos porque no tenemos la fuerza suficiente para frenar el inminente final que se viene sobre nosotros con una fuerza imponente; esas ganas de seguir luchando contra el fin del camino parecieran incansables, nos roban toda la fuerza, toda la energía emocional y psicológica.

Los finales llegan todo el tiempo porque la vida es de este modo, las cosas llegan y se van, comienzan pero también terminan. No podemos detener los cierres que la vida necesita hacer en nosotros para poder abrir cosas nuevas. Es parte de un ciclo, y también es parte del ciclo enojarnos por no tener el control de todo, en especial de aquellas cosas que amamos o que nos costaron tanto.

Los finales, siempre tormentosos 

Cuando algo en nuestra vida llega a su fin siempre hay una tormenta encima de nosotros empapándonos con duelos y sensaciones desagradables; la tormenta en un final es inevitable. Cuando algo llega a su fin siempre habrá una sensación de vacío porque desearemos más de todo eso que tuvimos, a veces esa sensación es tan pequeña que dura un tiempo muy corto y podemos pensarla, sentirla y guardarla en el baúl de los recuerdos mentales pero, en otras ocasiones, la sensación del final es hiriente, ácida y funciona bajo una tortura constante que nos hace añicos por dentro. Siempre hay un desagrado en los finales porque deseamos tener algo que no podemos obtener: eternidad. Los finales construyen sus tormentas, a veces pequeñas e inofensivas, y otras veces rayando en la muerte y la enfermedad.

Los finales siempre aquejan el alma de quienes los viven, es así como debe de ser, porque sin ello no podríamos vivir lo nuevo, lo que está a punto de nacer; la vida necesita deshacerse de cosas para llenarnos de otras, no podemos tenerlo todo ni a todos al mismo tiempo y por los siglos de los siglos. Los finales son necesarios; como el amor cuando se acaba, la vida que termina o el punto final de este texto.

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jueves, 26 de noviembre de 2015

Charlas de café negro I

Como gran parte de la población mundial tengo un gusto bastante particular por el café, el cual, por lo regular, he de tomar siempre dulce y con leche, pero en algunas ocasiones, pocas debo aclarar, el café negro y amargo se le antojó a mi paladar por alguna razón. Fue en esas ocasiones en las que decidí ir a una cafetería y tomarme a solas una taza de café negro, sin azúcar, y me sucedieron algunas cosas extrañas, o bueno en realidad creo que las cosas extrañas suceden todo el tiempo pero siempre estamos tan concentrados en otros asuntos y en otras personas que no percibimos lo que acontece a nuestro al rededor. 

En alguno de esos arrebatos de soledad placentera que pasé en algún café de mi ciudad, me encontré con cuadros diversos de personajes interesantes sentados en las mesas circundantes. En algunas ocasiones podía encontrarme a familias enteras, cerca de mi mesa, hablado sobre temas sumamente serios mientras los hijos jugaban por ahí con el perro, envueltos en una burbuja que les impedía enterarse de alguna situación terrible por la que los adultos atravesaban. Pensaba yo, en aquellas ocasiones, que es bastante común silenciar la catástrofe para que los niños no puedan escuchar el estruendo de la destrucción, la guerra o el caos y, aunque a veces es inevitable que salgan lastimados de algún modo, los adultos procuran protegerlos a toda costa de la tormenta. Por ello me parecía bastante interesante aquel retrato común en donde de un lado observabas nubes grises y electricidad rondando a los que hablaban con seriedad y del otro un ambiente lleno de color, sol y sonrisas de niños. Los contrastes siempre me han parecido atractivos y éste no fue la excepción, era un contraste de carne y huesos, de emociones humanas reales, difuminadas de lo serio y sombrío a lo divertido y lleno de luz. 

En aquellas ocasiones en las que observaba a las familias podía comenzar a crear historias en mi cabeza, rápidas y sin detalles tediosos de explicar; quizá la abuela había muerto y todos discutían la complicada situación de la herencia y las deudas bancarias, o los hijos charlando sobre cómo pagarían la cuenta del hospital ahora que papá llevaba varias semanas internado. Podía imaginar pláticas sobre funerales y pérdidas, sobre noticias inesperadas que necesitaban consultarse, cosas que necesitaban hablarse con gente que no quería escucharlas pero que tenía que. Pude imaginar tantas cosas, incluso cree personajes y anécdotas, pude verme ahí, hablando sobre algo con esa familia, intentando la manera de hacer todo más fácil. Disfruté mucho aquellas tardes que, aunque me encontraba solo en la mesa, habían sido familiares de algún modo; observar, analizar e imaginar siempre han sido mis mejores dotes como escritor, encontrar nuevas inspiraciones es tan fácil como sentarte y observar a los demás. El café negro nunca me supo tan dulce. 






miércoles, 25 de noviembre de 2015

"La herejía" - Capítulo 2. El árbol

Lee el capítulo anterior AQUÍ

El sonido de la ciudad se revolvía con sus pensamientos mientras su esposo conducía el auto y hablaba por teléfono con su secretaria intentando solucionar una cuestión administrativa. Carlo de la Vega era un empresario eminente de la ciudad que había creado una importante fortuna a partir de la comercialización de metales a diversas partes del país y del mundo. Se había casado con Julieta Pazca ocho años atrás cuando había decidido contratarla como directora de la campaña publicitaria de su empresa. Julieta era una mujer sumamente atractiva y con una carrera impecable dentro del mundo del marketing y la publicidad. Los empresarios en la ciudad la veían como la favorita en cuestiones mercadológicas, ya que sus proyectos y campañas siempre rebasaban los resultados esperados, incluso, Julieta había llegado a duplicar los objetivos monetarios en lapsos muy cortos de tiempo. Había inaugurado hacía apenas dos años su propia agencia de marketing y publicidad y, por obvias razones, todos los clientes la siguieron a su nuevo proyecto. Julieta se había enamorado de Carlo tiempo atrás debido a la galantería de aquel apuesto hombre de treinta y tantos que no reparaba en gastos para hacerla sentir especial y demostrarle su interés. 

Ensimismada en sus pensamientos sobre aquella terrible pesadilla, que últimamente se había convertido en algo constante, ignoraba la palabrería que su marido mantenía en el altavoz con Tatiana, la joven secretaria que acababa de contratar pero que al parecer aprendía bastante rápido sobre el asunto de los itinerarios, horarios, citas, juntas importantes y agendas. Esa mañana nublada Julieta había preferido que Carlo la llevara a su oficina, el tráfico en la ciudad le estresaba demasiado y conducir le causaba una ansiedad nada placentera. Mientras observaba el cielo por la ventana del lujoso automóvil, las imágenes de sus pequeños hermanos crucificados, de cabeza, desangrados en el altar de la iglesia le estremecían las entrañas, cerraba los ojos entonces y respiraba profundamente. Después de aquel terrible acontecimiento, Julieta había decidido huir del dolor que le causaban los recurrentes recuerdos de sus hermanos; todo en Río Negro se había convertido en un cruel latigazo a su memoria y a su corazón. Aquella monstruosa pérdida había roto algo en ella difícil de reparar; lo único que las autoridades habían conseguido era tomar algunas declaraciones, sacar cientos de fotografías de la escena del crimen y archivarlo todo en una bodega llena de papeles. El recuerdo y el dolor le habían perseguido a pesar de haberse marchado de Río Negro cuando cumplió quince años de edad. Cuando llegó a la gran ciudad comenzó a trabajar aseando casas de gente adinerada y después pudo pagarse los estudios al conseguir un segundo empleo como mesera en un café muy concurrido del centro; una vez graduada y con papeles en mano logró hacer proyectos para su primer trabajo formal en una empresa de mercadotecnia de mediano reconocimiento, fue ahí en donde conoció el amor y a su actual esposo. Nunca tuvo novios antes, siempre fue extremadamente dedicada a sus estudios y a su trabajo, Carlo supo cómo y en qué momento conquistarla, sin prisas, sin presiones; era un hombre honesto, trabajador y leal, cariñoso y adicto a sorprender a su esposa con pequeños detalles o, en ocasiones, con grandes regalos lujosos. 

-Cariño, ya llegamos -dijo la voz de Carlo al ver que su esposa se encontraba divagando, con la mirada perdida en el cielo una vez que hubo aparcado el auto-. ¿Cariño? -repitió y tocó su hombro obligándola a salir de su ensimismamiento. 

-Lo siento -dijo ella cuando volvió el rostro hacia él-. Estaba pensando.

-Ya me di cuenta, ¿todo bien? -preguntó Carlo. 

-Sí -respondió ella con media sonrisa-, lo prometo-. Y tras darle un beso rápido en los labios a su esposo, Julieta salió del auto y se internó en el edificio en donde se encontraba la agencia.  

En la oficina su asistente la abordó con un sin fin de pendientes importantes, pero le recalcó con especial énfasis un contrato de una cantidad muy fuerte de dinero de una clienta millonaria que había marcado por teléfono muy temprano para decir que dudaba sobre firmar con ellos y que, por favor, le dieran un par de días para pensárselo mejor y así también poder considerar otras opciones. Julieta se alarmó al respecto y decidió acudir personalmente a una entrevista con aquella clienta esa misma tarde. La secretaria de la clienta, quien se dedicaba al comercio de productos de belleza para la mujer, le había dicho que su jefa le había dicho que podía almorzar con Julieta en su residencia a las tres en punto. La voz de la joven mujer le proporcionó la dirección de la casa de su jefa, y tras un agradecimiento de Julieta, colgó el teléfono. 

-No te preocupes, Edu, conseguiré esa cuenta así sea lo último que haga -le dijo a su preocupado asistente cinco segundos antes de abandonar la oficina. 

Era extraño que aquella clienta la hubiese citado en su domicilio particular, nunca le había sucedido algo así. No la conocía en persona, pero sabía de quién se trataba; todo el asunto del proyecto publicitario se había trata por teléfono entre los asistentes de ambas mujeres y posteriormente una reunión en la agencia se había llevado a cabo entre el equipo creativo de la misma y un par de comisionados de la empresa interesada. Las dueñas de ambos lugares no se habían visto nunca, ni siquiera habían entablado una conversación telefónica o escrita; era lo que ocurría con los dueños de empresas y organizaciones grandes, el contacto con otros se volvía tarea exclusiva del personal designado para ello. 

Se trataba de un edificio muy lujoso ubicado en la zona sur de la ciudad; el chofer de la empresa aparcó la camioneta que utilizaba para trasladarse en ocasiones, bajó del vehículo y se dirigió a la recepción del lugar. Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje negro y camisa blanca, la recibió con una sonrisa gentil.

-¡Buenas tardes! -saludó él tras el mostrador de cristal y madera-. Bienvenida a la torre cuatrocientos, ¿en qué puedo servirle? 

-Hola, busco a la licenciada Kretter.

-¿Señorita Julieta Pazca? -preguntó el hombre sin dejar de sonreír. 

-Así es.

-Adelante -dijo mientras señalaba el ascensor al final del pasillo adornado con lujosos muebles y candelabros-. Oprima el número dieciséis y llegará al penthouse de la señorita Kretter. 

-¡Oh, muchas gracias! -respondió Julieta y se dirigió hacia el ascensor. 

Cuando las puertas se abrieron Julieta pudo deslumbrarse con el lujo de cada detalle del penthouse, caminó lentamente haciendo resonar sus caros tacones sobre el piso forrado de madera y se dirigió hacia la terraza, en donde a lo lejos pudo ver a una mujer sentada en un pequeño comedor dispuesto para almorzar a aire libre. 

-Eugenio, ya te he dicho que no me molesten con esas tonterías -discutía la rubia mujer con lentes de sol y ropa de marca, sentada a la mesa mientras sostenía con una mano el teléfono celular pegado al oído. Julieta se paró frente a ella y saludó con una mano provocando que la otra mujer sonriera y le hiciera una seña de espera y después otra en la que la invitaba a sentarse-. Me molesta que no sepan resolver las cosas y que se compliquen tanto en un asunto que debió concluir hace mucho tiempo. No es mi asunto, ¡resuélvanlo!. -Y acto seguido colgó la llamada y colocó el teléfono sobre la mesa redonda. Era una mujer hermosa, de unos treinta y tantos, y cuando se quitó las gafas dejó al descubierto un par de hermosos ojos azules-. ¿Julieta Pazca, verdad? -cuestionó sonriendo. 

-Así es -contestó la otra con el mismo gesto amable-. Tienes un penthouse hermoso -elogió. 

-Mil gracias -dijo desviando la mirada a los alrededores-. Me relaja mucho la terraza, esta vista es impresionante, se puede ver casi media ciudad desde aquí y, aunque me encanta, tengo muy poco tiempo para disfrutarla. 

-Oh, entonces discúlpame por robarte un pedazo de tiempo aquí. 

-No seas tonta -refutó con una carcajada-, no es ningún atrevimiento, de hecho me hace bien tu compañía hoy. Podemos hablar de negocios, almorzar y disfrutar de la vista al mismo tiempo. 

-Pues... me parece más que excelente entonces. 

-Yo fui quien te invitó así que no te sientas mal por estar aquí. 

Miranda Kretter había resultado ser una mujer sumamente interesante e inteligente. Julieta se había sorprendido de la manera en la que manejaba su empresa y de los planes que tenía a largo plazo. Platicaron un poco sobre los proyectos publicitarios, almorzaron atendidas por un mesero y retomaron la plática de negocios con un café al final. 

-Me has caído muy bien, Julieta. Creo que podemos llegar a ser grandes amigas -halagó Miranda. 

-Sí, sería genial. Pero sería genial también tenerte como clienta -dijo inteligentemente. Miranda sonrió. 

-Te daré mi respuesta mañana, pero créeme, eres en este momento mi favorita -tranquilizó-. Y cuéntame, ¿eres soltera? -preguntó intentando cambiar el rumbo de la conversación hacia algo menos serio como el dinero y los porcentajes. 

-No, estoy casada desde hace ocho años.

-¡Qué bien! Se nota que eres muy feliz. 

-¿Y tú?

-Yo soy una mujer divorciada. Me separé de ese infeliz hace doce años y no me arrepiento, lo juro. 

-A veces no suele funcionar -añadió Julieta intentando no profundizar en el tema con aquella mujer que, aunque le había parecido amena y encantadora, era una desconocida aún y, sobre todo, era una clienta potencial, así que no deseaba equivocarse hablando de más o dando opiniones no pedidas; debía mantener cierta línea. 

-No es importante. Logré mis sueños sola, sin ayuda de nadie -agregó Kretter-. Ni siquiera estaba enamorada de él. 

-Eso es admirable. Ya tendremos tiempo en otra ocasión para platicar más, ahora debo marcharme. 

-¡Oh, es una pena que tengas que irte! Pero es verdad, el tiempo es a veces insuficiente. Yo también debo volver a mi oficina. Te acompaño a la salida -dijo, y se levantó para caminar con Julieta hacia el ascensor. 

Los tacones de ambas mujeres resonaban en el suelo; justo en el momento en el que estaban por llegar al ascensor Julieta se detuvo repentinamente y giró el rostro a la pared que tenía a su izquierda. 

-¿Te gusta? -preguntó Miranda al ver la atención que Julieta le ponía a un cuadro de gran tamaño colgado en la pared. 

-Es hermoso -respondió anonadada, con la mirada perdida en aquel objeto. 

Era una pintura de esas en las que no se puede distinguir una figura sino que se trata de una mezcla de colores en un lienzo que generan cierta atracción por parte del espectador por su enigmático contenido artístico.

Miranda se acercó a Julieta y preguntó: -¿Qué es lo que ves?

-Pues está muy claro -respondió-. Un hermoso árbol bajo la luz de la luna pero...

-¿Pero qué? -interrogó Miranda sin sorprenderse por la respuesta. 

-Esos niños... -continuó Julieta, esta vez cambiando su expresión taciturna a una algo triste-. Esos niños se ven tristes -dijo con un hilo de voz mientras fruncía el entrecejo y se acercaba a la pintura. 

-Es una pintura hermosa -dijo Miranda y tocó el hombro de Julieta para tumbarla de su entretenido momento, la chica volteó a verle los azules ojos y sonrió, retrocedió dos pasos y le tendió la mano a Miranda-. Gracias por el almuerzo, espero tu llamada. -Miranda tiró de ella y le dio una abrazo. 

-Fue in placer, y no tienes nada que agradecer -respondió mientras Julieta entraba al ascensor y le decía adiós con la mano cuando la puerta se cerraba. 

Miranda volvió a la terraza de su penthouse y marcó un número en su teléfono celular.

-La encontré y está dentro de ella. Vio el árbol y a los estúpidos niños -dijo-. Prepara la cuerda, mañana le haré una visita- finalizó la llamada y sonrió malévolamente después de colocarse sus gafas oscuras de nueva cuenta. Parecía entonces que todo aquello había sido parte de un plan muy bien diseñado pero con un objetivo turbio y nada bueno, algo auguraba una tormenta en la vida de Julieta, una bastante poderosa de la que le sería difícil resguardarse.

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martes, 24 de noviembre de 2015

La psicoterapia y su inevitable sensación de soledad

Una de las cosas más importantes y especiales en mi vida es mi proceso psicoterapéutico iniciado hace ya siete años. Se ha convertido en un soporte que recibe cada una de mis caídas, desde las más simples y poco dañinas hasta las más dolorosas y destructivas, y, al mismo tiempo, funciona como un constante contacto con mis realidades, y al decir realidades hablo de todo lo que engloba la realidad de cada ser humano; sus miedos, sus deseos, sus conflictos, guerras internas, vacíos, pérdidas, duelos, placeres, frustraciones, desahogos, miserias, carencias, habilidades, pasiones, excesos, amores, etc. La psicoterapia, en mi particular caso, es un intento repetido e incesante de ser más yo mediante este proceso en el que intento quitarme todas las cargas que se pusieron en mí desde el momento en el que nací, incluso antes, me atrevería a asegurar. Ahora, después de tanto tiempo puedo decir que soy más auténtico y vivo mi realidad tal y como es, la observo, la elaboro y la acepto. 

Encontrar las raíces después de luchar con nuestros monstruos 

Con el paso del tiempo, cuanto estás en un proceso terapéutico, es inevitable hacer una especie de viaje interno que te conduce a lugares maravillosamente desconocidos de tu propia mente y de tus propias emociones. A veces esos lugares no tienen un aspecto agradable y podemos encontrar dentro de ellos demonios, monstruos y fantasmas que tienen toda la intención de destruirnos; el terapeuta es un tenaz acompañante que nos da fuerzas para combatir aquello que nos hace daño, nos consuela, nos alienta y, lo mejor de todo, nos recuerda todo el tiempo que no estamos tan solos como creíamos. Dichos viajes internos tienen un sólo objetivo inalterable desde el principio del proceso, y ese objetivo se centra en encontrar las raíces más profundas de nosotros mismos, lo primario, el nacimiento de todo lo que somos y, ahí, en ese lugar que podría considerarse como nuestro "big-bang" particular, nuestro núcleo, nuestro origen, es donde podemos observar muy de cerca qué es lo que nos hace ser lo que somos, de ese modo podremos arrancar lo que no es nuestro pero que pusieron ahí por algún motivo, y también dejar y pulir lo que es nuestro, entenderlo, resolverlo en caso necesario y multiplicarlo si es favorable. 

La inevitable soledad del que avanza hacia una dirección distinta

En la medida en la que avanzamos más hacia una dirección más auténtica, más sincera, más sana, pareciera que el mundo se transforma, que lo que nos rodea va tomando un sentido distinto; desde las cosas más simples como objetos o pasatiempos, hasta la complejidad de personas, sensaciones y conductas. Todo puede verse con otros ojos, con ojos más nuestros, más realistas, decididos a no tolerar nunca más el conflicto del trauma pasado y la compulsión a repetir lo no resuelto. Esa evolución que comienza en una dirección personal y distinta a los demás nos aleja poco a poco del resto; se trata de un camino que, aunque el terapeuta es un acompañante interno, se recorre en soledad externa, es decir, vivimos nuestra vida de una manera diferente e inevitablemente llegará un momento en el que nos sintamos solos, en donde casi todos aquellos que nos acompañaban antes no podrán avanzar con nosotros por la sencilla razón de que no conocen los recursos para hacerlo y nosotros sí. Podemos entonces tener la impresión de sentir que ya no encajamos en ciertas cosas y con ciertas personas, pero no con un afán soberbio, sino como un resultado de avance, algo que no podemos evitar, pues dicho avance nos lleva ahora a lugares distintos en los que buscaremos relaciones más adecuadas a nuestro nuevo yo. 

La soledad que se siente después de recorrer nuestros adentros no es algo malo, al contrario, es señal de cambio, de transición, y aunque una parte de nosotros y de los otros se resista el camino de autoencontrarse no tiene marcha atrás. La soledad nos augura entonces novedad, oportunidad y conveniencia para crecer y madurar, es la antesala del cambio, de la no soledad.








lunes, 23 de noviembre de 2015

La Frida que llevamos dentro

Una de las cosas de las que nunca he podido dejar de escribir es sobre Frida Kahlo y su legado; la vida de esta mujer siempre me ha parecido un suculento cúmulo de material para analizar, para hablar y tratar de entender, una biografía digna de debate. Pareciera que en los últimos años la imagen de esta mexicana ha ido tomando fuerza, incluso ha trascendido en esferas artísticas de mayor alcance como la industria de la moda. Por estos motivos mis dedos le han dedicado varios textos como tributo a su singular y hermoso paso por el mundo. 



¿Por qué Frida se ha vuelto tan popular?

Como alguna vez me atreví a escribir en un pequeño artículo para una página de internet que ya no existe por cierto, la popularidad de Frida se ha transformado en un símbolo que representa cambio; me refiero a ese cambio que se hace de una cosa a otra, en este caso del dolor al arte. Hacer del dolor y la pena algo hermoso siempre fue un característico del concepto de Frida. Tomando en cuenta ésto, podemos entonces hacer una comparación con la vida de Frida, llena de sufrimiento desde muy temprana edad, con la situación mundial que empeora día con día. ¿No te parece que el mundo ahora es más doloroso de algún modo? La pena y la miseria abundan alrededor del planeta y tal parece que toman fuerza con el paso de los días. Es por todo lo anterior que tengo la sensación de que el arte y la vida de Frida nos recuerdan un poco a nuestra situación actual llena de guerras y aflicciones, enfermedad, hambre, pobreza, muerte, etc.; pero, al mismo tiempo, el símbolo de Frida nos proporciona un consuelo, una imagen que simpatiza, que nos da esperanza mientras observamos una manera en la que lo oscuro y terrible pudo ser transformado en algo hermoso como su arte. 

¿Cómo me enamoré de Frida y su arte?

Pues, aunque se lea medio banal, fue Salma Hayek quien hizo que me interesara en Frida debido a su actuación en la película biográfica de la pintora llevada al cine en 2002. Lo hizo tan bien y con un sentimiento bastante realista de por medio que no pude evitar comenzar a leer al respecto. Me sumergí en el mundo de Frida como un proceso constante en el que supe, desde el comienzo, que sería un viaje sin retorno e infinito. 

Frida me ha llevado, sin planearlo, a recorrer otros caminos, de otros artistas, de otros pasatiempos. He conocido más formas de arte, de expresión, de transformación; he leído de Frida y aprendido de ella como alguien importante en mi vida; su imagen me motiva, me recuerda que a pesar de la tormenta somos fuertes, capaces de resistir y evolucionar, de cambiar y reformar para encontrar nuevas salidas, nuevos caminos y nuevos nosotros. 

La Frida que llevamos dentro 

Tengo ahora la idea recurrente de que todos los seres humanos llevamos algo de Frida en el interior, esa parte lastimada pero viva y consciente de lo que nos rodea y de lo que nos hace daño. A pesar de nuestros intentos por erradicar lo negativo no hemos, ni podremos jamás, eliminar las malas experiencias por siempre y para siempre. Esto me lleva a entender que se necesita de un balance que equilibre todo lo que nos rodea; no se puede tener ni toda la felicidad, ni toda la miseria, ni toda la salud, ni toda la enfermedad, ni todo el placer, ni toda la desgracia. Necesitamos aceptar lo malo para reconocer lo bueno y sacarle provecho a ambas cosas, tal y como lo hizo Frida sobre su enfermedad, sus decepciones, sus excesos y sus vacíos. 

Frida Kahlo se ha convertido en una de mis figuras dignas de admiración, incluso, una especie de gurú que me muestra los caminos que nadie quiere recorrer como una manera de saber elegir entre lo que es bueno para mí y lo que no lo es y, en el caso de obtener cosas que no son buenas para mí, saber aceptarlas y transformarlas en algo mucho mejor. ¿No has sentido que algo así no es tan malo como suena? Lo malo y lo bueno, la enfermedad y la salud, el trauma y la resolución del mismo, todos estos antónimos son necesarios, ambos, porque uno no podría existir sin el otro y la vida sería un completo desastre. 







domingo, 22 de noviembre de 2015

Querido diario: muchos han muerto

Querido Diario:


Hoy, después de haber tenido varios días esta sensación melancólica, pude descubrir de qué se trata exactamente en el momento en el que papá me llamara para decirme que un familiar no tan cercano había muerto. Morir, de eso de ha tratado todo este tiempo en el que me he preguntado por qué tengo esta sensación de vacío, de abandono, esta zozobra que de pronto se vuelve dolorosa. 

Me puedo dar cuenta ahora, desde mi perspectiva poco experimentada, que a mis diecinueve años muchas cosas en mi vida han muerto, muerto de muchas formas, porque morir no siempre significa fallecer, dejar el cuerpo inerte y sin vida; morir también es abandonar sin retorno, es dejar, dejar atrás algo o a alguien. Es precisamente por eso que deduzco sin temor a equivocarme que este sentimiento depresivo nació a partir de las constantes pérdidas, muertes, que he sufrido. Comenzando por mí misma, porque ya no soy la misma de antes y eso es haber muerto de algún modo, de hecho, me he suicidado de cierta forma, he matado esa parte de mí que era infantil y grosera, inmadura y adicta a los excesos, a las malas relaciones, así, en consecuencia, he terminado con él porque me he dado cuenta que después de tantos años juntos lo único que pudo darme fue un montón de esa toxina que me envenenó para dejar de ser yo y convertirme en algo más, algo terrible. Por este cambio repentino en mi vida decidí confesar a mamá la verdad sobre mi relación violenta con él y el tormento que viví durante años, cuatro para ser exactos. Ella me apoyó, claro, es mi mamá, lo ve como un deber el tener que ser un soporte para evitar mi hundimiento. 

Sin ser suficiente lo lacerante que pueden ser las pérdidas, algo más decidió abandonarme en el camino; envuelta en un mundo de mentiras y rumores que me asfixiaban decidí poner fin a ciertas relaciones sociales de muy perturbada naturaleza, con un esfuerzo sobrehumano debo recalcar, y después de una guerra que creí infinita con un montón de cabezas huecas, al final logré sentirme en paz por el hecho de haberme alejado de toda esa enfermedad tan infecciosa, pero aunque sentí un alivio, la pena de la pérdida me irrumpió de nuevo. Cambié mil cosas más, desde mi tiempo de siesta hasta el tipo de libros que acostumbraba leer, mis pasatiempos, alimentación, rutinas, mis emociones mismas cambiaron también. Comencé a ver la vida con una perspectiva distinta y supongo que ahora entiendo que mis decisiones tienen un propósito. Estoy segura de que no es el "destino" quien tira de hilos para ordenar o desordenar mi vida, soy yo misma quien decide qué y cómo, con quién y cuándo, me alegra pensar eso, suena tan racional que hasta yo misma me sorprendo. 

Muchos han muerto, incluida yo, de cierta manera. Creo que morir también significa renovarse, dejar atrás algo para que otra cosa totalmente nueva nazca y hagamos de ella algo provechoso, aunque no siempre tomemos las mejores decisiones, claro está. Me queda claro ahora que entender lo que sucede es un buen augurio, porque entender los motivos de algo es la manera más poderosa de evitar que todo continúe en ese ciclo de constante repetición, esos círculos infinitamente viciosos que hacen de nosotros algo que no somos. Ya iré asimilando las muertes, los cambios y, por supuesto, todo lo que esté por venir. 


Isabella





viernes, 20 de noviembre de 2015

Los días grises no son sinónimo de tristeza

"Abrí los ojos y el día no era tan diferente a la noche;
 había una media luz que apenas lograba traspasar
 el cristal de mi ventana. Me senté en la cama y observé
por un rato la copa de vino tinto que dejé a medias
sobre mi escritorio la noche anterior, vi mis notas
y lo mucho que había avanzado, pensé un momento 
en lo que había sido apenas unas semanas atrás y 
un mar de recuerdos me invadieron. Ya nada sería
igual, convenientemente, me sentía más libre, más Yo;
era como si hubiesen extraído un veneno de mis venas,
un alivio constante de mis lazos enfermizos, de mis 
círculos interminables, de mis adicciones, de mis 
destrucciones, de mí mismo en el espejo, riéndome
de mí y de lo poco que me quería. Ahora todo es 
distinto, ahora respiro mejor inclusive, ahora 
he decidido iniciar mi viaje hacia lo desconocido."
M. G. Landeros 

Últimamente me ha sucedido con frecuencia eso de los días grises; ya saben, esos días en los que incluso el cielo está abarrotado de nubes que pintan el cielo de gris y anulan la luz del sol, esos días en los que pareciera que el tiempo pasa lento, en donde hay algo en el aire que se parece a la melancolía. Los días grises siempre han tenido, en mi caso, una conexión con algún evento reciente en mi vida, algo que desencadena este conjunto de días llenos de una densidad compleja que de pronto es insípida e incolora. Aunque los alimentos y los pequeños placeres siguen teniendo el mismo impacto en mí, al final del día siempre me queda un momento de reflexión profunda que me hace recordar aquello que recientemente me ha sacudido. 

Debo aclarar, pues pareciera que con la descripción del párrafo anterior me refiero a una cosa triste y depresiva, que para mí un día gris es un tiempo de vacío; al decir vacío me refiero a un momento en el que casi nada tiene relevancia, ¿por qué? Porque para poder pensar las cosas y asimilarlas se necesita ese espacio vacío que no te puede interrumpir con algo más. Me refiero a un momento en el que los colores se esfuman para no distraernos de ese lapso de asimilación, un tiempo de reflexión en el que lo reciente necesita ser digerido. Es por este motivo que no podemos decir que los días grises son días tristes, de hecho, probablemente son días previos a días alegres, porque después de haber digerido la nueva información o situación de nuestras vidas, tendremos una sensación de satisfacción y logro. 

Los días tristes por un lado son una especie de agujero enorme que nos hunde en una profundidad dolorosa, de una negrura intensa que nos provoca sensaciones poco agradables; los días tristes siempre vienen por causa de un evento que nos ha lastimado, ya sea una áspera ruptura, una pérdida terrible o un suceso aterrador, aunque, es necesario decir también que, por lo regular, los días tristes o negros se van convirtiendo en días grises en lo que asimilamos reflexivamente lo doloroso. 

Un día gris es consecuencia de un evento que generalmente tiende a ser revelador, con una carga emocional fuerte que nos estremece, que nos agita con la única intención de hacernos cambiar algo y prepararnos para otra cosa totalmente nueva y desconocida. En un día así nos inclinamos por esa profunda introspección que nos hace divagar por minutos enteros; quizá tardamos un poco más en la ducha, bajo la regadera, pensando mientras el agua nos relaja las ideas, o comenzamos a leer cosas afines a lo acontecido, nos alejamos un poco de las personas por el simple hecho de que necesitamos espacio para pensar y cargar energías. Los días grises nos reubican, nos reescriben, y en ese proceso de asimilación eliminamos aquello que ya no nos sirve y comenzamos a preparar el terreno para lo nuevo. 

Lo gris siempre tiene un efecto displicente, vacío, pero siempre nos obliga a prestarle atención. Colocamos a lo gris en ese papel importante de lo intermedio, del equilibrio y del balance, porque esa reacción ante la mezcla entre lo blanco y lo negro siempre será lo gris. Así entonces digamos que los días grises funcionan como un instante de sutil autodescrubrimiento en el que nuestros ojos comienzan a mirar hacia otras direcciones y fulminan tajantemente todo aquello que nos entorpece, que nos daña e intoxica. Después de este tiempo de manifestaciones, los miedos, las desilusiones, las mentiras y las enfermedades se encadenan y conviene ignorar los intentos que hagan por ser libres de nuevo y adherirse a nosotros. 

Cuando tengas un día gris, un día en el que te dedicas a pensar muchísimo en lo que te ha sucedido, en lo que quieres reparar y cómo hacerlo, no huyas de él, aférrate a ese tiempo que es tuyo, vívelo en soledad, porque créeme, se trata de una oportunidad para ser mejor ser humano, para reencontrarse. Descuida, todo volverá a pintarse nuevamente después, sólo que esta vez utilizarás colores que nunca antes habías conocido.





martes, 17 de noviembre de 2015

Ir al psicólogo por cuestiones de amor

Aunque sea difícil de creer, la mayoría de las personas que he tenido la oportunidad de atender en consulta siempre acuden a mí con el motivo inicial de tener problemas de pareja, los cuales incluyen asuntos como rupturas amorosas, infidelidad, celos excesivos, violencia física y/o psicológica, etc. Y por esa razón siempre he puesto especial atención en todos esos motivos de consulta que siempre inician como un conflicto insoportable con la pareja y terminan, en el mejor de los casos, en situaciones complicadas que tienen que ver con relaciones familiares ásperas y complicadas. 

La pregunta siempre ha estado en mi cabeza y decidí sentarme frente a la computadora y comenzar a escribir al respecto para intentar dar una respuesta que probablemente aclare los pensamientos de algunas personas. ¿Por qué las relaciones de pareja son el motivo de consulta más común? La respuesta no es sencilla de aclarar pero haré un esfuerzo por ordenar mis ideas en este texto a través de algunos puntos importantes.

La gota que derrama el vaso 

Es preciso que seamos conscientes de que decidir ir a terapia debido a problemas dentro de nuestra relación de pareja es solamente una pequeña muestra, un síntoma de los conflictos internos que nos aquejan y que buscan un escape mediante una de nuestras prioridades más significativas para sobrevivir: las relaciones interpersonales.

En nuestra soledad siempre será difícil encontrar el reflejo de aquello que nos ha dañado en el pasado y que hemos arrastrado durante toda nuestra vida sin darnos cuenta de cuáles son exactamente las cosas que pesan sobre nosotros. En cambio, cuando nos relacionamos con alguien más, surge entonces un espejo en el otro que reflejará todo eso que traemos dentro, un reflejo que aún así, la mayor parte del tiempo, continua siendo imperceptible; al decir imperceptible me refiero a una manera que no podemos entender ni elaborar, porque aunque vemos el "síntoma" no podemos explicar de dónde proviene y por qué sucede de tal manera, entonces, lo primero que llega a nosotros es la frustración. Nos frustramos porque no podemos entender la situación que vivimos con el otro y, peor aún, no podemos darle una solución a aquello que nos aflige, y una vez que hemos agotado intentos buscando la solución por todos los caminos disponibles, al final, cuando ya no hay nada más que podamos hacer, decidimos buscar ayuda profesional.

En principio los pacientes ni siquiera ven sus problemas amorosos como un síntoma de algo que es más suyo que del otro, no lo entienden así, al contrario, por lo general es más fácil repartir las responsabilidades de lo que es superficial. Por ejemplo, en el caso de los celos enfermizos, las personas aceptan que tienen un problema de celos en donde molestan a su pareja con supuestos absurdos y que desgastan con ello la relación, pero también deciden otorgarle un porcentaje de dicho problema al otro: "es que si el fuera de otra manera..." o "si ella respondiera mis llamadas siempre entonces yo no desconfiaría como lo hago". En realidad todo esto que sentimos y que se vuelve en algo insoportable es solamente la punta del iceberg que aloja las verdaderas razones que nos conflictúan y que se reflejan en el otro.

La pareja como extensión de lo primario 

Quienes han leído un poco de psicología quizás han encontrado o escuchado por ahí algún argumento que habla sobre la pareja como una extensión de las figuras paternas; esta teoría psicológica que considera a la pareja como una representación de lo que tuvimos en la infancia o, en caso contrario, de lo que nos hizo falta en la niñez. Pues bien, algo hay de cierto en ello; la pareja juega un papel muy importante en lo simbólico, pues en ella encontramos un patrón de repetición, por lo regular, repetimos las cosas buenas que obtuvimos, pero también añoramos encontrar aquello que no estuvo presente. Así, el ser humano tiene la capacidad de intentar llenar los vacíos emocionales, mantener los espacios satisfactoriamente llenos, exagerar algunos hasta un punto no tan sano o deshacerse de otros que le atormentan.

La pareja siempre es una elección, y dentro de esa elección inconsciente se podrá ver el primer destello de nuestra guerra interna; elegir a una pareja siempre hablará de qué es lo que tuvimos en el pasado. Elegir a una pareja no es una casualidad, es una cuestión inconsciente que nos atrae a esa persona aún sabiendo a veces que quizá no será buena para nuestra vida. Pero como muchos aquí entenderán, el sentimiento de atracción hacia alguien es inevitable, y no estamos buscando evitarlo, sería una barbarie aconsejar ignorar a nuestras emociones, simplemente estamos buscando explicarlo, pues para poder entender lo que sucede entre dos será necesario entender de dónde viene exactamente el problema, porque es que si hablamos de repetición de patrones entonces hablamos de que no es algo nuevo, sino que hemos repetido algo durante mucho tiempo y de diversas maneras.

Las personas en la consulta

Es complicado poder entender todo eso de la repetición para cualquier paciente, y es algo que no se dice de manera literal, no al inicio por lo menos. Las personas deberán entender las raíces de sus problemas solas pero con la guía del terapeuta. Explicar toda esta teoría que suele ser fastidiosa para muchos siempre tiene una connotación demasiado literal para quien intenta comprender, por ejemplo; quienes son víctimas de la infidelidad quieren entender el patrón de repetición como eso, literalmente, personas que son víctimas del engaño, y entonces comienzan a darse explicaciones inadecuadas como "pero es la primera vez que alguien me engaña" o "nunca me había pasado, no puede ser un patrón que repita", pero para poder entenderlo mejor habrá que profundizar todavía más. No se trata de ser víctimas de la infidelidad, pero quizá se podría tratar de una persona insegura que dentro de sus relaciones interpersonales, lo otros, no le toman en serio. Así entonces, el patrón no es la infidelidad, el patrón tiene que ver con su inseguridad y la búsqueda de relaciones vacías en donde no se le tome demasiado en cuenta y pase siempre a ser algo secundario, quizá como lo fue para sus padres en la infancia, quienes atendían más su trabajo y el negocio familiar que las necesidades emocionales de sus hijos. Ese intento constante de darle una explicación a los problemas de pareja arrojarán siempre cuestiones que no son de pareja, no de la pareja amorosa, sino de la pareja infantil, de esa que se hizo con mamá o papá en algún tiempo.

Al llegar a la consulta los pacientes acuden desgatados, hartos y ansiosos por encontrar una solución a sus problemas conyugales o de pareja; intentan terapia de pareja porque desean llegar a acuerdos que solucionen sus conflictos, y no es malo, claro que no, la terapia de pareja es una opción bastante adecuada para intentar solucionar los problemas o, en caso de no existir conciliación alguna, generar una separación saludable entre ambas partes. Pero debemos entender que la terapia individual es una opción que nos acerca a nuestro propio bienestar y, de manera secundaria, al bienestar de cualquiera que esté a nuestro alrededor, porque en el camino de encontrarnos a nosotros mismos podemos encontrarnos con el otro de una manera sana o separarnos de esa persona que nos hace daño y así, saludablemente, detener aquella repetición constante.







viernes, 13 de noviembre de 2015

La ciencia de la infidelidad


La fidelidad es el esfuerzo de un alma noble para igualarse
a otra más grande que ella.
Goethe

En estos tiempos de locura, de hostilidad y materialismo, la fidelidad es una cuestión que pareciera difícil de encontrar. Podemos definirla desde su raíz en latín fidelitas, que significa “servir a un dios”; la palabra fidelidad toma entonces un sentido que simboliza lealtad, franqueza, confianza, honestidad para con algo o alguien; y digo algo ya que podemos ser fieles a situaciones, lugares, a cosas inclusive, aunque por lo general siempre relacionamos el término en primer lugar con las relaciones de pareja. La fidelidad dentro de una relación amorosa se ha transformado en un concepto complicado, no sólo de entender, sino de llevar a cabo, y con esto no es intención de éste texto hacer una generalización ofensiva que alcance a aquellos que conocen y llevan a cabo un comportamiento constantemente fiel en todos o casi todos los aspectos de su vida. Así comenzamos entonces a adentrarnos un poco más en el asunto de la fidelidad. Pero para poder analizar el concepto con mayor facilidad debemos definirlo y desarrollarlo a partir de lo que no es, es decir, su contrario: la infidelidad.

Definición de la palabra infiel

La Real Academia de la Lengua Española define la palabra infiel de diversas maneras; aquí las tres definiciones oficiales:
1.      Adj. Falto de fidelidad.
2.      Adj. Que no profesa la fe considerada como verdadera.
3.      Adj. Falto de puntualidad y exactitud.

Podemos darnos cuenta que la palabra infiel se define a partir de diferentes perspectivas como situaciones, creencias o relaciones interpersonales, por ello el concepto puede ser aplicado a diversas esferas de la vida humana.

La infidelidad y el sistema nervioso

            Es menester hacernos la pregunta sobre la existencia de una relación entre los procesos neurofisiológicos del cuerpo humano y las conductas infieles. No obstante, podríamos pasar horas discutiendo el punto, y al final, necesitaríamos recurrir a todos los libros de neurociencias y claro, por qué no, a especialistas que puedan desarrollar el asunto. Lo importante en toda esta materia médica es que existen en el cuerpo ciertas sustancias que activan vínculos con una persona al mantener ciertos contactos específicos; poniendo como hormona principal a la oxitocina, producida en el hipotálamo, encontramos una lista de intervenciones cruciales en los vínculos afectivos; en el caso de las mujeres, por ejemplo tiene una actuación importantísima en la creación del vínculo afectivo  madre-bebé. Pero lo que nos atañe en éste momento es el desempeño de la oxitocina en los vínculos interpersonales afectivos que surgen con la pareja en los primeros contactos sexuales. Podríamos decir entonces que la oxitocina es un tipo de hormona que contribuye al enamoramiento y a las relaciones amorosas entre dos individuos; pero es importante decir que aunque la “hormona del enamoramiento” actúa entre dos individuos, no tiene un sello de exclusividad. Nuestra naturaleza primitiva nos hace, instintivamente, fijarnos en los atributos físicos y conductuales de otras personas. Las hormonas y neurotransmisores pueden activar vínculos afectivos con varias personas con las cuales exista un contacto excitante, refiriéndonos a la estimulación de dichas sustancias.

Infidelidad y psicología

            Una vez activados los vínculos afectivos, podría existir una especie de traumatofilia, definida como un estado psicológico en donde el individuo siente un placer inconsciente con algún tipo de trauma físico o psicológico. De este modo, para dar una explicación un poco más cercana a nuestro tema central, diremos que el acto de ser infiel acarrea un sentimiento de culpa que hace que el sujeto contenga un proceso negativo que inconscientemente le provoca placer, de esta manera se comienza una conducta compulsiva para mantener aquel evento que genera en él o en ella una sensación placentera; éste concepto hedonista de perseguir el placer también puede estar relacionado con encontrar placer en lo negativo, en lo culposo, en lo prohibido.

            El ser humano tiene esa capacidad de volver algo repetitivo cuando encuentra placer en ello. Así, el hecho de haber sido infiel podría convertirse en una repetición compulsiva que mantiene una conexión, en principio física, con alguien más.

            Para poder hacer un análisis más profundo sobre los mecanismos que mueven e impulsan los deseos de la infidelidad propondremos, como ya es costumbre en esta columna de tintes psicoanalíticos, la perspectiva freudiana ante la bigamia. Sigmund Freud justifica la infidelidad en el hombre mediante la existencia de dos pulsiones de orígenes tiernos y sensuales, respectivamente, la cuales constituyen el deseo y el amor en el complejo edípico, y que se reproducen después de la infancia, con base a lo vivido en ella, bajo una premisa fundamental: a mayor prohibición mayor separación o disyunción de la vida amorosa. En el caso de las mujeres, quizá se haga mayor énfasis en la etapa pre-edípica de la infante, la cual tendrá una actitud inconsciente en la que cobrará cierta venganza al ser adulta  debido a las privaciones y sufrimientos que tuvo que soportar de su madre en la infancia, y reclamará lo padecido por medio de la pareja y el amante.

            Hasta este punto entonces podríamos extraer una conclusión bastante interesante sobre la infidelidad; a pesar de que en nuestros instintos existe ese impulso por fijarnos en los atributos de alguien más, alguien diferente a la pareja, y de que las sustancias químicas que regulan los vínculos afectivos se activan al tener un contacto con ese otro sin poder prometer una exclusividad, encontramos entonces dos cuestiones de suma importancia que pueden intentar cerrar este artículo:

1*   Aunque las sustancias químicas no son exclusivas de lazos afectivos con una sola persona, podríamos decir entonces que la única barrera que regula la fidelidad o lealtad hacia un solo sujeto son las restricciones socioculturales y morales que actúan de manera consciente sobre la psique humana y transforman la licitud de la infidelidad en una transgresión a lo socialmente permitido y aceptado.

2*    La infidelidad se ha convertido en un asunto puramente sexual. La sociedad ha decidido que la infidelidad es una situación concretada cuando existe algún tipo de acercamiento físico. Sería bueno entonces comenzar a preguntarnos si no existe algún tipo de traición a la pareja a partir de otro tipo de conexiones o medios que no se presentan precisamente como conductas físicas o sexuales. 






jueves, 12 de noviembre de 2015

"La herejía" - Capítulo 1. Los niños de Río Negro

     La tarde ya comenzaba a consumirse por la oscuridad, esa negrura que apaga la luz del sol con lentitud, trayendo consigo un frío bastante reconfortante para todos aquellos que saben aprovecharlo con una buena taza de café caliente. Un tiempo en el que el día no es día pero tampoco es noche, son unos minutos en los que la naturaleza coloca al mundo dentro de un balance que mezcla el día y la noche en un solo instante. Las risas de los niños jugando en las calles aún podían escucharse de vez en cuando, antes de que sus madres los reprendieran y los obligaran a meterse a sus casas. 

     Río Negro era un pequeño pueblo ubicado al sur del país, con un número de habitantes que apenas alcanzaba el millar. Tenía un aspecto de abandono, de conformismo,  y provocaba esa sensación que se tiene al pisar un lugar en ruinas. Era gobernado por un hombre gordo, alcohólico y corrupto de nombre Silvestre Note que apenas y destinaba recursos financieros para que el pequeño poblado se mantuviera a flote; se trataba de un lugar sin esperanzas, sin recursos y en donde los sueños se habían apagado desde hacía ya demasiado tiempo, tanto, que ya ni siquiera sus habitantes podían recordar lo que era tener una ambición o aspiración en la vida; estaban atrapados ahí, en ese círculo vicioso de la monotonía y el sin quehacer, viviendo a base de salarios miserables y recursos insuficientes del campo. Y es que eso era algo preocupante, porque hacía seis meses que las cosechas eran infructuosas, deplorables para ser exactos, destruidas por plagas que aparecían inexplicablemente de un día para otro. La tierra de Río Negro estaba enferma, decían sus pobladores, porque o no rendía frutos o los que rendía eran atacados por las dichosas plagas. La pesca era escasa, el ganado estaba más flaco que nunca y las vacas habían dejado de preñarse, todo en aquel grisáceo lugar se había tornado bastante insípido y desalentador. 

     La familia Pazca estaba conformada por cinco integrantes; Rosario, esposa de Mariano, padres de Julieta de doce años, Gracia de ocho y Juan de seis. Era una familia común y corriente de Río Negro, viviendo la misma precaria situación que la mayoría, con una perspectiva de la vida deprimente y frustrante, envueltos en un remolino de melancolía eterna. Mariano trabajaba en el campo como recolector de granos y frutos, y Rosario dedicaba su tiempo a las labores domésticas y al cuidado de los niños; ninguno de los dos había aprendido a leer y a escribir, pero a pesar de eso no dudaban en enviar a sus hijos a la escuela pública, la única en Rió Negro, quizá como un acto imitativo de lo que los demás hacían o como un vestigio de la esperanza que intenta acabar con la ignorancia para la búsqueda del progreso. Tenían una comunicación bastante limitada; se dedicaban a cocinar, a dormir, a ver los pocos canales de televisión abierta que podían sintonizarse, a visitar a algunos familiares o a caminar por el único parque ubicado en el centro del pueblo, junto a la iglesia. Era una dinámica familiar silenciosa y lúgubre, pero de qué podrían hablar y con qué colores podrían pintar sus días si lo único que conocían era el desazón y la insustancialidad. A pesar de todo, la naturaleza siempre retiene todo en el lugar que le corresponde y sentían amor los unos por los otros, ese amor que no se puede encontrar fuera del hogar.  

     -¡Adentro! -ordenó Rosario desde el corredor de la pequeña casa de ladrillos en la que vivía con su familia. 

     -Pero ma... -se quejó Gracia entristecida. 

     - ¡Nada! -la interrumpió su madre-. He dicho que ya. 

     -¡Nunca nos dejas jugar! -espetó Juan enojado por el asunto, mientras los niños vecinos decidían alejarse y seguir aprovechando el tiempo antes de que sus madres hicieran lo mismo con ellos. 

     -¿No los dejo jugar? -cuestionó Rosario indignada-. Se la pasan todo el día fuera -reprendió al tiempo que sus hijos se adentraban, muy a su pesar, en la casa-, hacen la tarea y comen rápido por salir a jugar, se la pasan horas en la calle, tienen que estar en su casa, entiendan eso. Además ha comenzado a refrescar allá afuera. 

     -Yo que ustedes le hacía caso -aconsejó su padre, quien se fumaba un cigarro cómodamente en el sillón viejo de madera que tenían en la pequeña sala. 

     -Todos -dijo observando a su marido-, a lavarse las manos para cenar. Mariano hizo un gesto de molestia infantil que denotaba su pereza y terminó por hacer lo mismo que sus hijos. 

     La cena había constado de leche de vaca para los niños, café para los adultos y media pieza de pan dulce para cada uno. Nadie se quejaba, habían ya acostumbrado a sus estómagos a porciones alimenticias pequeñas. La platica en la mesa se dividía en dos; la plática adulta sobre el dinero y los gastos y la plática infantil sobre los juegos y los niños vecinos. Después de la cena y de un poco de televisión, la familia Pazca decidió dormir, descansando en la única habitación que la pequeña casa tenía. Gracia y Julieta compartían cama y Juan dormía en la cama más grande con sus padres; un retrato incómodamente común en las familias grandes con situaciones económicas precarias. 

     -Buenas noches -dijo Rosario en la oscuridad de la habitación-. Descansen. 

     -¡Buenas noches! -respondió el resto al unísono. 

     -Los amo -dijo la joven mujer, quien había quedado embarazada a los diecisiete años, cuando era novia de Mariano y él tenía dieciocho. 

     -Buenas noches, amor -le dejo su marido al oído, acercándose un poco a ella entre las almohadas y con su pequeño hijo en medio de los dos. 

     -Buenas noches, amor -respondió ella y le dio un beso en los labios. 

     La noche envolvió completamente Río Negro con su frialdad y silenció por completo las voces de sus habitantes, quienes ahora dormían cómodamente en sus hogares, soñando con cosas que olvidarían al día siguiente. La luna llena brillaba redonda sobre los techos y se dibujaba plateada e imponente desde el cielo. El maullido de algunos gatos y el aullido de los perros recorrían las oscuras calles de vez en cuando. Justo cuando los relojes marcaron la media noche algo comenzó a moverse entre las sombras, algo que respiraba en el bosque, pegado a la carretera, por el que pasaba el pequeño riachuelo de Río Negro.

     -Ya me cansé de llorar por ti -cantaba Elías, un borracho del pueblo de no más de cuarenta años que no hacía otra cosa mas que beber por las noches y quedarse dormido por el día, tirado en los callejones-, ya no voy a llorar por ti, maldita, Matilde, ¡perra infeliz! -cantaba alcoholizado y llorando, tambaleándose a cada paso, cada vez más cerca de caerse y quedar inconsciente como acostumbraba. De pronto, al pasar cerca de un callejón oscuro un ruido lo detuvo-. ¿Quién está ahí? -gritó con su voz de borracho. No pudo ver nada mas que sombras engendradas por la luz de la luna que se colaba por ahí. Se acercó poco a poco, tropezándose continuamente hasta adentrarse en la oscuridad del callejón. Chocó con un contenedor de basura de un negocio contiguo, una pequeña fonda atendida por una extensa familia de mujeres cocineras-. ¿Matilde eres tú? -preguntó el hombre quedamente. Un gato salió de las sombras disparado hacia la calle asustándole con su maullido; el hombre dio un grito ahogado y cayó de espaldas sobre el arenoso suelo del callejón-. ¡Maldito gato hijo de la...- una figura espectral lo interrumpió. Sentado en el suelo pudo ver del otro lado del callejón, caminando por la calle apenas iluminada por la luna, a una figura alta, cubierta con una túnica negra hasta la cabeza, caminando rápidamente mientras la negra y pesada tela de su atuendo se arrastraba en el suelo pavimentado. El hombre sacudió la cabeza, parpadeó varias veces y como pudo se levantó del suelo para seguir a aquella aparición. 

     La figura encapuchada se detuvo frente a una casa, esperando pacientemente en la calle desierta mientras Elías el borracho le espiaba a lo lejos, oculto detrás de un árbol grande lleno de sombras, por donde la luz de la luna y del carente alumbrado público no penetraban. Se abrió la puerta de madera y dos niños caminaron descalzos hacia aquel personaje misterioso; eran Gracia y Juan Pazca, quienes ya habían tomado de la mano a aquella persona oculta tras una tela negra y opaca. Elías el borracho sintió que sus niveles de alcohol disminuían con rapidez y puso más atención al evento. Los niños y la figura sombría comenzaron a caminar hacia Elías el borracho, y éste, intento no hacer ruido y ocultarse detrás del tronco, agachado, casi sin respirar. Cuando los tres caminantes estuvieron cerca del árbol se detuvieron, Elías el borracho sintió como un par de ojos lo observaban desde la negrura espesa que se enmarcaba en la capucha negra de aquel personaje, con un niño en cada mano; manos huesudas cubiertas por guantes negros. Le pareció ver a la mismísima muerte frente a él, con su túnica fantasmal cubriéndole la cabeza. Sintió escalofríos y un temblor se apoderó de él, tuvo náuseas y creyó que se desmayaría por un momento, se levantó y retrocedió poco a poco para perderse en el callejón en donde el gato lo había asustado. La figura sombría continuó caminando con los niños, quienes llevaban los ojos cerrados, como si estuviesen durmiendo y se dejaran guiar por aquello que los había extraído de su casa. Elías corrió al callejón sintiendo como, aunque no hubiese visto el rostro de aquella cosa, una parte de su alma hubiese sido arrebatada, le faltó el aire y se tropezó para desmayarse, por primera vez, a causa de algo distinto a su alcoholismo. 

     - ¿Gracia? ¿Juan? -preguntaba Rosario desesperada cuando el gallo hubo cantado y los rayos del sol comenzaban a alumbrar el pueblo. 

     - ¡Niños! -gritaba Mariano por las calles. 

     -Vecina, disculpe la hora, pero ¿no ha visto a mis hijos? -preguntó Rosario a Diora, su vecina.  

     -No vecina, nos acabamos de levantar. ¿Quiere que la ayude a buscarlos? -preguntó la mujer preocupada mientras su hijo pequeño se asomaba por la ventana. 

     -Sí vecina, se lo agradecería mucho, de verdad. 

     -Ahorita salgo, vecina -consoló la mujer-. ¡Y tú, métete a desayunar! -le gritó al pequeño. 

     Mariano, Rosario y Julieta, junto con varias personas que se unieron a su búsqueda, gritaron los nombre de los niños por todos lados y preguntaron a cuanta persona se les atravesaba en el camino. Llegaron hasta el parque y buscaron en los árboles y en los patios de las casas circundantes. De pronto se percataron que un tumulto de gente se aglomeraba en la iglesia y se escuchaban gritos de mujeres que lloraban. Los Pazca corrieron hacia el templo y se abrieron paso entre la multitud que los veía con pena y en silencio. Un horror los petrificó de inmediato cuando hubieron llegado al altar; Gracia y Juan estaban crucificados y de cabeza, con el cuello cortado, cubiertos de sangre que escurría por su rostro infantil y angelical rostro hasta chorrear en el suelo blanco del lugar. Mariano abrazó a su mujer y a su hija mientras gritaban horrorizadas en medio del llanto. Julieta se grabó los rostros muertos de sus pequeños hermanos como una memoria imborrable que perduraría durante años en sus pensamientos; un recuerdo perverso y doloroso del asesinato de sus hermanos menores que le harían buscar un escape urgente ante tal destrucción interna. La imagen de la sangre roja con moscas volando al rededor de los charcos color escarlata le asaltaba la mente en sus sueños. Podía incluso oler ese aroma fétido a muerte y a desolación que se adhiere a la nariz cuando sucede una atrocidad de tal magnitud. 

     Algo perverso rondaba los cuerpos de los dos menores, crucificados en cruces de madera vieja y húmeda, colocadas en el altar de manera siniestra, crujiendo, intentando decir algo; los ojos de los pequeños eran ausentes, vacíos. Sintió una punzada en el estómago y escuchó las voces de sus hermanos a lo lejos, llamándola por su nombre -Julieta -susurraban, y de pronto el bosque aparecía frente a sus ojos, iluminado por la luna llena, -Julieta, ven- decían sus hermanos mientras las ramas crujían y el viento movía tenebrosamente las hojas de los árboles al tiempo que un frío sobrenatural le helaba los huesos hasta que una silueta encapuchada hasta la cabeza la tomaba del brazo agresivamente con unas manos blancas y huesudas, llenas de líneas púrpura que dibujaban delgadas venas, y con una voz diabólica le gritaba -¡JULIETA!. En ese instante abrió los ojos, agitada y empapada en sudor a pesar de ser una noche fría. 

     - ¿Qué pasa? -preguntó su esposo adormitado a un costado de ella en la cama-. ¿Otra pesadilla?

     -Estoy bien, duerme -le respondió mientras salía de la cama y se dirigía al baño para lavarse la cara y tomar uno de sus ansiolíticos. Se vio al espejo y se acarició el rostro con los dedos, preocupada. Se había convertido en una mujer hermosa de piel cobriza, figura perfecta y cabellos negros como el ébano. Se colocó la bata de dormir y caminó descalza sobre el piso de madera de su enorme departamento hacia el ventanal de la estancia. Se sirvió un vaso con agua de una jarra colocada en la mesa de centro, pisó la alfombra color azul metálico y se acercó al cristal que le mostraba la enorme ciudad de noche, sus luces la tranquilizaban y el sonido del exterior, las sirenas lejanas y los autos avanzando por las calles. Era media noche, dio un trago al vaso con agua y respiró profundo empañando el cristal al exhalar. Se sintió relajada a causa de la pastilla, dejó el vaso con agua sobre la mesa y volvió a su habitación; su apuesto esposo la abrazó y le dio tranquilidad. Ya tendría tiempo de preocuparse por sus pesadillas en la mañana. 

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