jueves, 26 de noviembre de 2015

Charlas de café negro I

Como gran parte de la población mundial tengo un gusto bastante particular por el café, el cual, por lo regular, he de tomar siempre dulce y con leche, pero en algunas ocasiones, pocas debo aclarar, el café negro y amargo se le antojó a mi paladar por alguna razón. Fue en esas ocasiones en las que decidí ir a una cafetería y tomarme a solas una taza de café negro, sin azúcar, y me sucedieron algunas cosas extrañas, o bueno en realidad creo que las cosas extrañas suceden todo el tiempo pero siempre estamos tan concentrados en otros asuntos y en otras personas que no percibimos lo que acontece a nuestro al rededor. 

En alguno de esos arrebatos de soledad placentera que pasé en algún café de mi ciudad, me encontré con cuadros diversos de personajes interesantes sentados en las mesas circundantes. En algunas ocasiones podía encontrarme a familias enteras, cerca de mi mesa, hablado sobre temas sumamente serios mientras los hijos jugaban por ahí con el perro, envueltos en una burbuja que les impedía enterarse de alguna situación terrible por la que los adultos atravesaban. Pensaba yo, en aquellas ocasiones, que es bastante común silenciar la catástrofe para que los niños no puedan escuchar el estruendo de la destrucción, la guerra o el caos y, aunque a veces es inevitable que salgan lastimados de algún modo, los adultos procuran protegerlos a toda costa de la tormenta. Por ello me parecía bastante interesante aquel retrato común en donde de un lado observabas nubes grises y electricidad rondando a los que hablaban con seriedad y del otro un ambiente lleno de color, sol y sonrisas de niños. Los contrastes siempre me han parecido atractivos y éste no fue la excepción, era un contraste de carne y huesos, de emociones humanas reales, difuminadas de lo serio y sombrío a lo divertido y lleno de luz. 

En aquellas ocasiones en las que observaba a las familias podía comenzar a crear historias en mi cabeza, rápidas y sin detalles tediosos de explicar; quizá la abuela había muerto y todos discutían la complicada situación de la herencia y las deudas bancarias, o los hijos charlando sobre cómo pagarían la cuenta del hospital ahora que papá llevaba varias semanas internado. Podía imaginar pláticas sobre funerales y pérdidas, sobre noticias inesperadas que necesitaban consultarse, cosas que necesitaban hablarse con gente que no quería escucharlas pero que tenía que. Pude imaginar tantas cosas, incluso cree personajes y anécdotas, pude verme ahí, hablando sobre algo con esa familia, intentando la manera de hacer todo más fácil. Disfruté mucho aquellas tardes que, aunque me encontraba solo en la mesa, habían sido familiares de algún modo; observar, analizar e imaginar siempre han sido mis mejores dotes como escritor, encontrar nuevas inspiraciones es tan fácil como sentarte y observar a los demás. El café negro nunca me supo tan dulce. 






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