jueves, 12 de noviembre de 2015

"La herejía" - Capítulo 1. Los niños de Río Negro

     La tarde ya comenzaba a consumirse por la oscuridad, esa negrura que apaga la luz del sol con lentitud, trayendo consigo un frío bastante reconfortante para todos aquellos que saben aprovecharlo con una buena taza de café caliente. Un tiempo en el que el día no es día pero tampoco es noche, son unos minutos en los que la naturaleza coloca al mundo dentro de un balance que mezcla el día y la noche en un solo instante. Las risas de los niños jugando en las calles aún podían escucharse de vez en cuando, antes de que sus madres los reprendieran y los obligaran a meterse a sus casas. 

     Río Negro era un pequeño pueblo ubicado al sur del país, con un número de habitantes que apenas alcanzaba el millar. Tenía un aspecto de abandono, de conformismo,  y provocaba esa sensación que se tiene al pisar un lugar en ruinas. Era gobernado por un hombre gordo, alcohólico y corrupto de nombre Silvestre Note que apenas y destinaba recursos financieros para que el pequeño poblado se mantuviera a flote; se trataba de un lugar sin esperanzas, sin recursos y en donde los sueños se habían apagado desde hacía ya demasiado tiempo, tanto, que ya ni siquiera sus habitantes podían recordar lo que era tener una ambición o aspiración en la vida; estaban atrapados ahí, en ese círculo vicioso de la monotonía y el sin quehacer, viviendo a base de salarios miserables y recursos insuficientes del campo. Y es que eso era algo preocupante, porque hacía seis meses que las cosechas eran infructuosas, deplorables para ser exactos, destruidas por plagas que aparecían inexplicablemente de un día para otro. La tierra de Río Negro estaba enferma, decían sus pobladores, porque o no rendía frutos o los que rendía eran atacados por las dichosas plagas. La pesca era escasa, el ganado estaba más flaco que nunca y las vacas habían dejado de preñarse, todo en aquel grisáceo lugar se había tornado bastante insípido y desalentador. 

     La familia Pazca estaba conformada por cinco integrantes; Rosario, esposa de Mariano, padres de Julieta de doce años, Gracia de ocho y Juan de seis. Era una familia común y corriente de Río Negro, viviendo la misma precaria situación que la mayoría, con una perspectiva de la vida deprimente y frustrante, envueltos en un remolino de melancolía eterna. Mariano trabajaba en el campo como recolector de granos y frutos, y Rosario dedicaba su tiempo a las labores domésticas y al cuidado de los niños; ninguno de los dos había aprendido a leer y a escribir, pero a pesar de eso no dudaban en enviar a sus hijos a la escuela pública, la única en Rió Negro, quizá como un acto imitativo de lo que los demás hacían o como un vestigio de la esperanza que intenta acabar con la ignorancia para la búsqueda del progreso. Tenían una comunicación bastante limitada; se dedicaban a cocinar, a dormir, a ver los pocos canales de televisión abierta que podían sintonizarse, a visitar a algunos familiares o a caminar por el único parque ubicado en el centro del pueblo, junto a la iglesia. Era una dinámica familiar silenciosa y lúgubre, pero de qué podrían hablar y con qué colores podrían pintar sus días si lo único que conocían era el desazón y la insustancialidad. A pesar de todo, la naturaleza siempre retiene todo en el lugar que le corresponde y sentían amor los unos por los otros, ese amor que no se puede encontrar fuera del hogar.  

     -¡Adentro! -ordenó Rosario desde el corredor de la pequeña casa de ladrillos en la que vivía con su familia. 

     -Pero ma... -se quejó Gracia entristecida. 

     - ¡Nada! -la interrumpió su madre-. He dicho que ya. 

     -¡Nunca nos dejas jugar! -espetó Juan enojado por el asunto, mientras los niños vecinos decidían alejarse y seguir aprovechando el tiempo antes de que sus madres hicieran lo mismo con ellos. 

     -¿No los dejo jugar? -cuestionó Rosario indignada-. Se la pasan todo el día fuera -reprendió al tiempo que sus hijos se adentraban, muy a su pesar, en la casa-, hacen la tarea y comen rápido por salir a jugar, se la pasan horas en la calle, tienen que estar en su casa, entiendan eso. Además ha comenzado a refrescar allá afuera. 

     -Yo que ustedes le hacía caso -aconsejó su padre, quien se fumaba un cigarro cómodamente en el sillón viejo de madera que tenían en la pequeña sala. 

     -Todos -dijo observando a su marido-, a lavarse las manos para cenar. Mariano hizo un gesto de molestia infantil que denotaba su pereza y terminó por hacer lo mismo que sus hijos. 

     La cena había constado de leche de vaca para los niños, café para los adultos y media pieza de pan dulce para cada uno. Nadie se quejaba, habían ya acostumbrado a sus estómagos a porciones alimenticias pequeñas. La platica en la mesa se dividía en dos; la plática adulta sobre el dinero y los gastos y la plática infantil sobre los juegos y los niños vecinos. Después de la cena y de un poco de televisión, la familia Pazca decidió dormir, descansando en la única habitación que la pequeña casa tenía. Gracia y Julieta compartían cama y Juan dormía en la cama más grande con sus padres; un retrato incómodamente común en las familias grandes con situaciones económicas precarias. 

     -Buenas noches -dijo Rosario en la oscuridad de la habitación-. Descansen. 

     -¡Buenas noches! -respondió el resto al unísono. 

     -Los amo -dijo la joven mujer, quien había quedado embarazada a los diecisiete años, cuando era novia de Mariano y él tenía dieciocho. 

     -Buenas noches, amor -le dejo su marido al oído, acercándose un poco a ella entre las almohadas y con su pequeño hijo en medio de los dos. 

     -Buenas noches, amor -respondió ella y le dio un beso en los labios. 

     La noche envolvió completamente Río Negro con su frialdad y silenció por completo las voces de sus habitantes, quienes ahora dormían cómodamente en sus hogares, soñando con cosas que olvidarían al día siguiente. La luna llena brillaba redonda sobre los techos y se dibujaba plateada e imponente desde el cielo. El maullido de algunos gatos y el aullido de los perros recorrían las oscuras calles de vez en cuando. Justo cuando los relojes marcaron la media noche algo comenzó a moverse entre las sombras, algo que respiraba en el bosque, pegado a la carretera, por el que pasaba el pequeño riachuelo de Río Negro.

     -Ya me cansé de llorar por ti -cantaba Elías, un borracho del pueblo de no más de cuarenta años que no hacía otra cosa mas que beber por las noches y quedarse dormido por el día, tirado en los callejones-, ya no voy a llorar por ti, maldita, Matilde, ¡perra infeliz! -cantaba alcoholizado y llorando, tambaleándose a cada paso, cada vez más cerca de caerse y quedar inconsciente como acostumbraba. De pronto, al pasar cerca de un callejón oscuro un ruido lo detuvo-. ¿Quién está ahí? -gritó con su voz de borracho. No pudo ver nada mas que sombras engendradas por la luz de la luna que se colaba por ahí. Se acercó poco a poco, tropezándose continuamente hasta adentrarse en la oscuridad del callejón. Chocó con un contenedor de basura de un negocio contiguo, una pequeña fonda atendida por una extensa familia de mujeres cocineras-. ¿Matilde eres tú? -preguntó el hombre quedamente. Un gato salió de las sombras disparado hacia la calle asustándole con su maullido; el hombre dio un grito ahogado y cayó de espaldas sobre el arenoso suelo del callejón-. ¡Maldito gato hijo de la...- una figura espectral lo interrumpió. Sentado en el suelo pudo ver del otro lado del callejón, caminando por la calle apenas iluminada por la luna, a una figura alta, cubierta con una túnica negra hasta la cabeza, caminando rápidamente mientras la negra y pesada tela de su atuendo se arrastraba en el suelo pavimentado. El hombre sacudió la cabeza, parpadeó varias veces y como pudo se levantó del suelo para seguir a aquella aparición. 

     La figura encapuchada se detuvo frente a una casa, esperando pacientemente en la calle desierta mientras Elías el borracho le espiaba a lo lejos, oculto detrás de un árbol grande lleno de sombras, por donde la luz de la luna y del carente alumbrado público no penetraban. Se abrió la puerta de madera y dos niños caminaron descalzos hacia aquel personaje misterioso; eran Gracia y Juan Pazca, quienes ya habían tomado de la mano a aquella persona oculta tras una tela negra y opaca. Elías el borracho sintió que sus niveles de alcohol disminuían con rapidez y puso más atención al evento. Los niños y la figura sombría comenzaron a caminar hacia Elías el borracho, y éste, intento no hacer ruido y ocultarse detrás del tronco, agachado, casi sin respirar. Cuando los tres caminantes estuvieron cerca del árbol se detuvieron, Elías el borracho sintió como un par de ojos lo observaban desde la negrura espesa que se enmarcaba en la capucha negra de aquel personaje, con un niño en cada mano; manos huesudas cubiertas por guantes negros. Le pareció ver a la mismísima muerte frente a él, con su túnica fantasmal cubriéndole la cabeza. Sintió escalofríos y un temblor se apoderó de él, tuvo náuseas y creyó que se desmayaría por un momento, se levantó y retrocedió poco a poco para perderse en el callejón en donde el gato lo había asustado. La figura sombría continuó caminando con los niños, quienes llevaban los ojos cerrados, como si estuviesen durmiendo y se dejaran guiar por aquello que los había extraído de su casa. Elías corrió al callejón sintiendo como, aunque no hubiese visto el rostro de aquella cosa, una parte de su alma hubiese sido arrebatada, le faltó el aire y se tropezó para desmayarse, por primera vez, a causa de algo distinto a su alcoholismo. 

     - ¿Gracia? ¿Juan? -preguntaba Rosario desesperada cuando el gallo hubo cantado y los rayos del sol comenzaban a alumbrar el pueblo. 

     - ¡Niños! -gritaba Mariano por las calles. 

     -Vecina, disculpe la hora, pero ¿no ha visto a mis hijos? -preguntó Rosario a Diora, su vecina.  

     -No vecina, nos acabamos de levantar. ¿Quiere que la ayude a buscarlos? -preguntó la mujer preocupada mientras su hijo pequeño se asomaba por la ventana. 

     -Sí vecina, se lo agradecería mucho, de verdad. 

     -Ahorita salgo, vecina -consoló la mujer-. ¡Y tú, métete a desayunar! -le gritó al pequeño. 

     Mariano, Rosario y Julieta, junto con varias personas que se unieron a su búsqueda, gritaron los nombre de los niños por todos lados y preguntaron a cuanta persona se les atravesaba en el camino. Llegaron hasta el parque y buscaron en los árboles y en los patios de las casas circundantes. De pronto se percataron que un tumulto de gente se aglomeraba en la iglesia y se escuchaban gritos de mujeres que lloraban. Los Pazca corrieron hacia el templo y se abrieron paso entre la multitud que los veía con pena y en silencio. Un horror los petrificó de inmediato cuando hubieron llegado al altar; Gracia y Juan estaban crucificados y de cabeza, con el cuello cortado, cubiertos de sangre que escurría por su rostro infantil y angelical rostro hasta chorrear en el suelo blanco del lugar. Mariano abrazó a su mujer y a su hija mientras gritaban horrorizadas en medio del llanto. Julieta se grabó los rostros muertos de sus pequeños hermanos como una memoria imborrable que perduraría durante años en sus pensamientos; un recuerdo perverso y doloroso del asesinato de sus hermanos menores que le harían buscar un escape urgente ante tal destrucción interna. La imagen de la sangre roja con moscas volando al rededor de los charcos color escarlata le asaltaba la mente en sus sueños. Podía incluso oler ese aroma fétido a muerte y a desolación que se adhiere a la nariz cuando sucede una atrocidad de tal magnitud. 

     Algo perverso rondaba los cuerpos de los dos menores, crucificados en cruces de madera vieja y húmeda, colocadas en el altar de manera siniestra, crujiendo, intentando decir algo; los ojos de los pequeños eran ausentes, vacíos. Sintió una punzada en el estómago y escuchó las voces de sus hermanos a lo lejos, llamándola por su nombre -Julieta -susurraban, y de pronto el bosque aparecía frente a sus ojos, iluminado por la luna llena, -Julieta, ven- decían sus hermanos mientras las ramas crujían y el viento movía tenebrosamente las hojas de los árboles al tiempo que un frío sobrenatural le helaba los huesos hasta que una silueta encapuchada hasta la cabeza la tomaba del brazo agresivamente con unas manos blancas y huesudas, llenas de líneas púrpura que dibujaban delgadas venas, y con una voz diabólica le gritaba -¡JULIETA!. En ese instante abrió los ojos, agitada y empapada en sudor a pesar de ser una noche fría. 

     - ¿Qué pasa? -preguntó su esposo adormitado a un costado de ella en la cama-. ¿Otra pesadilla?

     -Estoy bien, duerme -le respondió mientras salía de la cama y se dirigía al baño para lavarse la cara y tomar uno de sus ansiolíticos. Se vio al espejo y se acarició el rostro con los dedos, preocupada. Se había convertido en una mujer hermosa de piel cobriza, figura perfecta y cabellos negros como el ébano. Se colocó la bata de dormir y caminó descalza sobre el piso de madera de su enorme departamento hacia el ventanal de la estancia. Se sirvió un vaso con agua de una jarra colocada en la mesa de centro, pisó la alfombra color azul metálico y se acercó al cristal que le mostraba la enorme ciudad de noche, sus luces la tranquilizaban y el sonido del exterior, las sirenas lejanas y los autos avanzando por las calles. Era media noche, dio un trago al vaso con agua y respiró profundo empañando el cristal al exhalar. Se sintió relajada a causa de la pastilla, dejó el vaso con agua sobre la mesa y volvió a su habitación; su apuesto esposo la abrazó y le dio tranquilidad. Ya tendría tiempo de preocuparse por sus pesadillas en la mañana. 

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