miércoles, 25 de noviembre de 2015

"La herejía" - Capítulo 2. El árbol

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El sonido de la ciudad se revolvía con sus pensamientos mientras su esposo conducía el auto y hablaba por teléfono con su secretaria intentando solucionar una cuestión administrativa. Carlo de la Vega era un empresario eminente de la ciudad que había creado una importante fortuna a partir de la comercialización de metales a diversas partes del país y del mundo. Se había casado con Julieta Pazca ocho años atrás cuando había decidido contratarla como directora de la campaña publicitaria de su empresa. Julieta era una mujer sumamente atractiva y con una carrera impecable dentro del mundo del marketing y la publicidad. Los empresarios en la ciudad la veían como la favorita en cuestiones mercadológicas, ya que sus proyectos y campañas siempre rebasaban los resultados esperados, incluso, Julieta había llegado a duplicar los objetivos monetarios en lapsos muy cortos de tiempo. Había inaugurado hacía apenas dos años su propia agencia de marketing y publicidad y, por obvias razones, todos los clientes la siguieron a su nuevo proyecto. Julieta se había enamorado de Carlo tiempo atrás debido a la galantería de aquel apuesto hombre de treinta y tantos que no reparaba en gastos para hacerla sentir especial y demostrarle su interés. 

Ensimismada en sus pensamientos sobre aquella terrible pesadilla, que últimamente se había convertido en algo constante, ignoraba la palabrería que su marido mantenía en el altavoz con Tatiana, la joven secretaria que acababa de contratar pero que al parecer aprendía bastante rápido sobre el asunto de los itinerarios, horarios, citas, juntas importantes y agendas. Esa mañana nublada Julieta había preferido que Carlo la llevara a su oficina, el tráfico en la ciudad le estresaba demasiado y conducir le causaba una ansiedad nada placentera. Mientras observaba el cielo por la ventana del lujoso automóvil, las imágenes de sus pequeños hermanos crucificados, de cabeza, desangrados en el altar de la iglesia le estremecían las entrañas, cerraba los ojos entonces y respiraba profundamente. Después de aquel terrible acontecimiento, Julieta había decidido huir del dolor que le causaban los recurrentes recuerdos de sus hermanos; todo en Río Negro se había convertido en un cruel latigazo a su memoria y a su corazón. Aquella monstruosa pérdida había roto algo en ella difícil de reparar; lo único que las autoridades habían conseguido era tomar algunas declaraciones, sacar cientos de fotografías de la escena del crimen y archivarlo todo en una bodega llena de papeles. El recuerdo y el dolor le habían perseguido a pesar de haberse marchado de Río Negro cuando cumplió quince años de edad. Cuando llegó a la gran ciudad comenzó a trabajar aseando casas de gente adinerada y después pudo pagarse los estudios al conseguir un segundo empleo como mesera en un café muy concurrido del centro; una vez graduada y con papeles en mano logró hacer proyectos para su primer trabajo formal en una empresa de mercadotecnia de mediano reconocimiento, fue ahí en donde conoció el amor y a su actual esposo. Nunca tuvo novios antes, siempre fue extremadamente dedicada a sus estudios y a su trabajo, Carlo supo cómo y en qué momento conquistarla, sin prisas, sin presiones; era un hombre honesto, trabajador y leal, cariñoso y adicto a sorprender a su esposa con pequeños detalles o, en ocasiones, con grandes regalos lujosos. 

-Cariño, ya llegamos -dijo la voz de Carlo al ver que su esposa se encontraba divagando, con la mirada perdida en el cielo una vez que hubo aparcado el auto-. ¿Cariño? -repitió y tocó su hombro obligándola a salir de su ensimismamiento. 

-Lo siento -dijo ella cuando volvió el rostro hacia él-. Estaba pensando.

-Ya me di cuenta, ¿todo bien? -preguntó Carlo. 

-Sí -respondió ella con media sonrisa-, lo prometo-. Y tras darle un beso rápido en los labios a su esposo, Julieta salió del auto y se internó en el edificio en donde se encontraba la agencia.  

En la oficina su asistente la abordó con un sin fin de pendientes importantes, pero le recalcó con especial énfasis un contrato de una cantidad muy fuerte de dinero de una clienta millonaria que había marcado por teléfono muy temprano para decir que dudaba sobre firmar con ellos y que, por favor, le dieran un par de días para pensárselo mejor y así también poder considerar otras opciones. Julieta se alarmó al respecto y decidió acudir personalmente a una entrevista con aquella clienta esa misma tarde. La secretaria de la clienta, quien se dedicaba al comercio de productos de belleza para la mujer, le había dicho que su jefa le había dicho que podía almorzar con Julieta en su residencia a las tres en punto. La voz de la joven mujer le proporcionó la dirección de la casa de su jefa, y tras un agradecimiento de Julieta, colgó el teléfono. 

-No te preocupes, Edu, conseguiré esa cuenta así sea lo último que haga -le dijo a su preocupado asistente cinco segundos antes de abandonar la oficina. 

Era extraño que aquella clienta la hubiese citado en su domicilio particular, nunca le había sucedido algo así. No la conocía en persona, pero sabía de quién se trataba; todo el asunto del proyecto publicitario se había trata por teléfono entre los asistentes de ambas mujeres y posteriormente una reunión en la agencia se había llevado a cabo entre el equipo creativo de la misma y un par de comisionados de la empresa interesada. Las dueñas de ambos lugares no se habían visto nunca, ni siquiera habían entablado una conversación telefónica o escrita; era lo que ocurría con los dueños de empresas y organizaciones grandes, el contacto con otros se volvía tarea exclusiva del personal designado para ello. 

Se trataba de un edificio muy lujoso ubicado en la zona sur de la ciudad; el chofer de la empresa aparcó la camioneta que utilizaba para trasladarse en ocasiones, bajó del vehículo y se dirigió a la recepción del lugar. Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje negro y camisa blanca, la recibió con una sonrisa gentil.

-¡Buenas tardes! -saludó él tras el mostrador de cristal y madera-. Bienvenida a la torre cuatrocientos, ¿en qué puedo servirle? 

-Hola, busco a la licenciada Kretter.

-¿Señorita Julieta Pazca? -preguntó el hombre sin dejar de sonreír. 

-Así es.

-Adelante -dijo mientras señalaba el ascensor al final del pasillo adornado con lujosos muebles y candelabros-. Oprima el número dieciséis y llegará al penthouse de la señorita Kretter. 

-¡Oh, muchas gracias! -respondió Julieta y se dirigió hacia el ascensor. 

Cuando las puertas se abrieron Julieta pudo deslumbrarse con el lujo de cada detalle del penthouse, caminó lentamente haciendo resonar sus caros tacones sobre el piso forrado de madera y se dirigió hacia la terraza, en donde a lo lejos pudo ver a una mujer sentada en un pequeño comedor dispuesto para almorzar a aire libre. 

-Eugenio, ya te he dicho que no me molesten con esas tonterías -discutía la rubia mujer con lentes de sol y ropa de marca, sentada a la mesa mientras sostenía con una mano el teléfono celular pegado al oído. Julieta se paró frente a ella y saludó con una mano provocando que la otra mujer sonriera y le hiciera una seña de espera y después otra en la que la invitaba a sentarse-. Me molesta que no sepan resolver las cosas y que se compliquen tanto en un asunto que debió concluir hace mucho tiempo. No es mi asunto, ¡resuélvanlo!. -Y acto seguido colgó la llamada y colocó el teléfono sobre la mesa redonda. Era una mujer hermosa, de unos treinta y tantos, y cuando se quitó las gafas dejó al descubierto un par de hermosos ojos azules-. ¿Julieta Pazca, verdad? -cuestionó sonriendo. 

-Así es -contestó la otra con el mismo gesto amable-. Tienes un penthouse hermoso -elogió. 

-Mil gracias -dijo desviando la mirada a los alrededores-. Me relaja mucho la terraza, esta vista es impresionante, se puede ver casi media ciudad desde aquí y, aunque me encanta, tengo muy poco tiempo para disfrutarla. 

-Oh, entonces discúlpame por robarte un pedazo de tiempo aquí. 

-No seas tonta -refutó con una carcajada-, no es ningún atrevimiento, de hecho me hace bien tu compañía hoy. Podemos hablar de negocios, almorzar y disfrutar de la vista al mismo tiempo. 

-Pues... me parece más que excelente entonces. 

-Yo fui quien te invitó así que no te sientas mal por estar aquí. 

Miranda Kretter había resultado ser una mujer sumamente interesante e inteligente. Julieta se había sorprendido de la manera en la que manejaba su empresa y de los planes que tenía a largo plazo. Platicaron un poco sobre los proyectos publicitarios, almorzaron atendidas por un mesero y retomaron la plática de negocios con un café al final. 

-Me has caído muy bien, Julieta. Creo que podemos llegar a ser grandes amigas -halagó Miranda. 

-Sí, sería genial. Pero sería genial también tenerte como clienta -dijo inteligentemente. Miranda sonrió. 

-Te daré mi respuesta mañana, pero créeme, eres en este momento mi favorita -tranquilizó-. Y cuéntame, ¿eres soltera? -preguntó intentando cambiar el rumbo de la conversación hacia algo menos serio como el dinero y los porcentajes. 

-No, estoy casada desde hace ocho años.

-¡Qué bien! Se nota que eres muy feliz. 

-¿Y tú?

-Yo soy una mujer divorciada. Me separé de ese infeliz hace doce años y no me arrepiento, lo juro. 

-A veces no suele funcionar -añadió Julieta intentando no profundizar en el tema con aquella mujer que, aunque le había parecido amena y encantadora, era una desconocida aún y, sobre todo, era una clienta potencial, así que no deseaba equivocarse hablando de más o dando opiniones no pedidas; debía mantener cierta línea. 

-No es importante. Logré mis sueños sola, sin ayuda de nadie -agregó Kretter-. Ni siquiera estaba enamorada de él. 

-Eso es admirable. Ya tendremos tiempo en otra ocasión para platicar más, ahora debo marcharme. 

-¡Oh, es una pena que tengas que irte! Pero es verdad, el tiempo es a veces insuficiente. Yo también debo volver a mi oficina. Te acompaño a la salida -dijo, y se levantó para caminar con Julieta hacia el ascensor. 

Los tacones de ambas mujeres resonaban en el suelo; justo en el momento en el que estaban por llegar al ascensor Julieta se detuvo repentinamente y giró el rostro a la pared que tenía a su izquierda. 

-¿Te gusta? -preguntó Miranda al ver la atención que Julieta le ponía a un cuadro de gran tamaño colgado en la pared. 

-Es hermoso -respondió anonadada, con la mirada perdida en aquel objeto. 

Era una pintura de esas en las que no se puede distinguir una figura sino que se trata de una mezcla de colores en un lienzo que generan cierta atracción por parte del espectador por su enigmático contenido artístico.

Miranda se acercó a Julieta y preguntó: -¿Qué es lo que ves?

-Pues está muy claro -respondió-. Un hermoso árbol bajo la luz de la luna pero...

-¿Pero qué? -interrogó Miranda sin sorprenderse por la respuesta. 

-Esos niños... -continuó Julieta, esta vez cambiando su expresión taciturna a una algo triste-. Esos niños se ven tristes -dijo con un hilo de voz mientras fruncía el entrecejo y se acercaba a la pintura. 

-Es una pintura hermosa -dijo Miranda y tocó el hombro de Julieta para tumbarla de su entretenido momento, la chica volteó a verle los azules ojos y sonrió, retrocedió dos pasos y le tendió la mano a Miranda-. Gracias por el almuerzo, espero tu llamada. -Miranda tiró de ella y le dio una abrazo. 

-Fue in placer, y no tienes nada que agradecer -respondió mientras Julieta entraba al ascensor y le decía adiós con la mano cuando la puerta se cerraba. 

Miranda volvió a la terraza de su penthouse y marcó un número en su teléfono celular.

-La encontré y está dentro de ella. Vio el árbol y a los estúpidos niños -dijo-. Prepara la cuerda, mañana le haré una visita- finalizó la llamada y sonrió malévolamente después de colocarse sus gafas oscuras de nueva cuenta. Parecía entonces que todo aquello había sido parte de un plan muy bien diseñado pero con un objetivo turbio y nada bueno, algo auguraba una tormenta en la vida de Julieta, una bastante poderosa de la que le sería difícil resguardarse.

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