viernes, 20 de noviembre de 2015

Los días grises no son sinónimo de tristeza

"Abrí los ojos y el día no era tan diferente a la noche;
 había una media luz que apenas lograba traspasar
 el cristal de mi ventana. Me senté en la cama y observé
por un rato la copa de vino tinto que dejé a medias
sobre mi escritorio la noche anterior, vi mis notas
y lo mucho que había avanzado, pensé un momento 
en lo que había sido apenas unas semanas atrás y 
un mar de recuerdos me invadieron. Ya nada sería
igual, convenientemente, me sentía más libre, más Yo;
era como si hubiesen extraído un veneno de mis venas,
un alivio constante de mis lazos enfermizos, de mis 
círculos interminables, de mis adicciones, de mis 
destrucciones, de mí mismo en el espejo, riéndome
de mí y de lo poco que me quería. Ahora todo es 
distinto, ahora respiro mejor inclusive, ahora 
he decidido iniciar mi viaje hacia lo desconocido."
M. G. Landeros 

Últimamente me ha sucedido con frecuencia eso de los días grises; ya saben, esos días en los que incluso el cielo está abarrotado de nubes que pintan el cielo de gris y anulan la luz del sol, esos días en los que pareciera que el tiempo pasa lento, en donde hay algo en el aire que se parece a la melancolía. Los días grises siempre han tenido, en mi caso, una conexión con algún evento reciente en mi vida, algo que desencadena este conjunto de días llenos de una densidad compleja que de pronto es insípida e incolora. Aunque los alimentos y los pequeños placeres siguen teniendo el mismo impacto en mí, al final del día siempre me queda un momento de reflexión profunda que me hace recordar aquello que recientemente me ha sacudido. 

Debo aclarar, pues pareciera que con la descripción del párrafo anterior me refiero a una cosa triste y depresiva, que para mí un día gris es un tiempo de vacío; al decir vacío me refiero a un momento en el que casi nada tiene relevancia, ¿por qué? Porque para poder pensar las cosas y asimilarlas se necesita ese espacio vacío que no te puede interrumpir con algo más. Me refiero a un momento en el que los colores se esfuman para no distraernos de ese lapso de asimilación, un tiempo de reflexión en el que lo reciente necesita ser digerido. Es por este motivo que no podemos decir que los días grises son días tristes, de hecho, probablemente son días previos a días alegres, porque después de haber digerido la nueva información o situación de nuestras vidas, tendremos una sensación de satisfacción y logro. 

Los días tristes por un lado son una especie de agujero enorme que nos hunde en una profundidad dolorosa, de una negrura intensa que nos provoca sensaciones poco agradables; los días tristes siempre vienen por causa de un evento que nos ha lastimado, ya sea una áspera ruptura, una pérdida terrible o un suceso aterrador, aunque, es necesario decir también que, por lo regular, los días tristes o negros se van convirtiendo en días grises en lo que asimilamos reflexivamente lo doloroso. 

Un día gris es consecuencia de un evento que generalmente tiende a ser revelador, con una carga emocional fuerte que nos estremece, que nos agita con la única intención de hacernos cambiar algo y prepararnos para otra cosa totalmente nueva y desconocida. En un día así nos inclinamos por esa profunda introspección que nos hace divagar por minutos enteros; quizá tardamos un poco más en la ducha, bajo la regadera, pensando mientras el agua nos relaja las ideas, o comenzamos a leer cosas afines a lo acontecido, nos alejamos un poco de las personas por el simple hecho de que necesitamos espacio para pensar y cargar energías. Los días grises nos reubican, nos reescriben, y en ese proceso de asimilación eliminamos aquello que ya no nos sirve y comenzamos a preparar el terreno para lo nuevo. 

Lo gris siempre tiene un efecto displicente, vacío, pero siempre nos obliga a prestarle atención. Colocamos a lo gris en ese papel importante de lo intermedio, del equilibrio y del balance, porque esa reacción ante la mezcla entre lo blanco y lo negro siempre será lo gris. Así entonces digamos que los días grises funcionan como un instante de sutil autodescrubrimiento en el que nuestros ojos comienzan a mirar hacia otras direcciones y fulminan tajantemente todo aquello que nos entorpece, que nos daña e intoxica. Después de este tiempo de manifestaciones, los miedos, las desilusiones, las mentiras y las enfermedades se encadenan y conviene ignorar los intentos que hagan por ser libres de nuevo y adherirse a nosotros. 

Cuando tengas un día gris, un día en el que te dedicas a pensar muchísimo en lo que te ha sucedido, en lo que quieres reparar y cómo hacerlo, no huyas de él, aférrate a ese tiempo que es tuyo, vívelo en soledad, porque créeme, se trata de una oportunidad para ser mejor ser humano, para reencontrarse. Descuida, todo volverá a pintarse nuevamente después, sólo que esta vez utilizarás colores que nunca antes habías conocido.





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