miércoles, 23 de diciembre de 2015

Salir del armario y la aspereza de lo nuevo

"Se pensaba quizá que los colores del arcoiris
caían del cielo para llenar tu vida de felicidad
y dicha, pero la realidad es que al principio 
todo es gris, incoloro, y es trabajo de cada
uno conseguir herramientas y pintura para
teñir poco a poco lo que lucía insípido en 
un comienzo. Pintar todo de colores requiere
esfuerzo y dedicación, requiere sacrificios y
duelos, demanda y exige una lucha contra lo
incoloro."
Manelander

Hablar de este tema tiene un tinte algo complicado para muchos, comenzando claro por el asunto de la homosexualidad, esta orientación, preferencia, condición o como le quieras llamar. La homosexualidad se ha convertido en un tema tan hablado pero tan poco entendido que ha caído en un círculo vicioso de controversia y debate; hablar sobre homosexualidad no ha sido suficiente durante todos los años de existencia humana dentro de un entorno comunicativo y de uso del lenguaje; han sido necesarios otros métodos para hacerle ver al mundo que ser diferente no es nada distinto. 

Decidir salir

Ya hablaremos después de otros puntos importantes con respecto a la homosexualidad, hoy nos concentraremos en el asunto de "salir del armario" y todo lo que viene después de eso. Salir de un lugar significa un cambio, porque el interior jamás será igual al exterior, así entonces, salir requiere un esfuerzo y una preparación, salir del armario es un trauma (también puedes leer mi texto anterior sobre el trauma y su función en el mundo), una transgresión, algo que nos sacude y nos obliga a la adaptación de lo nuevo. 

Generalmente salir del closet demanda un esfuerzo que se intensifica con las figuras primarias, mamá y papá. El decirlo a amigos o conocidos no suele requerir gran energía, de hecho, podemos decir que es bastante cómodo cuando más personas lo saben y comienzan todos a darlo por hecho, cuando en los círculos sociales ya ni siquiera es importante preguntarle a alguien sobre su sexualidad, no tiene sentido, no es necesario pero, en el caso de los padres, confesar o confirmarles la verdad se ha vuelto una odisea para muchos, un debate interno que empuja y limita al mismo tiempo, una guerra en los adentros entre el "sí" y el "no, mejor después". Tomar aquella decisión es una lucha que nos llena de miedo, miedo al rechazo, a la violencia, al duelo del cambio, miedo al miedo mismo.

Decir, confesar, confirmar, todo eso simboliza una sola cosa: resolución, y la resolución es un alivio, una descarga de información que nos lleva a ser más nosotros, más auténticos, ese es el propósito de decirlo, la liberación psicológica que conlleva el ocultar lo que realmente somos. Pero decirlo también significa abrir la puerta para salir a lo nuevo, a lo que viene después de ello, al afuera, y eso podría considerarse como una segunda lucha que habrá que librar, pero ¿qué la vida no es un conjunto de luchas constantes que se ganan y se pierden? ¿qué no es un cúmulo de guerras y batallas que nos hieren y nos curan? ¿qué no es ese el sentido de vivir? luchar para sobrevivir, y no solamente en el mundo físico, también en el mundo de lo interno, de lo intangible, de lo emocional y psíquico, de lo subjetivo.

Lo áspero de lo nuevo 

Y aquí vamos entonces, parándonos justo en el blanco obligado que todo homosexual tiene que pasar, como una condena social que, irónicamente, resulta incluso divertida de vez en cuando. Podría decirse que entre más ataques se reciban, el orgullo de ser lo que se es incrementa y se inflama. Todo lo que está fuera del armario llega a lucir macabro y agresivo a veces, pero entendamos que no habrá nada que no podamos enfrentar, que no podamos resolver, que no podamos elaborar.

Es bajo el porcentaje de reacciones cien por ciento positivas en todas las personas, en todos los círculos o en todas las sociedades, siempre habrá un trago amargo, una negación, un rechazo, una mirada triste, una mirada irónica, una altiva, una rencorosa, también alguna de desprecio o de lástima, porque no todos somos iguales, porque somos una serie de matices que nos hace únicos e irrepetibles, pero, a pesar de nuestras diferencias todos continuamos siendo la misma cosa: seres humanos.

Sobrellevar todo lo nuevo con la familia, con los amigos, con la pareja quizá, con los compañeros de trabajo, etc. se resumirá siempre a una sola cuestión, a la cuestión de las ideas, de los estereotipos, de las etiquetas sociales y culturales que funcionan como obstáculos que debemos librar; quizá caeremos de pronto, pero podremos levantarnos para continuar en la carrera. No todo es totalmente negro, ni todo es totalmente blanco; dentro de todo lo oscuro siempre, sin duda alguna, habrá una luz, una chispa, una llama que nos guíe, que nos sostenga. Decir las verdades es una aceptación de nuestras realidades y, por más dolorosas que sean, debemos aprender, con el tiempo, a vivir con ellas y, sobre todo, a ser felices, a amarlas y a estar orgullosos de lo que tenemos y de lo que somos. La paciencia, la inteligencia, el amor propio, siempre serán nuestras armas más fuertes para sobrevivir a lo que sea que caiga sobre nosotros.

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ser terapeuta sin ser terapeuta

Como amante y apasionado de la ciencia del comportamiento y del estudio de la mente y la conducta humana, creí que era de suma importancia escribir sobre esto que, al parecer, siempre causa debate entre los que practicamos psicoterapia y también entre los que se encuentran dentro de un proceso terapéutico. 

Es claro que existen muchas personas que nacen con la habilidad y la empatía necesarias para escuchar a los demás y poder emitir una opinión o un consejo cuando les es requerido. Se trata de sujetos con la sensibilidad emocional y mental suficientes para poder entender los problemas del otro, y entonces, desde ese punto, poder hacer ciertas observaciones y aconsejarle. Pero debe quedar aún más claro que estas habilidades natas, aunque son características que un terapeuta necesita, no pueden considerarse suficientes para recibir personas en un consultorio e iniciar un proceso de psicoterapia. 

Sin la menor idea de lo que se hace

Es normal que muchas veces demos consejos basándonos en nuestras experiencias y en nuestras propias emociones para que de esta manera la otra persona no se sienta sola. Muchas veces decir "a mi también me sucedió lo mismo" o "yo viví algo similar" es un consuelo para muchos que, en la desesperación de un conflicto emocional, necesitan escuchar que no son lo únicos a los que les han sucedido cosas terribles. Saber que a todos nos va mal a veces es una especie de duelo compartido en el que las penas se reparten, pero al mismo tiempo, no podemos asegurar que hacer sentir a una persona que no está sola será la solución a sus males. 

El tener una actitud empática y humanista siempre es de gran ayuda en los momentos de crisis, de duelo, pero la psicoterapia es algo muy distinto a dar un consejo o entender por lo que la persona atraviesa en un tiempo determinado, la psicoterapia necesita de otros recursos y funciona, como ya lo he mencionado antes, como un proceso, es decir, es una especie de desarrollo humano a través de herramientas específicas que mejoren varios aspectos en la vida de un individuo. 

Ser terapeuta en formación

En este punto quisiera ser breve pero conciso, pues creo que en el mundo de la psicoterapia existe y existirá un eterno debate entre aquellos terapeutas que llevan ya un largo camino recorrido y aquellos que están iniciando. 

Para poder ser psicoterapeuta es necesario, en primer lugar, haber elegido este camino por el único hecho de que, en un punto específico de tu vida, te apasiona y se ha adherido a ti como único e irrefutable destino, como tu máxima vocación, porque en dicha profesión has encontrado la satisfacción que no crees encontrar en ninguna otra, así entonces una cosa te llevará a la otra, pues la sed de saber más se hará constante e infinita y de esa manera tomarás elecciones que te instruyan en lo que a hacer psicoterapia se refiere. Con esto quiero decir que en el mundo existen un número gigante de personas con muchísimos estudios pero que no encuentran plenitud en lo que hacen o, han intentado una y otra vez en otras profesiones, yendo y viniendo, dejando la psicoterapia y retomandola en un círculo vicioso de "sí me gusta" y "no, mejor no" que lo único que hace es hablar de los inestables inicios que se tienen como psicoterapeutas.  

La psicoterapia, una vez elegida, no cambia su objetivo inicial, quizá tome diversos rumbos que abren una infinidad de posibilidades y caminos, pero todos siempre tendrán la misma dirección. Es un camino que, una vez verdaderamente elegido, no tiene retorno. Los terapeutas en formación son aquellos que conocen cuáles son las demandas de la psicoterapia y pueden otorgar tratamiento psicoterapéutico apegándose a los límites que conocen de manera precisa. Un terapeuta tendrá siempre la ética de poder reconocer los casos que no pueda tratar por diversos motivos; la psicoterapia no se trata únicamente de saber más, sino de conocer los límites propios y saber respetarlos, además claro de tener un contacto constante con lo que sea que tenga que ver con psicoterapia o psicología clínica.

La psicoterapia requiere actualizaciones constantes y, además, tener siempre presentes las bases, las raíces de los procesos terapéuticos y sus inicios. El terapeuta siempre deberá saber qué es la psicoterapia, para qué sirve, cómo nació y por qué, y por supuesto todos los autores, exponentes y genios de la psicoterapia que crearon grandes cosas para que hoy en día nosotros disfrutáramos de ello.

El terapeuta y su terapeuta 

Elegir el camino de la psicoterapia demanda, sin excepción alguna, como un código ético y profesional, el que cada terapeuta tome también un proceso psicoterapéutico que funcione tanto como proceso propio como asesoría continua con respecto a algunos casos dentro de la consulta.

La gente pregunta si los psicoterapeutas van a terapia también y, aunque la respuesta no siempre es afirmativa, la realidad es que así es como debería de ser; un terapeuta que no acude a terapia no está siendo totalmente ético y profesional, pues digamos que no tiene un reconocimiento de los conflictos propios, así entonces no habrá una objetividad en el tratamiento y existirán un sinnúmero de situaciones dentro de cada consulta que entorpecerán los procesos de los pacientes o los conducirán a caminos alejados de la resolución o del autoencuentro. El terapeuta tiene la obligación moral de llevar un proceso propio con otro terapeuta para entender los límites que existen entre sus experiencias y las experiencias del otro. Ser terapeuta es tener la capacidad de trabajar lo propio para no mezclarlo con lo de los pacientes dentro del consultorio.

Psicólogos y psicoterapeutas

Alguna vez conocí a una persona que ejercía psicoterapia en restaurantes y bares con sus amigos; lo sé, el simple hecho de leerlo causa una impresión que hasta el día de hoy no logro controlar. Esta persona no había estudiado psicología pero tenía una maestría o diplomado en un tipo de psicoterapia que acepta para su estudio a cualquier profesionista. Al no tener las bases, esta persona, que no entendía nada de lo que era hacer psicoterapia, trataba los problemas de sus amigos y se veían en lugares públicos, como una especie de charla que tienes con cualquier persona que se siente triste o que atraviesa por un momento difícil pero con el título de terapeuta.

La diversidad en psicoterapias ha crecido tanto los últimos años que ya no se tiene un control total sobre este tipo de situaciones que lo único que hacen es entorpecer los deseos de sanar, de aliviarse, de autoencontrarse de cada persona. La psicoterapia no es un juego, no es una charla en la que te sientas a escuchar el problema para al final emitir un consejo; los "esto es lo que tienes que hacer" o "esa persona que te lastimó está mal y no te merece" pueden ser demasiado comunes con "terapeutas" que no tienen la mínima idea de lo que es ejercer esta profesión. En mi personal opinión es necesario que un psicoterapeuta tenga un grado en psicología general para después poder especializarse y ejercer psicoterapia. La psicología general contienen todas las raíces de lo que es hacer psicoterapia o ejercer psicología clínica. Hacer psicoterapia es una elección que dura toda la vida en un constante recorrido de encuentros personales y ajenos.

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sábado, 12 de diciembre de 2015

Debates internos: De depresiones y soledad

Yo: Parte consciente, el conjunto mediador de nuestras guerras internas.
Razón: La coherencia, el raciocinio, la lógica, lo apegado a la realidad irrefutable.  
Inconsciente: Lo oculto, lo que nos rige desde las raíces. 
Emociones: Lo que sentimos. La tristeza, el miedo, el enojo, etc. 
Cuerpo: Todo lo físico, empírico y tangible, nuestros sentidos, nuestras percepciones. 

Yo: No sé qué es lo que sucede; me siento vacío, algo no anda bien. 
Emociones: Estás triste, eso sucede. 
Inconsciente: ¿Vacío? Siempre has estado vacío, eso no es nuevo. 
Cuerpo: No has dormido bien en una semana, definitivamente algo anda mal. 
Razón: Piensa, ¿qué te ha acontecido últimamente para sentirte así?
Yo: Siempre siento que me suceden demasiadas cosas, quizás ahora me cuesta más trabajo poder lidiar con todo lo que me acontece. 
Emociones: Llora, eso te aliviará. 
Razón: Ni siquiera sabemos qué es lo que sucede, ¿por qué habría de llorar sin un motivo para ello?
Emociones: Porque llorar libera las penas. 
Inconsciente: De seguro es tu corazón roto, roto desde que eras un niño y ahora no puedes soportarlo más. Comienzo a creer que quizá si desaparecieras de este mundo todo tu sufrimiento terminaría instantáneamente. 
Razón: Terminar así con los problemas no es razonable. Piensa bien las cosas, siempre hay una solución ante cada cuestión.
Cuerpo: No me interesa, ¡sólo arreglalo! Estás bajando de peso también, no estás comiendo nada bien; enfermarás.
Yo: El hambre se me va, no puedo controlarlo. Es un hueco insoportable que hay dentro, no logro cerrarlo.
Emociones: Son esas relaciones que no te han llevado a nada, te han lastimado, decepcionado.
Razón: Nadie muere por eso, aunque sientas que sí, no morirás.
Inconsciente: Las cosas se hicieron mal contigo siempre, es normal que ahora todo sea un reverendo caos. Algo de alcohol no te vendría mal, así llenas por momentos ese vacío que siente, quizá bastante sexo lo solucione temporalmente. Es culpa de tus padres, es culpa del mundo que te rodea, porque el mundo es así, cruel, hostil.
Razón: ¡Basta! Actúa con inteligencia, si no lo haces pronto entonces la pasarás peor.
Yo: ¡Lo intento!
Razón: Pues no es suficiente.
Yo: Me estoy rompiendo por dentro.
Emociones: Podemos ver el vacío desde aquí dentro; la soledad está custodiando la entrada y no nos podemos acercar.
Razón: ¿La soledad? La has dejado entrar, es tu responsabilidad.
Yo: No me he dado cuenta; la soledad no pide permiso, no está en mis manos. Me siento insuficiente para los demás. Nunca he sido suficientemente bueno para que se queden a mi lado.
Inconsciente: Las personas usan a otras personas para sentirse mejor, no eres el único, éste es el ciclo de la vida, ¡acéptalo y sigue adelante!
Emociones: Son días tristes, podemos lidiar con esto.
Cuerpo: Duérmete. Mañana será otro día.

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jueves, 10 de diciembre de 2015

El dolor de la ruptura

"Nada es para siempre, todo termina, todo cambia, 
se va, se mueve, muta, y a veces, se evapora, nos
abandona, nos deja." 
Manelander

Como ya lo había dicho, en un texto anterior a éste, los finales siempre son desastrosos, sobre todo en el aspecto emocional. Cuando algo llega a su fin un trauma acontece en nosotros desencadenado sentimientos conflictivos; digamos que una especie de guerra interna se desata como un huracán imparable y destructivo. Estas sensaciones no deberán entonces pasar, por más insoportables que parezcan, a un estado diferente al de su naturaleza, es decir, las sensaciones dolorosas que se originan en una pérdida deben permanecer siendo sólo eso: sensaciones. 

Traiciones que separan 

Encuentro de suma importancia tocar uno de los puntos más delicados, dolorosos y comunes en materia de rupturas: las relaciones de pareja. Esta separación entre dos seres que compartieron momentos, planes y experiencias durante mucho o poco tiempo suele ser una de las más dolorosas y difíciles de elaborar. El enamoramiento es uno de los encargados de hacer que una ruptura se vuelva compleja y difícil de superar por el simple hecho de que está conformado por un número enorme de aspectos positivos que proveyeron de placer y satisfacciones a ambas partes durante un tiempo que fue ininterrumpido. 

La infidelidad o deslealtad suele ser el asunto que rompe una relación de pareja con mayor agresividad y rudeza; es tan tajante que la manera en la que rompe los lazos amorosos es demasiado dolorosa. Digamos que la infidelidad sería como cortarse un dedo de tajo, sin anestesia, sin previo aviso; este tipo de traiciones separan dos partes que se encontraban unidas con rudeza y eso provoca una decepción que duele, por lo regular de manera insoportable. Después de tan agresiva ruptura el dolor comienza a llenar los espacios vacíos de aquel que ya no está a nuestro lado, aquel que nos traicionó. Así, y aunque suene horrible, el dolor es necesario para curar las heridas que se hicieron en nuestros adentros, en nuestros sentimientos; el dolor sana, reacomoda, ordena, asienta, cura, descarga con el tiempo el peso de la ausencia, de la traición, de la decepción. 

Pienso que la gran mayoría de los humanos hemos vivido una especie de traición, una separación agresiva de este tipo; entonces viene a mí una cuestión: si todos vivimos un ruptura a causa de una traición, ya sea de pareja, amigos o compañeros, entonces comienzo a suponer que es parte esencial de la vida, una parte importante y necesaria que nos negamos a aceptar por desgarradora, pero que pareciera que siempre nos deja una enseñanza que es fundamental aprender para sobrevivir al a veces hostil mundo de las emociones. 

De lo insoportable a la resolución 

Como menciono en las primeras líneas de este texto: nada es para siempre, todo termina, incluido el dolor que nos causa una separación, porque por más insoportable que parezca, por más terrible y lastimoso, el dolor se esfuma, se marcha, siempre y cuando sepamos asimilarlo, pues el dolor que no se vive y se asimila se convierte en un periodo de sufrimiento crónico que puede durar toda la vida, incluso enfermar nuestras emociones, nuestra mente y nuestro cuerpo. El dolor deberá vivirse por más fastidioso, molesto e insoportable que sea, porque esta es la única manera de soltar, cerrar y continuar. Vivir es un conjunto de círculos que se abren y se cierran constantemente; tener demasiados círculos abiertos nos impide hacer cierres, pero para poder hacer algunos cierres debemos vivir un duelo que se encargará de concluir aquello que necesita ser concluido. 

Llorar, gritar, encerrarse en casa, beber, viajar, comer, no comer, dormir, etc. son algunas de las conductas que uno tiene cuando está en un proceso de duelo, en un proceso insoportable en donde todo lo que nos rodea nos recuerda a aquello que nos rompió por dentro de algún modo, que nos lastimó; pareciera entonces de pronto que el mundo está en nuestra contra y que nos refriega en la cara un sinnúmero de signos y símbolos que incrementan nuestro duelo haciéndonos sentir miserables, y de pronto, un día, el dolor se mantiene de la misma manera en la que dolió ayer, y al día siguiente te das cuenta que duele un poco menos, y después un poco menos, y menos después de eso, y entonces encuentras satisfacción en algo más y comienzas a deshacerte de lo insoportable, porque ahora el recuerdo se vuelve soportable, quizá duele de pronto pero puedes tolerarlo, en ese momento podemos decir que las heridas han comenzado a cicatrizar. La resolución del duelo nos quita la venda de los ojos en el momento justo, dejamos de ver todo en completa oscuridad y comenzamos a ver objetos nuevos, lugares nuevos y personas nuevas que antes no veíamos aunque estuviesen frente a nosotros porque el duelo nos cegó por un tiempo, pero no con el afán de destruirnos, al contrario, como una manera de protegernos para no lastimarnos más o lastimar a otros, así entonces, podremos ver lo nuevo en el momento en el que todo deje de doler. La paciencia siempre será nuestro bote salvavidas, impedirá que nos ahoguemos para que el día en el que el círculo se haya cerrado disfrutemos de lo que está por entrar a nuestras vidas, de esos círculos nuevos, listos para ser abiertos. 


lunes, 7 de diciembre de 2015

El Trauma

"Me di cuenta de la fragilidad humana justo 
en el momento en el que fui consciente de 
los golpes constantes a los que estamos 
expuestos."
Manelander

Trauma: Choque o impresión emocional muy intensos causados por algún hecho o acontecimiento negativo que produce en el inconsciente de una persona una huella duradera que no puede o tarda en superar.

He estado pensando últimamente en lo traumatizante, en todos aquellos acontecimientos en los que los seres humanos somos lastimados, sacudidos, expuestos a una serie de eventos que nos quitan el sueño y el apetito. Para poder entender mejor el asunto considero que es necesario dejar muy en claro que los humanos somos entes biológicos vulnerables, con muchos recursos para sobrevivir, pero vulnerables al fin y al cabo. 

El primer trauma 

Considero que nacer es el primer gran trauma al que estamos expuestos; a partir del nacimiento las personas recibiremos traumas constantes toda la vida. Creo que nacer es un trauma porque pasamos de la comodidad del vientre de nuestra madre a la adaptación al mundo externo, a todo lo desconocido. Nacer es físicamente complicado, doloroso, es un momento en el que nuestro cuerpo necesita sufrir para poder sobrevivir. Quizá todo esto suene aterrador, pero estoy seguro de que si lo analizamos con detenimiento encontraremos todo bastante realista y verdadero; el nacimiento significa un primer sufrimiento físico y psicológico, somos hojas en blanco en las cuales se comenzará a escribir una historia y eso puede considerarse traumatizante; somos inferiores al resto porque dependemos totalmente de los adultos para poder vivir, esta idea por supuesto también simboliza un trauma; la resignación forzada a una dependencia que durará años y, por supuesto, los sentimientos hostiles que pueden llegar a tener nuestros cuidadores o padres como seres que deben entregar casi todo su tiempo en cubrir las necesidades básicas del nuevo integrante de la familia. 

Los traumas posteriores

Conforme crecemos vamos viviendo experiencias que nos marcan, que nos roban parte de nuestra energía física y psicológica por lo general. Lo traumatizante no siempre tiene un resultado negativo, de hecho, casi todo lo placentero genera un trauma; alimentarnos, tener sexo, hacer ejercicio, dormir, entre muchas cosas más, son situaciones que de algún modo transgreden en nuestro cuerpo y en nuestra mente, digamos que siempre hay algo adverso en toda acción, algo que duele, que cuesta trabajo, algo que impacta, que golpea. Los traumas a veces son necesarios para resolver ciertos conflictos en nuestra vida; es necesaria la decepción o la tristeza por ejemplo, porque solamente de ese modo podemos solucionar algo que nos causa un daño constante e insoportable, o también, gran parte de las veces, los traumas nos ayudan a que peores daños sucedan pues funcionan como una medida preventiva que evita un futuro intento destructivo o algún evento inadecuado. 

Los traumas son inevitables porque todo lo doloroso es inevitable, pero eso no quiere decir que sean malos todo el tiempo, al contrario, son necesarios para sobrevivir; los sinsabores, las penas, los llantos, las ausencias, el dolor, lo lacerante, lo hostil, y todas esas cosas que parecieran negativas pero que no siempre lo son, abundan en este mundo para hacer un equilibrio regulador de cada una de nuestras emociones, pensamientos y necesidades. Evitar el trauma no es una opción porque cada segundo algo nos impacta y nos cambia; es parte de vivir. Los traumas se alojan en nuestro inconsciente como un material que nos rige, que nos conduce, nos maneja como marionetas; no es sino en el entendimiento de dichos traumas en donde encontramos la adecuación y la estabilidad que necesitamos para vivir de manera más auténtica; el trauma no debe evitarse, debe entenderse, solamente de esta manera podemos soportar todo lo que nos rodea. 






jueves, 3 de diciembre de 2015

De humedad y otras pieles

"Ni siquiera supe en qué momento cubrí 
mis huesos y mi carne con una piel 
que no era mía, que era de otro."
M. G. Landeros

Tenía que llegar el momento en el que la fuente de mis composiciones literarias desatara un torrente un poco más sexual que de costumbre. Y es que esta vez, favorablemente para el invierno, escribo con calidez, de esa que encontramos en la cama, con el otro, en los besos de las bocas que quieren comerse, devorarse, tragarse. 

Pieles nuevas 

La mejor piel es la que nos pertenece, la que está pegada a nosotros, con la que nacimos y, seguramente, con la que moriremos. Pero existe también un deseo interno de probar otras pieles y colocarlas sobre nosotros haciéndoles partícipes de un momento en el que demasiadas cosas se funden, se mezclan como pinturas distintas que dan un nuevo color. 

En algún momento de mi vida, como psicólogo y psicoterapeuta en constante formación, platiqué sobre la piel y su simbolismo como barrera, como esa pared que nos separa de lo externo; la piel es aquello que nos otorga individualidad física, que nos hace saber que yo soy uno y todo lo que está fuera es otra cosa, algo distinto a mí. Hice, bajo esta idea, una comparación entre nuestra piel física y nuestra psique; intenté saber si existe una piel psíquica que nos delimite del resto, una parte interna que nos separe, que nos diga que yo soy yo y tú eres tú; existieron muchas respuestas al respecto, teorías sobre algún elemento mental que ayudara a responder mi cuestión. Lo importante en todo esto radica en que pienso que estas pieles mentales o psíquicas son maleables, pueden transformarse, mutar e, incluso, mezclase con otras para hacer una sola cosa, para contener y proteger una sola cosa y separarla del resto, de lo externo. Eso ocurre en todo lo sexual, en todo lo sensual, en todo lo erótico; en cada deseo de ser tocados dejamos también un deseo de mezclarnos con el otro. 

De lo sólido a lo líquido 

Las sensaciones que desencadenan las pieles nuevas generan un proceso que pasa de lo sólido, de lo áspero y seco a lo líquido y húmedo. Las personas comienzan, generalmente, siendo dos separados, y terminan siendo uno, conectados por las bocas, las lenguas, los sexos. Para poder conectarse con alguien es necesario lo líquido y, estarán de acuerdo conmigo, todo lo liquido es rebelde, imparable, escurridizo, engañoso; lo líquido es como un niño pequeño y emberrinchado que hace lo que quiere. Para poder unirse a otro necesitamos la humedad de un beso, por ejemplo, esa conexión entre los labios, entre las bocas, que pareciera insuficiente porque nuestro deseo inconsciente se resiste a no comernos al otro. Lo húmedo nos lleva al placer, a conectarnos y a mezclar las pieles con alguien más; es el resultado de una transición, de un cambio que nos lleva a ser exactamente eso, un ser húmedo, deseante del otro y, al mismo tiempo, objetos deseados.


  





martes, 1 de diciembre de 2015

Lo destructivo de amar demasiado

"Me amaron tanto que terminé por enfermar, 
me dolió todo ese amor encima de mí, 
el exceso de afecto me fue destruyendo
poco a poco, sin darme cuenta, sin 
darnos cuenta, una parte de mí 
murió."
Manelander

El título parece una atrocidad en principio, pues hablar de amor casi siempre tiene que ver con sensaciones placenteras, con felicidad, ausencia de odio, paz y armonía. El amor es todo lo bueno que se puede sentir y que, a mi punto de vista, equilibra al mundo en una balanza que carga luz y oscuridad al mismo tiempo; pero como dicen por ahí: "todo en exceso es malo", y es literalmente como se debe de tomar en cuenta dicho enunciado. Así es como me he planteado el contenido de este texto en el que quisiera compartir la apariencia de una cara del amor muy distinta a la que conocemos comúnmente, esa cara que no es tan buena como aparenta. 

El amor pervertido 

El amor es un sentimiento libre una vez desatado en nuestro interior, somos capaces de guiarlo de algún modo, regularlo, dosificarlo, repartirlo, erradicarlo o incrementarlo; el amor es maleable pero ciego y desbocado al mismo tiempo. El amor necesita límites, frenos que nacen de nuestros recursos internos y que crean un estado amoroso pacífico y natural, es decir, los límites del amor dependen de nuestros vacíos y conflictos internos; entre más vacíos tengamos menos límites seremos capaces de establecer, y esto es una cuestión inconsciente, oculta a nuestra voluntad consciente, como quien dice: lo hacemos sin querer

Al decir "pervertido" me refiero a infectado, fuera de lo normal, cambiado. Y es que el amor se pervierte si no tiene un límite; cuando el amor nace tiende a emanar incansablemente de nuestros adentros, sin parar, con toda la fuerza que puede encontrar, y eso está bien, hasta cierto punto. Podemos amar muchísimo a una persona y, con ciertos límites, ser felices y hacerla feliz a la vez. Pero sucede que cuando el amor no tiene un freno sale proyectado intensamente hacia el otro, y cada vez con mayor vigor, tanto, que tiene el poder de lastimar, de destruir inclusive. El amor se enferma, como se pude enfermar cualquier emoción humana, llevando así un sentimiento positivo a provocar consecuencias negativas.

¿Cómo destruye el amor?

Cuando el amor excede los límites, débiles a veces, es capaz de traer consigo otro tipo de emociones que provocan desagrado. La inseguridad, el miedo, la angustia, son algunas de las cosas que el exceso de amor genera en quien ama y en quien es amado. Esa sensación de ser una misma cosa entre parejas, amigos o miembros de la familia, es una característica común de los excesos amorosos; ahí donde no se sabe quién es quién porque la cercanía excesiva borra incluso los límites de lo social, donde no se puede ver a uno sin el otro; es esa necesidad imperante de una proximidad excesiva con el otro en todos los aspectos, en donde no existen la privacidad, las diferencias, la individualidad, las decisiones propias. El amor excesivo impone culpas y ansiedades que lo único que hacen son enfermarnos por dentro, como una planta que comienza a pudrirse desde su raíz.

El amor en exceso mantiene estas fantasías escondidas sobre ser uno con el otro, meterlo en nosotros o meternos en él, comérnoslo de algún modo y, si pudiéramos, comérnoslo literalmente o dejarnos comer, la carne y los huesos. El amor excesivo es una carga de deseos que pesan, transgreden, golpean, muerden, arrancan, lastiman y, cuando el otro no puede soportarlo más, en ocasiones, elige el camino del abandono o la lejanía, y toda esa fuente inagotable de amor convierte sus emanaciones en una sustancia oscura y dispuesta a lastimar, esta vez, con todas las intenciones. Así, el odio es un amor que enfermó con el tiempo, que cambió, mutó y se convirtió en algo peor de lo que fue en un principio. El amor en demasía, como cualquier cosa, puede romper aquello que lo recibe. Los humanos soportamos todo hasta un punto límite, después de eso, nos rompemos, nos destruimos.

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