jueves, 3 de diciembre de 2015

De humedad y otras pieles

"Ni siquiera supe en qué momento cubrí 
mis huesos y mi carne con una piel 
que no era mía, que era de otro."
M. G. Landeros

Tenía que llegar el momento en el que la fuente de mis composiciones literarias desatara un torrente un poco más sexual que de costumbre. Y es que esta vez, favorablemente para el invierno, escribo con calidez, de esa que encontramos en la cama, con el otro, en los besos de las bocas que quieren comerse, devorarse, tragarse. 

Pieles nuevas 

La mejor piel es la que nos pertenece, la que está pegada a nosotros, con la que nacimos y, seguramente, con la que moriremos. Pero existe también un deseo interno de probar otras pieles y colocarlas sobre nosotros haciéndoles partícipes de un momento en el que demasiadas cosas se funden, se mezclan como pinturas distintas que dan un nuevo color. 

En algún momento de mi vida, como psicólogo y psicoterapeuta en constante formación, platiqué sobre la piel y su simbolismo como barrera, como esa pared que nos separa de lo externo; la piel es aquello que nos otorga individualidad física, que nos hace saber que yo soy uno y todo lo que está fuera es otra cosa, algo distinto a mí. Hice, bajo esta idea, una comparación entre nuestra piel física y nuestra psique; intenté saber si existe una piel psíquica que nos delimite del resto, una parte interna que nos separe, que nos diga que yo soy yo y tú eres tú; existieron muchas respuestas al respecto, teorías sobre algún elemento mental que ayudara a responder mi cuestión. Lo importante en todo esto radica en que pienso que estas pieles mentales o psíquicas son maleables, pueden transformarse, mutar e, incluso, mezclase con otras para hacer una sola cosa, para contener y proteger una sola cosa y separarla del resto, de lo externo. Eso ocurre en todo lo sexual, en todo lo sensual, en todo lo erótico; en cada deseo de ser tocados dejamos también un deseo de mezclarnos con el otro. 

De lo sólido a lo líquido 

Las sensaciones que desencadenan las pieles nuevas generan un proceso que pasa de lo sólido, de lo áspero y seco a lo líquido y húmedo. Las personas comienzan, generalmente, siendo dos separados, y terminan siendo uno, conectados por las bocas, las lenguas, los sexos. Para poder conectarse con alguien es necesario lo líquido y, estarán de acuerdo conmigo, todo lo liquido es rebelde, imparable, escurridizo, engañoso; lo líquido es como un niño pequeño y emberrinchado que hace lo que quiere. Para poder unirse a otro necesitamos la humedad de un beso, por ejemplo, esa conexión entre los labios, entre las bocas, que pareciera insuficiente porque nuestro deseo inconsciente se resiste a no comernos al otro. Lo húmedo nos lleva al placer, a conectarnos y a mezclar las pieles con alguien más; es el resultado de una transición, de un cambio que nos lleva a ser exactamente eso, un ser húmedo, deseante del otro y, al mismo tiempo, objetos deseados.


  





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