jueves, 10 de diciembre de 2015

El dolor de la ruptura

"Nada es para siempre, todo termina, todo cambia, 
se va, se mueve, muta, y a veces, se evapora, nos
abandona, nos deja." 
Manelander

Como ya lo había dicho, en un texto anterior a éste, los finales siempre son desastrosos, sobre todo en el aspecto emocional. Cuando algo llega a su fin un trauma acontece en nosotros desencadenado sentimientos conflictivos; digamos que una especie de guerra interna se desata como un huracán imparable y destructivo. Estas sensaciones no deberán entonces pasar, por más insoportables que parezcan, a un estado diferente al de su naturaleza, es decir, las sensaciones dolorosas que se originan en una pérdida deben permanecer siendo sólo eso: sensaciones. 

Traiciones que separan 

Encuentro de suma importancia tocar uno de los puntos más delicados, dolorosos y comunes en materia de rupturas: las relaciones de pareja. Esta separación entre dos seres que compartieron momentos, planes y experiencias durante mucho o poco tiempo suele ser una de las más dolorosas y difíciles de elaborar. El enamoramiento es uno de los encargados de hacer que una ruptura se vuelva compleja y difícil de superar por el simple hecho de que está conformado por un número enorme de aspectos positivos que proveyeron de placer y satisfacciones a ambas partes durante un tiempo que fue ininterrumpido. 

La infidelidad o deslealtad suele ser el asunto que rompe una relación de pareja con mayor agresividad y rudeza; es tan tajante que la manera en la que rompe los lazos amorosos es demasiado dolorosa. Digamos que la infidelidad sería como cortarse un dedo de tajo, sin anestesia, sin previo aviso; este tipo de traiciones separan dos partes que se encontraban unidas con rudeza y eso provoca una decepción que duele, por lo regular de manera insoportable. Después de tan agresiva ruptura el dolor comienza a llenar los espacios vacíos de aquel que ya no está a nuestro lado, aquel que nos traicionó. Así, y aunque suene horrible, el dolor es necesario para curar las heridas que se hicieron en nuestros adentros, en nuestros sentimientos; el dolor sana, reacomoda, ordena, asienta, cura, descarga con el tiempo el peso de la ausencia, de la traición, de la decepción. 

Pienso que la gran mayoría de los humanos hemos vivido una especie de traición, una separación agresiva de este tipo; entonces viene a mí una cuestión: si todos vivimos un ruptura a causa de una traición, ya sea de pareja, amigos o compañeros, entonces comienzo a suponer que es parte esencial de la vida, una parte importante y necesaria que nos negamos a aceptar por desgarradora, pero que pareciera que siempre nos deja una enseñanza que es fundamental aprender para sobrevivir al a veces hostil mundo de las emociones. 

De lo insoportable a la resolución 

Como menciono en las primeras líneas de este texto: nada es para siempre, todo termina, incluido el dolor que nos causa una separación, porque por más insoportable que parezca, por más terrible y lastimoso, el dolor se esfuma, se marcha, siempre y cuando sepamos asimilarlo, pues el dolor que no se vive y se asimila se convierte en un periodo de sufrimiento crónico que puede durar toda la vida, incluso enfermar nuestras emociones, nuestra mente y nuestro cuerpo. El dolor deberá vivirse por más fastidioso, molesto e insoportable que sea, porque esta es la única manera de soltar, cerrar y continuar. Vivir es un conjunto de círculos que se abren y se cierran constantemente; tener demasiados círculos abiertos nos impide hacer cierres, pero para poder hacer algunos cierres debemos vivir un duelo que se encargará de concluir aquello que necesita ser concluido. 

Llorar, gritar, encerrarse en casa, beber, viajar, comer, no comer, dormir, etc. son algunas de las conductas que uno tiene cuando está en un proceso de duelo, en un proceso insoportable en donde todo lo que nos rodea nos recuerda a aquello que nos rompió por dentro de algún modo, que nos lastimó; pareciera entonces de pronto que el mundo está en nuestra contra y que nos refriega en la cara un sinnúmero de signos y símbolos que incrementan nuestro duelo haciéndonos sentir miserables, y de pronto, un día, el dolor se mantiene de la misma manera en la que dolió ayer, y al día siguiente te das cuenta que duele un poco menos, y después un poco menos, y menos después de eso, y entonces encuentras satisfacción en algo más y comienzas a deshacerte de lo insoportable, porque ahora el recuerdo se vuelve soportable, quizá duele de pronto pero puedes tolerarlo, en ese momento podemos decir que las heridas han comenzado a cicatrizar. La resolución del duelo nos quita la venda de los ojos en el momento justo, dejamos de ver todo en completa oscuridad y comenzamos a ver objetos nuevos, lugares nuevos y personas nuevas que antes no veíamos aunque estuviesen frente a nosotros porque el duelo nos cegó por un tiempo, pero no con el afán de destruirnos, al contrario, como una manera de protegernos para no lastimarnos más o lastimar a otros, así entonces, podremos ver lo nuevo en el momento en el que todo deje de doler. La paciencia siempre será nuestro bote salvavidas, impedirá que nos ahoguemos para que el día en el que el círculo se haya cerrado disfrutemos de lo que está por entrar a nuestras vidas, de esos círculos nuevos, listos para ser abiertos. 


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