jueves, 22 de diciembre de 2016

Jugo de uva

"Todo es más bonito cuando el
tiempo aparece sencillo, sin 
complicaciones."
Manelander



El sol invernal me iluminaba el rostro; salían los rayos medio dorados de entre las nubes grises que cubrían la mayor parte del cielo. Al fondo podía escuchar la dulce voz de Lana cantando: "My pussy tastes like Pepsi Cola. My eyes are wide like cherry pie. I got sweet taste for men who're older, it's always been, so it's no surprise...". El viento había dejado de ser cálido, era fresco, porque estaba en un lugar en donde la mayor parte del año el clima era demasiado caliente. 

Me mecí un poco más. Estaba acostado en una hamaca colocada entre dos árboles, dos árboles enormes en un jardín enorme. Estaba solo, solo y mis pensamientos, como siempre. El viento de pronto me agitaba un poco el cabello ondulado y negro. Observaba las nubes pasar sobre mí. Esa tiene forma de... no tiene forma de nada, en realidad, pensaba seriamente. Era muy raro que encontrara forma a las nubes, pero había una insistencia en querer hacer lo que los personajes de las caricaturas y las películas de Hollywood hacían cada vez que miraban hacia el cielo. 

Recordé que abajo, en el césped, había un vaso de cristal con jugo de uva y dos hielos, los cuales seguramente ya se habían derretido para restarle un poco de sabor dulzón al jugo. Llevaba ahí un par de horas y había olvidado mi bebida. Me encantaba beber jugo de uva, sobre todo cuando estaba solo y dedicaba tiempo a pensar. ¿Qué pensaba? Pues lo de siempre; cómo era posible que las personas buscaran forma a las nubes, ¡por dios! ¿acaso se trataba de un test Rorschach de la naturaleza? Pienso, pienso, una y otra vez, en mis soledades y mis angustias, en lo insoportable que me resulta separarme de lo que me provoca placer, de todo lo que es bueno en mi vida. "¡Maldita sea! Olvidé darle propina a aquel mesero en aquel restaurante al que fui a desayunar", me recriminaba en mis adentros. Me dolía la garganta y pensaba que quizás había pescado algún virus por ahí, quizá también era por tanto fumar; "debo dejar de fumar", pensé, y encendí un cigarrillo.

Las horas pasaban tan rápido en aquel lugar, pero era mi momento, el momento que necesito una vez al año para acomodar mis ideas y mis emociones. Necesito pensar, pensar mucho y tomar juguito de uva. Recuerdo una broma que algunos conocidos del pasado y yo teníamos al respecto; eran buenos tiempos. Los segundos se llevaban con el viento, con el tiempo, con su pasar, partes pequeñas de mí, de mi alma, de mi vida. Enviaba desde aquel lugar pensamientos a algunos otros, otros que me importaban, quizá podrían escucharme mientras se bañaban, trabajaban o dormían, en sus sueños.

Escribía en aquel momento, sin moverme siquiera, pues escribía en mi mente, en mis pensamientos, con la tinta de mis venas, en mi interior. Escribía mis historias y la historia de otros junto con la mía. La verdad es que soy un ser humano que nació para crear, crear en su cabeza todo el tiempo, cada segundo, de cada día. Creo y creo, creo en lo que creo, porque oscilo entre el creer y el crear. El jugo de uva me alimenta, me genera más ideas, más tinta, más pensamientos. ¡Pero qué invierno tan cálido! ¡Qué sitio más bello en el que logré imaginarme! También te imagino a ti, lector, pasando tus ojos sobre mis letras, sonriendo por tan disparatadas líneas, infinitas en sinsentido, eternas en fantasía y frescura, llenas de humo de cigarro y jugo de uva.


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Textos relacionados:

"Un año escribiendo"
"Azul oscuro"
"La inspiración mía"





viernes, 9 de diciembre de 2016

La terapia y la cura

"Siempre es necesario un espacio que,
dentro de nuestra mente es nuestro, 
que nos contiene, nos soporta, nos
desarma y nos arma de nuevo, nuevos."
Manelander



La vida se vuelve insoportable por momentos, dolorosa, cruel, hostil, agresiva, hiriente; todos los calificativos negativos que se te vengan a la mente en este momento, querido lector. ¿Por qué? Muy sencillo; vivir es todo, todo lo bueno, todo lo malo y todos los puntos intermedios entre ambas cosas. Sin lo oscuro y doloroso la vida no sería vida, sin lo placentero y colorido la vida no sería, no existiría el vivir humano y todo su acontecer. Pero, no tan extrañamente, la oscuridad siempre es difícil de sobrellevar, de vivir. No hay humano cuerdo en el planeta que guste del displacer que la vida arroja a cada uno de nosotros constantemente, por lo menos no conscientemente. 

Vivir es placer y displacer, es blanco y negro, es dulce y amargo, es frío y calidez, es nada y es todo, es disfrutar y sufrir, eso es vivir. 

Existe una manera especial para poder tolerar todo lo que es desagradable, una manera que nos ayuda y nos enseña que la vida es de ese modo, y así soportarlo, y así vivir con ello sin degradar lo placentero, lo bello y lo excitante. La terapia es una forma de percibir el mundo a través de un cristal más transparente, sin color, sin manchas, para apreciar la vida tal cual es, sin distorsiones. 

Lo único que es efectivo en el proceso terapéutico es la confianza que el terapeuta, un otro con sus propias cicatrices, pone en el paciente, la confianza de poder sobrevivir a las inclemencias de la vida, a lo adverso, a lo lacerante. Es en el terapeuta en donde se puede encontrar una base firme, una voz que no se cansa de repetirnos que la vida es como es pero que jamás será tan terrible como para dejarnos morir, para abandonarnos a la inmovilidad, a la no acción. El terapeuta nos hacer ver que, en ocasiones, lo que nos parece aterrador y desmesurado, en realidad no es tan aterrador y desmesurado como lo percibimos, y en otros momentos, aquello que nos es insignificante, puede guardar una importancia gigantesca que requiera nuestra atención y acción. 

La cura terapéutica podría tomarse como una utopía, pero al mismo tiempo, podemos atrevernos a decir también, que la cura llega cuando el paciente logra soportar lo que antes no podía sin necesidad del terapeuta; cuando logra elaborar solo lo que antes estaba desordenado, cuando logra ver lo que antes no veía y conocer, de sí mismo, lo que antes no conocía. 

El paciente, a través del proceso introspectivo y asociativo, va fortaleciendo los recursos que necesita para soportar el dolor psíquico, ése que le causan todas las frustraciones y pérdidas a las que se tiene que enfrentar a lo largo de su vida. Se trata de sentirse capaces de enfrentar y transformar, de cambiar y decidir lo que se puede cambiar y decidir, de tolerar lo que no se puede, y de ser, precisamente, pacientes en el camino de la vida. 


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Textos relacionados:

"Lo alivioso"
"Angustia y psicoanálisis"
"El discurso como cura"






jueves, 8 de diciembre de 2016

Desprenderse

"Se desprendió de mí una vez, entonces
todas las veces posteriores tuve la 
sensación de desprendimiento, aun 
cuando, en realidad, nunca existía
tal desprendimiento, pero yo lo sentía."
Manelander


Alguna vez, cuando niño, pude sentir los dolores de la ausencia, del abandono, de la locura de perder el amor del objeto amado, de perder al continente de nuestros afectos. Sin muchos detalles, puedo decirles que sufrí la ausencia paterna en cierto periodo de mi vida; no he encontrado en mi andar una angustia que se pueda comparar con aquella, una sensación de vacío que pueda ser más oscura que esa. No he encontrado un momento más terrible en mi vida que el momento en el que mi padre se marchó sin decir a dónde, sin saber por qué, sin saber si volvería, si vivía, si pensaba en mí. Por ahí de mis ocho o nueve años, prematuramente, supe lo que era una pérdida, un duelo y una ausencia. 

Los meses más oscuros de mi vida acontecieron en mi niñez. Dormía esperanzado en que quizá, de casualidad, papá se acordaría de mí y llamaría al día siguiente; así lo pensaba durante meses. Fui víctima de la sensación de no haber sido suficiente para que papá se quedara conmigo; pensaba que papá no me amaba lo suficiente para no irse y que yo era incapaz, inútil, de hacerlo volver. 

La sensación de desprendimiento es básicamente sentir que algo te arranca otra cosa que es importante para ti, a la fuerza, sin que puedas evitarlo, hiriente y dolorosamente.

Viví meses enteros con la incertidumbre de la existencia de mi padre, de su estado, de su vida. Me sentí desprendido de él, arrancado, herido, impotente, pues qué iba un niño a saber sobre pérdidas y duelos. Aún recuerdo el número de teléfono al que siempre intentaba comunicarme con él cada momento que era posible, sin recibir nunca una respuesta. Sí, fui abandonado por un momento de mi vida, un momento que cambió pero que fue suficiente para herirme tan profundo y marcarme hasta las entrañas del alma. Fue el comienzo de un trabajo arduo que habría de comenzar a elaborar muchos años después, cuando las consecuencias emocionales y psicológicas de todo aquello se hicieron presentes. 

Papá volvió, papá limpió el desorden, papá no cerró la herida, porque las heridas solamente pueden ser cerradas por quienes las poseen, pero buscó incansablemente hilo y aguja para dármelos, y anestesió la herida, y lloró por verme lesionado y ensangrentado a su regreso. Papá lo hizo mejor que su propio padre, definitivamente. Papá fue abandonado y herido también, ahora lo sé, ahora puedo entenderlo. Pero papá no vio el retorno, no le fueron dados el hilo y la aguja, tuvo él que conseguirlos solo, tuvo que sanar su herida solo. Papá ahora está conmigo, después de tantos años, papá me demuestra que me ama cada segundo de cada día y a veces, de repente, mira la cicatriz que hay en mi alma y puedo notar que le produce melancolía, pues recuerda el momento en el que estuvo abierta y sangrante. 

Ahora, en la adultez, aún siento el desprendimiento, aunque no sea real, mi mente lo recrea, lo reproduce y lo coloca en varios personajes de mi vida, en aquellos que me importan.

Tardé muchos años en cerrar aquella herida, fue muy doloroso, tormentoso, caótico. Imagínense a un chico en medio de una tormenta, solo, en medio de rayos y centellas, empapado de lágrimas, intentando encontrar la manera de controlar su propia creación. Pasaron muchos años así, lidiando con lo sucedido, intentando cerrar, poco a poco, la herida, controlando la sangre y el dolor, hasta que un día, al fin, pude curarme. Pero hay un costo ante todo aquello, hay un precio que se paga por curar las heridas, y es el precio de la repetición, pues lo acontecido no desaparecerá de la mente así de sencillo, no, buscará otras formas para hacerse presente y reproducirse. Ya la mente entonces pondrá la misma situación en otros personajes de la vida e invocará las mismas sensaciones. Entonces sentiría, bajo esa premisa, angustia por perder el amor del otro, terror por presenciar su ausencia, sensación de vacío, insuficiencia para retenerlo, insuficiencia para hacerle volver.  Ustedes dirán, ¿pues de qué sirvió curar la herida entonces si todo seguirá repitiéndose? ¿cómo detener toda la tortura? Pues lo importante de todo esto es que se es consciente de cada detalle. Todo se repite con el objetivo de ser reparado en algún momento, y claro, también con el objeto de autolesionarnos, un objetivo masoquista inconsciente. 

La clave está, mis queridos lectores, en comprender que toda la angustia que se puede llagar a sentir, el terror de perder a alguien, de sentirse insuficientes es generado por nosotros mismos, en nuestro interior; nada tiene que ver con el actuar del otro, es el otro quien se vuelve víctima de nuestros miedos y de nuestras angustias, pues se los colocamos encima como un disfraz que necesita para llevar acabo, una vez más, aquella escena de nuestra "obra teatral". Lo complejo es hacerse consciente de todo esto, ponerle palabras y ordenarlo para evitar repetirlo. Nunca es el otro el causante de nuestras ansiedades y dolores, es el otro, sí, pero el que está construido en nuestra cabeza, no el otro real, ese es solamente un portador, un continente de nuestras sensaciones primarias, de esas que nos marcaron y nos dejaron cicatriz. 

Se pueden hacer dos cosas con el pasado: ignorarlo y continuar reproduciéndolo, o enfrentarlo, sanarlo y colocarlo en un lugar seguro de nuestra alma. 


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Textos relacionados:

"Vincular"
"Bestial"
"Lo alivioso"


sábado, 3 de diciembre de 2016

Respetable Dr. Freud (II)


Respetable Dr. Freud:

Sé que han pasado varias semanas desde mi última carta, pero me he concentrado muchísimo en leer sus conferencias y textos. No puedo explicarle por este medio la emoción tan grande que me ha generado ser receptor de sus ideas y conocimientos. Tengo demasiadas cosas que quisiera preguntarle al respecto, pero lo mejor será que me concentre en algo menos abrumador para usted, pues seguramente todo el mundo le hostiga con preguntas sobre su método la mayor parte del tiempo. 

El núcleo central de esta carta es contarle sobre lo que me ha sucedido paralelamente al estudio de su teoría. Pareciera algo mágico, pues en la medida en la que voy comprendiendo lo que usted transmite a través de sus textos también voy conectando todo eso con situaciones de mi vida. Es increíble la manera en la que el estudio de su teoría me mueve por dentro los pensamientos y las emociones. ¿Qué opina usted al respecto? Una parte de mí quiere creer que no soy el único al que le sucede dicha conexión. 

Por otro lado, tengo bastante curiosidad con respecto al papel de la familia en las emociones de todas las personas. He puesto énfasis en analizar el comportamiento de los seres humanos que tienen un apego enfermizo con su familia, pero una parte de este pensamiento se resiste a debatir el asunto de que la familia "vuelve neurótico a cualquiera". En mi caso, puedo decirle que la mayor parte del tiempo mi familia me tacha de frío, desalmado y poco considerado; se piensa que no los quiero, que los detesto y que siempre me alejo de ellos. Creo, mi estimado Dr. Freud, que no existe nada más difícil que lidiar con esa avalancha de reclamos y falsas consideraciones. 

Por el momento no quisiera robarle más tiempo. Estoy a su servicio. Su gran admirador: 

Psic. Mane Lander

___________________________________________________________________________

Estimado Psic. Mane Lander: 

No se preocupe por el tiempo de correspondencia. Ambos tenemos ocupaciones que nos retrasan y requieren de nuestro tiempo; siéntase tranquilo. 

Me alegra enterarme del entusiasmo con el que ha comenzado a estudiar el método psicoanalítico. Ya podrá encontrar usted varios detalles que le ayuden como motivante para continuar. Al respecto, estimado psicólogo, puedo decirle que lo dicho en el psicoanálisis es precisamente un enlace hacia lo inconsciente, un puente, un conductor; no se sorprenda cada vez que una línea de mis textos le haga pensar en una línea de su propia vida, de su vida interna. El estudio de la teoría psicoanalítica, sumado al proceso analítico propio, logran derribar ciertas barreras que nos impiden observar lo que ocurre en el interior. Y aunque no me lo explica en su carta, he de asegurarle que, al mismo tiempo en el que ocurre dicho autodescubrimiento, usted ha experimentado ciertos estados dolorosos, pues como bien ha de saber, conocerse requiere la invocación de la verdad, y la verdad, apreciado psicólogo, tiene un costo doloroso, pero liberador. 

Podríamos escribir millones de cartas hablando sobre la importancia de la familia en cada ser humano, pero lo importante es únicamente decir que las razones de lo crucial con respecto al núcleo familiar reside en algo muy obvio, y eso es la repetición de lo primario, de lo infantil, pues la familia es la fuente inicial de toda patología. No es extraño cuando la familia se siente desplazada u olvidada cuando uno de sus miembros busca y encuentra la independencia; pareciera que para las familias del mundo amor y cercanía son la misma cosa. Por esos motivos, cuando no existe cercanía, los familiares perciben en su mundo interno que no hay amor o aprecio. La familia desearía que todos sus miembros permanecieran unidos por la eternidad, pero el cambio de esos propósitos genera angustia y resentimiento, pues atreverse a soportar la lejanía de los seres queridos, es atreverse a tolerar el dolor, y así, ser adulto, y así, atreverse a hacer lo que nadie ha podido. 

No me ha quitado usted nada de tiempo, al contrario, ha sido un intercambio bastante nutritivo. Escriba por favor cuando se le antoje, siempre recibirá una respuesta de mi parte. Mi saludos sinceros: 

Dr. Sigmund Freud


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Textos relacionados:

"Respetable Dr. Freud (I)"
"La constancia de la pérdida"
"Lo incestuoso"


sábado, 26 de noviembre de 2016

Cine para psicólogos: La pianista de Michael Haneke

"De ahora en adelante tú mandas. 
Si quieres golpearme, hazlo."
La pianista 


Ya desde que expresé que El cisne negro es mi película favorita, muy probablemente comiencen a notar que en esta sección del blog comienzo a publicar largometrajes que tienen una trama similar. Y es que La pianista me ha robado el aliento, pues su contenido psicológico es muy nutritivo. 

La pianiste (nombre original) es una película franco-austriaca de 2001 que fue dirigida por el austriaco Michael Haneke. Es un largometraje basado en la novela homónima de Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004), protagonizado por la actriz francesa Isabelle Huppert en el papel de Erika Kohut. 

La pianista debe encontrarse forzosamente en la lista de los amantes del cine; su trama es psicológicamente asfixiante, retorcida y morbosa. Logro entonces compararla con Black Swan porque encontramos un asunto edípico bastante marcado entre la protagonista y su madre, una anciana demandante y agresiva. Además, podemos disfrutar de piezas de Schubert que deleitan al oído, tal y como nos deleitamos con la banda sonora en El cisne negro, ambas con representaciones de arte bastante llamativas para el espectador que sabe apreciar los detalles. 

La pianista nos confirma que las relaciones patológicas con la madre nos conducen a la locura y a la perversión exagerada y destructiva. 

Erika Kohut mantiene una relación, digamos de carácter sexual, con un hombre que presenta cierto encanto y se siente profundamente atraído por ella. La relación en cuestión es perversa; la película nos deja ver vínculos sádicos y masoquistas en varios momentos de la trama. Antes de estas manifestaciones sexualmente perversas, podemos notar las demandas de una madre que, literalmente, enloquece a su hija hasta inhibirla y desviarla del funcionamiento mental normal de una persona adulta. 

Erika Kohut es exactamente lo que las demandas de su madre hicieron con ella en el transcurso de su vida; la deformaron, la mataron por dentro, la violó emocionalmente. 

No es una broma que para aquellos que saben apreciar el buen cine y que además gustan de los largometrajes ricos en material psicológico, La pianista se convierte prácticamente en una obligación; un filme lleno de intriga, intensidad y locura. Los detalles, los silencios y las tomas prolongadas nos hacen sentirnos aún más dentro de la historia. Una película exquisita, abundante en interpretación y sintomatología.


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sábado, 19 de noviembre de 2016

Un año escribiendo

Para ti, que has leído mis letras y me conoces a través de ellas... 

"Una vez que conocí la tinta y el papel
no pude parar, no pude detenerme; fue
una enfermedad que me invadió, una 
enfermedad que me hizo escribir hasta
el final de los días, hasta el final de mis
días."
Manelander


Mis queridos lectores, la verdad es que La tinta de Mane cumplió un año hace una semana pero no me percaté de ello y decidí que festejaría el aniversario hasta hoy. Decidí entonces escribir algunos textos para festejar con ustedes este camino que hemos recorrido juntos; ustedes leyendo cada texto y yo sintiendo sus ojos pasarse sobre mis líneas en el fondo de mi corazón de escritor. 

Escribir es mi aire, mi oxigeno, mi nutriente más esencial, es mi sexto sentido, la única manera que he encontrado para sobrevivir a mis guerras internas. Escribir es hacer de mis demonios algo menos destructivo; escribo para desahogarme, escribo para sentir más de lo que me puedo permitir cada día, escribo porque si no lo hiciera moriría. El placer de ponerle palabras a mis pensamientos y emociones no tiene comparación; soy adicto al goce de escribir y al goce de sentir como otros gozan de él. 

Sin las letras no soy nada, sin sus ojos leyéndome no soy nadie, sin mis líneas yo, simplemente, no existo.

Ha sido un año lleno de experiencias que han estimulado mi inspiración, me han hecho crecer como escritor entre un mar de angustias, duelos y pérdidas, y un huracán de placeres, satisfacciones y sueños. Un año entero en el que perdí demasiado pero la recompensa ha sido mucho mayor. No me arrepiento de nada de lo sucedido, no me arrepiento de una sola de las palabras que dije, de las palabras que callé; escribir se volvió crucial este año, escribir se volvió mi todo, mi más, mi siempre. 

Te agradezco a ti, lector, por seguirme en el camino de las letras, en este camino que de pronto se torna oscuro, lúgubre o falto de esperanza, pero otras es brillante como el sol y placentero como el sabor del chocolate caliente en una noche de invierno. Te agradezco tanto por llegar a este momento tan importante para mí, porque sin ti, quien quiera que seas, donde quiera que te encuentres, yo no escribiría, porque cada lector me impulsa, me incita a vomitar mis pensamientos en forma de palabras, a transformar lo que siento en símbolos que permitan transmitir. 

Es que escribir me llena, me alimenta, me sacia, me calma, me ayuda, me alivia, me aplaca, me tranquiliza, me cura, me repara, me arma, me elabora, me enseña, me empuja, me hace, me crea...

Espero de verdad que este espacio, que es para ti, querido lector, crezca cada vez más y que juntos, a través de la pantalla de tu dispositivo, podamos conectarnos y entendernos. Aquí seguiré, en este mismo lugar, por ahora, moviendo mis pensamientos para hacerlos fluir hacia el exterior. 


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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Bestial

"La cama se vuelve una cámara de tortura
a veces, y se disfruta, y se ruega por más."
Manelander



No todos, pero algunos días, te levantas con una especie de espíritu poseyéndote desde el interior; se mueve silencioso entre tus entrañas, se desliza entre tu alma y tu piel y llega a tus oídos y te susurra cosas perversas e impropias. Intentas no hacerle caso pero es insistente; un fuego insoportable arde dentro y no tienes idea de qué sucede la primera vez. Llega la noche y todo se vuelve más oscuro de lo normal, tu piel se enciende en llamas cuando el otro apenas te ha rozado con la punta de los dedos. El espíritu aquel se apodera totalmente de ti y te transforma, te hace algo que no es humano, que es feroz, que está hambriento de piel, de dolor, de castigo; es retorcido, siniestro, bestial. 

Y resulta tan fácil incendiar al otro, cuando te toca se prende en llamas y no puede dejar de disfrutarlo, igual que tú.

Y aparecen sogas y otros objetos de metal y plástico que te encierran en la habitación, te atan, literalmente. Comienzas a sentir un dolor que es placentero, un placer que se vuelve doloroso. Todo pierde sentido, el tiempo se detiene y no puedes evitar no disfrutarlo; ya no eres tú, eres el espíritu hambriento de dolor, pues es él quien, malévolamente, transforma cada golpe, mordida y vejación en placer, un placer que pocos pueden alcanzar. 

Viajas hacia las profundidades de los placeres carnales, te encuentras con todo aquello que antes te fue negado, te fue prohibido por la moralidad y la restricción de la cultura. Te arrastras entre la brea pecaminosa del sentir con la piel y los músculos, te retuerces de placer entre la tortura del movimiento del otro. Y entonces sientes un golpe, sientes otro, otro más, más fuertes, más dolorosos, y no puedes moverte, y te quejas, y no puedes detenerle, no puedes tú mismo detenerte. 

Todo estalla justo en medio del dolor y del placer. Todo termina después de quejarte tanto, de pedir más y evitar pedir el alto total.

El espíritu ya obtuvo lo que quería y se marcha, te deja un recuerdo en la piel, su firma; mordidas, hematomas y marcas. Él volverá, cuando creas que lo has olvidado todo, te poseerá de nuevo y te arrastrará nuevamente al infierno de los placeres prohibidos. Una vez que está en ti volverá siempre, hasta el fin de tus días... más vale acostumbrarse. 


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"Vincular"
"Sexo y tabú"
"Sexo con la muerte"


domingo, 13 de noviembre de 2016

Vincular

"Un buen vínculo es una conexión que no
duele, que no angustia, que no desespera."
Manelander


Mis queridos lectores, ya sé que he estado algo ausente, pero en verdad les prometo que sentarme a escribir se ha convertido en un momento bastante espaciado; me ha sido difícil encontrar el momento para hacerlo de forma adecuada. Pero bueno, hoy quise hablarles de algo que ha estado en mi cabeza durante largo tiempo y que, casualmente, se ha colado entre mis conversaciones con bastante frecuencia. Hablar de vínculos afectivos ha sido un tema muy recurrente en mis días. Y es que hablar de vínculos afectivos o emocionales siempre es un camino sin fin. 

Las personas necesitamos hablar mucho de cosas que nos angustian, porque hablarlo una y otra vez nos hace conscientes, cambiamos las versiones, acomodamos las ideas, tomamos acción en algún punto. 

Vincular afectivamente es simplemente tener una relación con otro. El vínculo afectivo incluye emociones, pensamientos y acciones, pero resulta que los seres humanos casi siempre insistimos en hacer vínculos inadecuados, sobre todo cuando de relaciones amorosas se trata. Existe en nosotros una necesidad de sabotaje, de entrar a zonas seguras que no representen una gran amenaza; en pocas palabras nos gustan, inconscientemente, los vínculos poco funcionales, hirientes y destructivos. 

Un vinculo adecuado se gesta con calma y fluidez; las cosas se van construyendo solas y van tomando su lugar adecuado sin presiones, sin ansiedades y sin hartazgos. Los buenos vínculos toman un poco de tiempo, pero no demasiado, y van demostrando cierta estabilidad conforme se avanza. Los vínculos inadecuados, contrariamente, son absorbentes, son desgastantes y están atiborrados de angustia, incertidumbre, deshonestidad y falta de confianza. Los vínculos inadecuados lastiman y nos encierran en círculos viciosos de los que nos resulta complicado poder salir; son adictivos y guardamos la falsa esperanza de que las cosas cambien un día y lo que siempre ha sido desgastante y doloroso un día se convierta en algo adecuado, sano y correspondido. 

Los buenos vínculos exigen paciencia y se cocinan a fuego lento; es su aroma lo que nos incita a querer probar después, una vez cocinado el asunto, su delicioso sabor.

Vincular es un esfuerzo que se compensa, si es adecuado, con el cariño que el otro puede proporcionarnos. Los vínculos inadecuados son destructivos y nos enganchamos al recibir pequeñas migajas de afecto, aquellos destellos de un intento de luz dentro de toda aquella hostil oscuridad; son esos destellos los que nos adhieren a continuar repitiendo, a esperar más y más, y olvidamos por completo las cosas buenas que podríamos otorgarle a alguien más, a un vínculo más adecuado. 

Los vínculos, como en cualquier relación, son un asunto que únicamente puede ser construido por dos, no por uno, sino por ambos. Cuando uno de los dos se resiste, por el motivo que sea, a elaborar y a madurar los lazos con el otro, entonces nada funciona y el vínculo se oxida, se pudre y se hace inadecuado, patológico y destructivo. Entender toda la cuestión de vincular con otro siempre es algo complejo, pues tendrá que ver con nuestros vínculos primarios, nuestros vínculos en la infancia, y llegar a esos puntos complicados, sofocados y dolorosos lleva tiempo y esfuerzo. Vincularemos siempre como vinculamos la primera vez en nuestras vidas y como aquellos vínculos se fueron desarrollando; no podremos hacer o dar lo que no se hizo con nosotros o se nos dio, no podemos, entonces, otorgar lo que no tenemos, no podemos mostrarle a otro lo que no conocemos. 

Los buenos vínculos también tienen limitaciones, problemas y obstáculos, pero se supera todo esto más fácil, menos dolorosamente, con la fuerza de dos y no solamente de uno.

Habrá siempre alguien que pueda ayudarnos a comprendernos, si así lo queremos, en algún momento, a hacer un buen vínculo, una relación adecuada, una relación fluida, madura y placentera; dependerá de nosotros esforzarnos para ver, apropiarnos y cuidar de los vínculos buenos. Podremos entonces, de ese modo, ver que existen otro tipo de relaciones, unas menos destructivas, menos dañinas, más placenteras, más adecuadas, y es a través del ejemplo, del dejarse demostrar, dejarse comprobar, dejarse vivir lo nuevo, como iremos entendiendo que los vínculos adecuados también son posibles y, de ese modo, dejaremos de lado lo que nos ha hecho daño durante toda la vida por medio de límites necesarios, relaciones adecuadas y consciencia de nuestros adentros. 


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"Dios es bisexual"
"Sexo con la muerte"

domingo, 6 de noviembre de 2016

Atado

"Me cosí la boca con hilos de metal
para no poder abrirla, me corté la
lengua también, me até las manos
y encerré mis pensamientos en un
baúl."
Manelander



Tantas veces de sentir el rechazo, el dolor de esa herida que no terminaba nunca de curarse, tanto tiempo, tantos años, tanto esperando algo bueno, algo que pudiese ser una luz en toda mi oscuridad; esa es la vida de muchos de nosotros los humanos en ese trayecto en el que buscamos una sola cosa: el amor. 

Qué difícil ha sido encontrar el sendero correcto y, una vez ahí, mantenerse en calma. He desesperado antes y he estado a punto de destruirme; he intentado combatir las tormentas con mi intensidad y lo único que he logrado es, siempre, terminar muy herido. 

Cerré los ojos, me senté en el suelo, respiré hondo, exhalé y me quedé quieto. Arriba de mí una tormenta pasaba sin piedad, pero esta vez ni siquiera notó que yo estaba ahí y se alejó, y yo... yo pude sobrevivir esta vez.

No saber qué hacer, cómo reaccionar, hacia dónde dirigirse cuando el intento de sentir se acerca nuevamente, cuando las ganas de enamorarse reaparecen amenazantes. Una incertidumbre egoísta te desarma y te enloquece, te atrapa y te incita a sabotearlo todo, una vez más, a echarlo a perder. Nos creamos fantasías en nuestra cabeza, las peores, las más desesperanzadoras, todo con el objetivo de atraer nuevamente el caos. 

Me he cosido los labios esta vez, me he arrancado la lengua, me he cortado las manos y sacado los ojos. He hecho un baúl en mi mente y encerrado mis pensamientos para no desgastarme, para evitar autodestruirme, para evitar desordenarme otra vez, para no herirme, para no herir a otros. Ahora soy cuidadoso y camino con cautela, veo con el alma, no con los ojos. Antes de emitir alguna palabra, alguna frase, siempre analizo la idea. Quizás esta vez tampoco funcione, quizás esta vez también me quede solo como las veces anteriores, pero me juro a mí mismo que por lo menos haré un mejor intento; un intento más sano, más fuerte, más auténtico. 

Aquí vamos, una vez más, a intentarlo todo...





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"Lo alivioso"
"Dios es bisexual"
"Exhausto"





miércoles, 2 de noviembre de 2016

Sexo con la muerte

"De mi mente retorcida salían litros
de lodo y brea; me bañé en ellos, 
me ahogué en ellos y atraje a otros
a mi reino sin luz."
Manelander


Ya dormía, eran las tres de la mañana. La temperatura comenzó a descender rápidamente y las cobijas no me eran suficientes para calentar mi piel. Sabía que llegaría, porque hacía eso cada año. Se apareció de pronto, en mi habitación, se metió entre las sábanas. Tenía una piel blanca, casi transparente, unos ojos negros como la noche sin estrellas y sin luna, y un cuerpo atlético. Llegaba solamente a tomarme; me arrancaba la ropa, me mordía y rasguñaba con sus uñas largas y descuidadas, llenas de tierra seca. Olía a humedad, a bosque, a lodo, a panteón. 

La muerte es bastante atractiva, es bastante masculina, es bastante... diferente.

Se puso entre mis piernas y me embistió monstruosamente mientras me observaba quejarme con sus ojos inundados de negrura, de vacío; disfrutaba tanto hacerme daño, llevarme hasta los límites de la vitalidad, acercándome cada vez a su mundo, y justo cuando estaba yo a punto de cruzar la línea y morir él me dejaba en paz. Terminó con media sonrisa y me dio un beso que me supo a lo que sabe el agua de un río, una manzana demasiado madura, el café frío, a té de hierbas raras, a tierra, a nada. 

Se vende el alma para obtener cosas placenteras, se sacrifica, se eligen momentos de dolor para tener momentos de placer; la vida se explica de ese modo.

Nunca decía nada después, solamente me observaba, se levantaba y desaparecía entre las sombras. Yo sabía que pasaría un año para que volviera a tomar lo que quería de mí. Teníamos un pacto él y yo; desde hacía cientos de años él volvía para poseerme y así dejarme vivir eternamente. Tenía yo más de doscientos años y aún me veía como un chico de veinte, despertaba envidia y demasiadas emociones en otros. Había visto morir a toda mi familia, a todos mis grandes amores, a todos mis amigos, pero les he de confesar que, a pesar de tanto dolor, disfrutaba vivir eternamente, disfrutaba de mi juventud eterna. 


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domingo, 23 de octubre de 2016

II.Todas mis luces: La mujer de magia

Para Angelina...

"Antes no sabía que podía obtener cosas
con solo desearlas hasta que ella llegó
a mi vida; descubrí el poder que había
dentro de mí."
Manelander



Ya estaba yo sentado en la mesa de siempre del café. Había encendido un cigarro para esperarla. El mesero siempre era amable conmigo, no sé si porque era amigo de su jefa o porque realmente era amable con todos los clientes. Nunca lo sabré. Pedí un té caliente de algo extraño, como siempre. El cielo estaba despejado, hacía calor pero un viento húmedo relajaba la piel. 

-Hola -dijo ella al aparecer frente a mí, con las gafas de sol puestas y una sonrisa de oreja a oreja. Siempre aparecía sonriendo, siempre con un polvo brillante detrás de ella, siguiéndola a todos lados, como las hadas de los cuentos. 

No teníamos mucho tiempo de conocernos, incluso nos habíamos conocido por otras amistades, una noche en un bar. Pero supe desde el principio que algo mágico decidió conectarnos instantáneamente; era una especie de movimiento del destino sobre el tablero de nuestras vidas, un movimiento esencial para ambos. 

- ¿Cómo estás? -pregunté. 

-Muy bien, ¿y tú?

-Muy bien, también. 

- ¿Cómo va ese corazón?

-Ay, amiga -dije poniendo cara de angustia y penar-. Mal. Creo que las cosas no están funcionando como yo quisiera. 

-No todo resulta como uno quisiera -consoló ella. 

-Ya sé, pero es que no se qué hacer. 

-No necesitas hacer nada que no sea ser tu mismo y fluir, necesitas fluir con todo lo que te rodea. Mientras sigas estando tenso entonces detienes el flujo de energía y todo se entorpece. 

-Me cuesta demasiado fluir -me negué. Ella encendió un cigarro y vio hacia la calle que estaba frente a nosotros.

-Así sucede, pero si las cosas se tienen que dar, entonces, se darán. 

- ¿Tú crees?

-Por supuesto. Si dejáramos de pelearnos con la vida las cosas serían más sencillas. 

Las conversaciones con ella siempre duraban horas y horas. Tazas y tazas de café y té, infinitamente, pasaban por nuestras gargantas, alimentando más pensamientos que se convertían en palabras, palabras que eran conjuros y encantamientos. Ella y yo teníamos nuestro pequeño aquelarre, nuestro círculo secreto, y en los días soleados o nublados, en las noches de luna llena o cuando la misma estaba menguando, ella y yo nos reuníamos para hablar de las profundidades de nuestro ser. Nada era nunca superficial ni suficiente. Era como si el aire trajera a nosotros la calma, como si el calor del sol iluminara nuestro sendero, como si el agua del mar en nuestro pies nos proporcionara alivio y calma, como si los árboles alrededor hicieran de nuestra vida algo más especial, algo más divino. Ella ordenaba sus pensamientos y podía separarlos de sus emociones. Para ella el amor era magia pura, una que no se encuentra en cualquier lado y que, extrañamente, no todos pueden alcanzar. Se trataba de una mujer de sueños, de símbolos, de señales; ella misma estaba hecha de conjuros, de polvo de estrellas, del aroma del café, del incienso y del humo del cigarro. Podía cerrar los ojos y meterse dentro de ella misma para explorar su universo interno, descubrir lo que estaba fallando e intentar arreglarlo; a la vez podía salirse de su cuerpo y viajar a otros lugares, a visitar a otras personas, en sus sueños y en sus pensamientos. Ella y yo concebíamos al amor de una manera muy parecida, lo vivíamos también de maneras similares. Cuando yo me asfixiaba con mis angustias ella soplaba en mi rostro un poquito de calma. Con ella las cosas dejaban de parecer tan terribles, tan amenazantes, tan destructivas. Con ella yo era fuerte, valiente y atrevido. Ella estaba hecha de magia, de partes del universo, de luz de otras estrellas en otras galaxias. Ella era mi cofradía, mi hermana en las noches, cuando la luna alcanzaba su cenit y podíamos manipular los hilos a nuestro favor. Las tazas de café: nuestros calderos, nuestras pláticas: los hechizos. 

-En la noche vayamos por un vodka -dijo ella con soltura. 

-¡Vayamos! -respondí yo con entusiasmo. Nos vestiríamos de negro y bailaríamos a media noche bajo la luna, con los pies descalzos dentro de las aguas del mar. 



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"I.Todas mis luces: La mujer de fuego"
"La chica de las piedras"
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miércoles, 19 de octubre de 2016

Lo alivioso

"Existen espacios vacíos que al ser
llenados con las palabras correctas
tienen un efecto alivioso." 
Manelander


Cada vez que la angustia se apodera de mí hago un berrinche del tamaño del mundo; todo pierde color, todo pierde sentido y comienzo a irritarme, a irritar a los demás. Hiperventilo emocionalmente para colapsar, creo en mi interior mis propias fantasías destructivas. Mi inconsciente se desata furioso por no poder obtener el cumplimiento de sus deseos más caprichosos y demandantes; es monstruoso y desde adentro crea, con su inmenso poder, una tormenta que primero nubla todos mis sentidos, todos los caminos posibles, me resta visibilidad. Después de dejarme encerrado en un punto específico, comienza a conjurar rayos y centellas que me aterran, me vuelvo vulnerable, me inunda el miedo. Está tan enojado por no permitirle hacer su voluntad que quiere lastimarme, castigarme, destruirme. Yo no sé qué hacer, soy inofensivo, no tengo poder sobre él; disfruta de mi dolor, es sádico, es hostil, porque no tiene lo que quiere en el momento que le place, porque me resisto a sus exigencias. Siento que es el fin, que no habrá nada más después de aquella tragedia, después de algún evento doloroso o de un momento de intensa incertidumbre.

Esa fuerza inconsciente, que es parte de mí también, me hace creer que no hay salida, que todo mi mundo interno se derrumba sobre mí; hace conexiones con mi duelos pasados, con mis miedos antiguos, me hiere y mete sus miles de dedos en mis heridas, las baña con su baba venenosa, que es ácida, que es amarga, que es ponzoñosa. Rasguña mis paredes y de ellas sale sangre y pedazos de mi alma, se hace un caos. Todo lo demás en mi vida deja de tener atractivo, porque por dentro estoy enfermando. Pero justo cuando siento que no puedo más, que seguir me será imposible; justo cuando esa fuerza interna disfruta de mi dolor, encuentro una luz, una propia, una que también es parte de mí. 

He de llegar a un lugar en donde alguien más observa detenidamente en mi interior, observa todo lo que acontece, cada detalle de la tormenta, del caos. Se da cuenta de que hay espacios vacíos, espacios oscuros en donde, cree sin dudar, se esconden las raíces de una cura, de un poder que pude detener aquella destrucción, que puede apaciguar a aquel monstruo aterrador. Esa cura se enciende con unas cuantas palabras, ¡pero cuidado! no puede ser cualquier frase, debe ser una acertada, como una especie de conjuro. Entonces, cuando estoy a punto de desvanecerme, su boca profiere aquellas palabras y en mi interior una chispa se enciende en la oscuridad, se hace grande cuando muchas chispas más se encienden y se unen, van en mi búsqueda, me encuentran en medio de un huracán, congelado, sin color, sin energía. Las luces me rodean y derriten el hielo que me cubre, se dirigen después hacia el monstruo aquel y lo devuelven a su cueva oscura, lo encarcelan, lo reprimen de nueva cuenta. Todo vuelve a la calma, todo se aplaca y nuevamente puedo continuar. Mis espacios vacíos se iluminan y puedo entender que yo mismo causé todo el desorden, así entonces aprendo a soportar y a entender mejor las futuras pérdidas y angustias. Puedo ver que existen salidas y caminos diversos para resolverme, para poder darme un orden y obtener calma. 

Enterarse de cosas que residen en el interior nos invita a no esperar aquello que no llegará, a tolerar la frustración, la pérdida y el miedo. Enterarse de las partes de uno mismo que antes estaban escondidas nos regala el poder de soportar el dolor, traspasarlo y hacer algo bueno con él. Descubres que el caos y la paz son siempre creaciones internas impulsadas por eventos externos, creaciones que, generalmente, pueden controlarse si se desea. Puedes saber que el monstruo aquel está formado por partes de ti mismo que se rompieron a causa de gigantescos desconsuelos y aflicciones; buscará siempre alimentarse, cumplir sus caprichos, porque es siempre doblegado e inhibido, y buscará formas astutas para liberarse y hacer su voluntad, pero habrá siempre una luz que pueda devolverlo a su lugar adecuado y que nos permitirá avanzar y ver que no todo es tan terrible como parecía; una luz que cura, que repara, que alivia. 


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"Náuseas"

lunes, 17 de octubre de 2016

I. Todas mis luces: La mujer de fuego

Para Abigail...

"Yo sin la luz y el calor que ella irradiaba
me hubiese perdido, me hubiesen consumido
las tinieblas y el frío."


El mejor día para verla eran los domingos, porque por alguna razón, para ambos, era el día en el que la vida nos permitía descargar todas nuestras ansiedades y angustias. Por las tardes, en nuestro lugar favorito, un café con terraza para perdernos en el humo del cigarro y el aroma de agua caliente con granos que despertaban más nuestros sentidos. 

Apareció de pronto, como siempre lo hacía, como una explosión rápida y luminosa que probablemente siempre descendía de los rayos del sol; llegaba irradiando luz y calor, un calor que, sin que ella lo supiera, siempre me confortaba. Ella era un conjunto de pasión, arrebato y estridencia. Era como el fuego, de hecho, ella había nacido ahí, entre flamas, en el calor de un hogar iluminado por el sol eternamente. 

-¡Estoy harta! -dijo con los ojos en blanco y expresión de asco. Se sentó a la mesa en la que yo le esperaba, abrió su bolso nuevo y atractivo, sacó una cajetilla de cigarros, tomó el encendedor y, después de la primera exhalación de humo continuó: -¿Qué pasa con la gente? 

-¿Qué pasa con la gente? -repetí con extrañeza. 

-¡Sí! ¿Qué con ellos? Siempre metiéndose en las vidas ajenas, ¿no crees tú que es aburrido y estúpido?

-Creo que es enfermo. 

-Ya no sé, siento que no pertenezco más a este lugar, que mi destino está en otro sitio -declaró y fumó nuevamente. 

-Yo... yo siento lo mismo -confesé. 

-¡Larguémonos! -exclamó ansiosa-. Pienso irme pronto, no sé a dónde, no sé el momento preciso, pero me iré. 

El mesero se paró a un lado y dijo con una voz insignificante, casi infantil: -¿Puedo tomar su orden? -Ella lo vio con cierto desdén. 

-Capuchino, botella con agua y un cenicero, por favor. ¿Y tú? -dijo mirándome. 

-Capuchino también. -El mesero se fue y encendí un cigarro. Tenía la impresión de que ella siempre provocaba que la gente se sintiera amenazada con su presencia, con su imposición, sin la necesidad de ser altanera, siempre el mundo se quedaba como pasmado si ella estaba cerca-. También quisiera largarme, pero no sé, no encuentro el modo. 

-El modo no se encuentra, se construye -dijo ella con media sonrisa. 

-No sé cómo construirlo. 

-Lo sabes, tienes el poder de hacerlo. Tú sí, porque eres diferente al resto. 

-No sé, me siento igual al resto. 

-Jajaja -se carcajeó como acostumbraba. Su risa era como una especie de terremoto que derrumbaba muros y sacudía ciudades-. Pues yo pienso diferente, estoy segura de que un día te marcharás y encontrarás tu destino en otro lado. 

Nuestras conversaciones duraban horas, y en algunas ocasiones, días enteros. Pasábamos del vacío al amor, del amor a la soledad, de la soledad a la dureza de la vida, de la dureza de la vida a los grandes placeres, de los grandes placeres a nuestros pasados turbios, de nuestros pasados turbios a nuestros presentes turbios. Nunca nos sentimos apenados de ser quienes éramos, de tratar a los demás como los tratábamos; podíamos ser muy amables con alguien y, en ocasiones, muy hirientes con otros. Ella y yo nos burlábamos de la vida, pienso que antes de que ella se burlara de nosotros. Siempre nos reímos de nuestras desgracias y nuestras penas, de nuestro propio dolor, y cuando el dolor a veces crecía demasiado y era insoportable entonces hacíamos algo loco, algo extravagante y fuera de lo común; viajes sin planear, salidas nocturnas que duraban un fin de semana entero, paseos a lugares lejanos, sesiones fotográficas, etc. Con ella, incluso el día más nublado tenía luz y calor. Cuando ella se fue de mi lado, para crecer, para ser mejor, para encontrar su felicidad, yo fui feliz, aunque sentía tristeza por tenerla lejos, sabía que un día nuestros caminos volverían a encontrarse. Y así fue en verdad, tiempo después, y ella seguía brillando y emanando calores. Ella es una de mis luces, una de mis guías en mi inmensa oscuridad; a donde ella vaya, mi corazón la seguirá, seguirá su calor y su luz, y si ella encuentra el amor yo sentiré que una parte de mí lo ha encontrado también, yo sentiré que una parte de mí está completa también, y estaré ahí siempre para abrazarla, para desearle lo mejor, para reírme con ella del pasado, del presente y del futuro. 

-La cuenta, por favor -pidió al mesero-. Yo te invito -me dijo. 


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"La chica de las piedras"
"Contigo yo..."
"Exhausto"









viernes, 14 de octubre de 2016

La chica de las piedras

"Incluso la cosa más insignificante y pequeña
puede cambiarlo todo." 
Manelander



-¡Lárgate! ¡No tienes nada que hacer aquí! -gritaba lleno de rabia, quizá con él mismo, y con los ojos humedecidos. 

-Por favor, dame otra oportunidad -suplicaba el otro, de rodillas, abrazándolo por la cintura mientras recibía empujones y pequeños golpes. 

-¡Ya no te amo, entiéndelo! -gritó al fin-. ¡Vete ya! 

-¿Estás con alguien más, verdad?

-¡Sí! ¡Ahora fuera!

Se levantó del suelo, lo vio con coraje, con tristeza, lo vio con tantas cosas a la vez que el otro sintió como si la mirada de quien tanto lo amaba le golpeara el rostro y los pensamientos, y el corazón también; le hizo sentir pena y remordimiento. Dio media vuelta, abrió la puerta y se marchó, sin decir nada, pero sintiéndolo todo. 

Caminó hacia la avenida principal de la ciudad. Hacía frío, era media noche, domingo; algunas personas caminaban por ahí, pensando, ensimismadas en sus propios asuntos, con la mirada hacia el suelo de piedra de la acera. Todos pensando en sus cuestiones, en sus angustias, en sus frustraciones, viviendo en su mundo interno, ése que es mucho más importante que el tangible pero que recibe tan poca atención; porque el mundo interno solamente es atendido cuando hay guerra en él. 

Se conocieron dos años atrás, en una fiesta. Prácticamente se habían enamorado desde el primer día. Comenzaron a salir y a tratarse como si llevaran años de conocerse. Fue un amor intenso, fugaz y bello en su inicio, pero lo que inicia fácilmente acaba del mismo modo, en un segundo, en un pequeño momento, en una pequeña decisión, en un "ya no", en un "no sé", en un "no más", en el silencio, en el adiós. Y todo se rompe entonces, todo acaba, se disuelve como se disuelve el humo del cigarro en el aire. Era frustrante, era doloroso, era casi un asesinato del alma; tener algo y después perderlo, algo bueno, algo que en algún tiempo fue maravilloso.

Caminó unos metros pensando en lo mismo, pensando en su dolor, sintiéndolo, con náuseas, con ganas de desmayarse, con ganas de aventarse a la calle justo cuando un autobús pasara a toda velocidad y terminar de una buena vez con su sufrimiento. No, era demasiado cobarde para hacerlo de aquel modo.

-¡Piedras! ¡Lleve sus piedras! -gritaba una mujer unos metros adelante-. Lleve su piedra, joven -dijo ella justo cuando él pasaba frente a su pequeño puesto.

Se detuvo por curiosidad, salió de su ensimismamiento y volvió el rostro lleno de lágrimas hacia la chica que ofrecía su vendimia a gritos.

-Lleve su piedra, joven, usted la necesita mucho.

-¿Cómo? -pregunto él. Aún estaba bastante aturdido por sus guerras internas.

-Lleve su piedra mágica -respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Mágica? -volvió a interrogar; como los niños pequeños que se asombran con cualquier argumento y que parecen necesitar una segunda confirmación.

-Así es, joven. Le vale dos pesitos -informó. Él se metió las manos a los bolsillos y encontró una moneda de cinco pesos.

-¿Por qué vendes esto? -preguntó él mientras apuntaba con la mirada al suelo, al tapetito de colores que exhibía sobre él un montón de piedras de río.

-Son piedras mágicas, hacen favores a quienes en verdad lo necesitan.

-¿Y tú crees que yo lo necesito?

-Ay, joven, namás véase esa cara apachurrada que trae. Parece como si le hubiesen dado la peor noticia de su vida. -Él sonrió y le extendió la mano para entregarle la moneda.

-Algo así -agregó. Ella se agachó y escogió una de las piedras sobre el tapete, se incorporó y se la entregó en las manos.

-Esta piedra es mágica.

Él continuó su camino después de agradecerle a la extraña chica de las piedras. Vio una cafetería en la esquina, cruzó la calle y entró. Había comprado aquella piedra solamente porque le parecía demasiado curioso que alguien se dedicara a un negocio tan extraño. Pidió un americano y se sentó en una de las pequeñas mesas en la terraza del lugar para poder encender un cigarro. Volvió a sentirse terrible; podía imaginarse a su corazón rompiéndose en pedazos. -Ojalá fuera como esta piedra -se dijo a sí mismo mientras observaba a la piedrita desde la palma de su mano extendida. Pensaba en su insignificancia y sintió un poco de arrepentimiento por haber hecho tal negocio.

-¿Omar? -preguntó alguien desde la mesa siguiente-. ¿Omar Renta? Volvió el rostro y vio a un joven de su edad, aproximadamente, sonriéndole.

-¿Sí? -respondió dudoso, con el entrecejo fruncido.

-Soy Emilio, Emilio Robinson, ¿me recuerdas?

-¡Claro, de la facultad! -acertó sonriendo.

-¿Estás solo? -preguntó.

-Sí.

-Yo también, ¿me puedo sentar contigo?

-Sí, claro.

Emilio Robinson había sido el alumno más guapo y cotizado de su generación. Sabía que a Emilio también le gustaban los hombres, pero en su temporada de estudiante siempre lo había visto como alguien inalcanzable; si conversaron tres veces durante toda la universidad fue demasiado. El apuesto chico se sentó frente a él y ambos se dieron la mano.

-¡Cuántos años! -exclamó Robinson.

-¡Sí!

-¡Oh! ¿tú también le compraste una piedra a aquella chica extraña? -preguntó al sacar de su bolsillo una piedra de río muy parecida a la que Omar tenía en la mano izquierda.

-Parece que es un genio de las ventas entonces -respondió con media sonrisa que se nubló de inmediato y las lágrimas se contuvieron lo más que pudo. Agachó la mirada y volvió a sonreír.

-¿Estás bien? -preguntó extrañado y se acercó más a él para colocar su mano en el hombro de Omar.

Lo vio y no pudo evitar decir: -No, no estoy bien -. El llanto se desbordó y Emilio lo abrazó, como quien abraza a un niño que llora desconsoladamente.

La historia comienza precisamente aquí, en el punto en el que ustedes podrán imaginar lo que sucedió después. Eso sí, les puedo asegurar que fue algo maravilloso, como la magia que hacen las cosas insignificantes, las piedras, por ejemplo.

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lunes, 10 de octubre de 2016

Querer querer

"Nadie nace sabiendo amar, pero
nadie muere sin saberlo."
Manelander



Y es que de sentimientos podría escribir muchísimo, podría escribir siempre, sobre todo del amor, que aunque no lo conozco completamente, escribiría sobre él la vida entera, porque puedo imaginarlo, puedo crear una fantasía en la que el amor viene y me abraza y me llena de cosas buenas. 

Quiero querer pero no sé por dónde empezar, no sé hacia dónde, no sé con quién, porque siempre elijo mal, siempre me he de equivocar. 

Quiero querer, quiero amar pero no logro encontrar el comienzo del camino que se recorre al estar enamorado, y una vez ahí, si es que tengo suerte de encontrarlo, qué hacer si no conozco el rumbo, si he perdido la dirección de mis pasos; entonces pienso que quizá no esté solo y que otro me hará compañía y me guiará hacia alguna dirección. 

Quiero querer pero no sé elegir a quién, y muero de miedo, y vivo aterrado, porque temo equivocarme como tantas veces lo hice antes, esas veces en las que seleccioné mi propia destrucción. Quiero querer a alguien pero tengo miedo de elegir, por eso me abstengo, pero no duraré mucho  tiempo así, porque mis deseos me harán elegir nuevamente cuando ya no puedan contenerse más. 

La soledad me consuela y sabe, porque es consciente de ello, del dolor que me causa el no sentirme amado; a pesar de todo ella siempre se queda y me dice al oído: estoy lista para irme en cualquier momento.

Quiero querer, pero cómo se quiere a alguien bien, cómo se quiere a alguien sin drama y sin dolor; porque no conozco otra manera de querer que no sea esa, una manera que es inadecuada, retorcida y enferma, pero que ya no forma parte de mí, que he eliminado hace un tiempo con mis luchas internas, mis intentos de sanar; pero aunque ya no forma parte de mí todo aquello, sigue siendo lo único que conozco, entonces, cómo se quiere de otra manera. 

Quiero querer pero cómo empezar a sentir de nuevo. Hago intentos, siempre infructuosos, de enamoramiento, uno que se escribe entre comillas: "enamoramiento". Quiero querer y entregarme, pero tengo miedo de que me roben todo lo que poseo en mi interior, todo lo que me costó tanto reconstruir. ¡Dios! ¿Tan difícil es esto? ¿hasta cuándo podré recibir el momento de amar y ser amado que tanto he buscado? ¿no sabe la vida lo cansado que estoy? Quiero querer tanto que estallo constantemente por dentro, me derrumbo para aplacar mis deseos. ¿Dejará alguien, algún día, querer que yo lo quiera?

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