jueves, 25 de febrero de 2016

1. Melancolía: Él no está

Veía cómo la gotera del lavabo de la cocina llevaba un ritmo constante que en vez de molestarla le relajaba. "Tac, tac, tac" sonaban las gotas al reventar contra el metal del fregadero viejo. Era una tarde fría y había decidido, además de ponerse su viejo suéter de lana que su abuela le había regalado hacía dos navidades, envolverse en una manta enorme que le proporcionara el calor suficiente mientras esperaba que la tetera de cobre en la lumbre hiciera hervir el agua para prepararse un café, con leche claro, y con tres cucharadas de azúcar, ni más, ni menos. 

El sol había descendido y ya se encontraba dejando los últimos rastros de su paso por el planeta, el cielo lo cubría con todas las nubes grises que fueron capaces de formarse en un par de horas y el viento sacudía los árboles fuera de la cabaña y azotaba las pequeñas ventanas de madera y cristal protegidas a la vista con delgadas cortinas de una tela vieja de color marrón, quizá descontinuada ya del mercado. 

-Andi -escuchó una voz en su cabeza, no era la primera vez. Era su voz, la voz de él. Continuó con la mirada perdida en el segundero informal de la gotera del fregadero. 

-Déjame en paz... -respondió ella en voz queda, como si le hablara a un fantasma, a un ser invisible. Pensó en ese momento que estaba volviéndose loca, que el desamor la estaba enloqueciendo. - ¿Será posible? -se preguntaba en su cabeza-, ¿será posible que el dolor me esté volviendo loca?, estoy comenzando a alucinar. ¡Menuda estupidez!, he venido hasta aquí para olvidarme de él y aún así no puedo estar en paz -se reclamaba internamente-. Estúpida Andrea, ¿no te queda claro aún verdad?, ¡Él no te ama!, ¡Se ha acabado, entiéndelo! -. Se reacomodó en la silla de madera del pequeño comedor de la cocina y subió los pies para, trabajosamente, envolverse casi toda en la manta cálida-. Ya tienes veintisiete años, Andrea, ¡madura!. Tú puedes superar esto, puedes vivir sin él, puedes volver a ser feliz...- "tac, tac, tac" -... y puedes arreglar esa gotera sin necesidad de él -terminó diciendo nuevamente en voz alta, conversando con ella misma, y en el acto se levantó de la silla, y pisó con los pies descalzos el frío suelo antiguo de la cabaña, se dirigió al fregadero y cerró la llave con fuerza, pero nada sucedió, "tac, tac, tac", golpeó la llave de metal frío con la mano y sintió un dolor que le punzó los huesos, "tac, tac, tac", continuaba el melodioso goteo. Comenzó a llorar mientras se recargaba del fregadero y descendía lentamente hasta quedar tirada en el suelo, a media luz, consolada únicamente por el sonido del viento sacudiendo los árboles y el del agua hirviendo en la tetera. Las lágrimas descendieron por sus mejillas enfriándose por la temperatura; ¿cómo había llegado hasta ese punto en el que sentía que estaba muerta en vida?, se sentía más sola que nunca y no tenía fuerzas ni siquiera para prepararse un café o detener el "tac, tac, tac" de una gotera, no tenía fuerzas para soportar que él ya no estaba a su lado, que él había dejado de amarla, para soportar que él le había mentido. 






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