jueves, 31 de marzo de 2016

La habitación: una perspectiva interesante sobre "dentro" y "fuera"

"-Lo amarás.
-¿Qué?
-El mundo..."

La habitación



Para mi gusto "Room" fue el mejor largometraje de 2015 y, por supuesto, me hubiese encantado que ganara la estatuilla como mejor película en la entrega del Oscar 2016. Me hubiera encantado haber podido escribir al respecto desde hace mucho tiempo, pero créanme queridos lectores, mi vida se ha vuelto una revolución constante que lucha por evitar el orden, sobre todo cuando se trata de mis tiempos para sentarme frente a la computadora y comenzar a teclear. Pero bueno, no quiero sonar como un amargado quejumbroso; encuentro y encontraré siempre los tiempos perfectos y justos para crear mis textos. En este caso, al fin pude comenzar a ordenar mis ideas y escribir mi perspectiva sobre éste maravilloso filme en manos de Lenny Abrahamson. 

Podría decir mucho al respecto de La habitación, pero únicamente me concentrare en destacar los conceptos más importantes desde mi perspectiva; y es que La habitación nos muestra un muy interesante encuentro con dos significantes: dentro y fuera. Es claro que la película tiene muy bien representados ambos conceptos, pues parece que desde el principio, estas simples palabras, lo son todo, absolutamente todo. La habitación nos atrapa en un "adentro", físico y psicológico, que logra transmitirnos (utilizando a la estupenda Brie Larson como protagonista) pinceladas de sentimientos tales como angustia, desesperación, ansiedad, agonía, melancolía, frustración, tristeza, depresión, etc., siendo, para mi gusto y en demasía, la mejor película del año.

El contraste entre el "adentro" y el "afuera" es tan esencial y tiene tanto peso que pasamos del encierro físico al encierro psicológico; el "adentro físico" se transforma en "afuera", pero el "adentro psicológico" permanece, y es exactamente esa premisa tan simple lo que hace éste filme tan grandioso. El encuentro con el mundo exterior, el mundo físico, es un impacto doloroso al mundo interior, el mundo psíquico; la adaptación a lo nuevo es uno de los problemas más importantes de todo el largometraje y funciona de manera tal que dicho argumento nos hace pensar: "quisiera estar ahí y ayudarles". Es impresionante cómo el "adentro" permanece aún en el "afuera", en especial en Jack (interpretado por el asombroso y pequeño actor Jacob Tremblay), en quien el "afuera" no existía, no era concebido como real porque su único "afuera" en realidad era el pequeño espacio en el que vivió toda su vida, es decir, el "adentro". Así entonces, y si no te he confundido con mis ideas rebuscadas, querido lector, para Jack no existe una diferenciación psicológica entre ambos conceptos y genera un pavor al "afuera", una fobia que es frustrante para su madre (Brie Larson) y para todos los nuevos personajes que aparecen a mitad de película. Esto hace a La habitación un filme suculento, ya que contiene material psicológico bastante interesante y extenso; en el sentido de la diferenciación entre espacios físicos y la concepción y conceptualización de éstos en el espacio psíquico, así como la transgresión de los traumas a los que todo ser humano debe enfrentarse gradualmente en el transcurso de su vida y que, en el filme, se dirigen e impactan todos al mismo tiempo a los protagonistas. Además de todo lo anterior es relevante rescatar asuntos importantes como el secuestro, una situación real y lamentable en la actualidad, y el amor materno que surge en todas direcciones, tanto de la madre de Jack como de la madre ésta. 

Podría incluso hacer un ensayo extenso sobre mi perspectiva y complementar cada concepto con un análisis mucho más profundo; pero por ahora quiero únicamente dejar en claro que Room logró atraparme y la coloqué sin pensarlo dos veces en el número uno de mi lista de favoritas en la última entrega del Oscar. La sencillez es su arma más poderosa, pues es increíble cómo de algo tan simple se logra obtener un resultado tan grandioso y sustancioso. Felicidades inmensas para esta obra de arte y gracias infinitas para su creadora, la escritora Emma Donoghue. 

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miércoles, 30 de marzo de 2016

El lenguaje elegantemente romántico del psicoanálisis

"No importaba si lo leía, lo hablaba 
o lo escuchaba; era tan melodioso,
tan suculento."

Manelander


A propósito de mi no tan reciente interés en materia psicoanalítica he decidido escribir este pequeño texto para dedicarlo a mi parte favorita de esta escuela psicoterapéutica: el lenguaje. Y es que como adorador de la lengua española quiero confesar que para mí, escuchar psicoanálisis, leerlo y hablarlo es una experiencia melodiosa que me enriquece por dentro. Pienso que para hacer psicoanálisis lo más importante primero es enamorarte de su lenguaje, porque para comprender su complejidad es necesario tenerle un amor profundo a aquello que intenta explicarse de una manera extensa y, por qué no, casi romántica. 

La escuela psicoterapéutica creada por Sigmund Freud, y que tiene como objeto de estudio a lo inconsciente dentro de la psique del individuo, resume sus párrafos siempre con una sutileza que te transportan a un mundo interno en el que todo está conformado únicamente por el amor, aquello que mueve éste mundo, porque incluso en algo tan serio como la teoría psicoanalítica se reconoce a los afectos y al cariño como parte medular de la existencia humana y de su comportamiento. El psicoanálisis logra atraparte en todos sus textos de una forma que ninguna otra teoría psicoterapéutica logra, porque en mi opinión personal tengo la firme creencia de que el psicoanálisis es algo más que hacer psicoterapia, es algo más que analizar, más que una teoría o un método; pienso que el psicoanálisis es un arte, una filosofía, un estilo que busca comprender lo que no puede verse, lo que está oculto y apartado en el interior de cada ser humano. Esta búsqueda de entendimiento se dirige sobre una vía afectiva en donde el analista forma parte de un cúmulo de conceptos que sustituyen las carencias del paciente; y escribo "paciente" por el simple hecho de tratarse de un sujeto que en su fragilidad se reconoce angustiado y conflictuado y busca ayuda, porque de lo contrario sentirá que se consumirá de algún modo hasta enloquecer. 

Lo onírico, lo transferencial, lo inconsciente, lo obejtal, lo defensivo, lo proyectivo, lo reprimido, lo sublimado, escindido, oral, fálico, edípico, son algunos conceptos que me transportan a un mundo subjetivo que no puede ser apreciado por cualquiera, es más, que no debe ser apreciado por cualquiera. Aunque no me preocupa éste hecho, pues quien logra perdurar en el mundo del psicoanálisis no es por elección propia; uno no elige ser psicoanalista, el psicoanálisis te elige a ti para adentrarte en su mundo. 

Desde el momento en el que el paciente se recuesta en el diván podemos darnos cuenta que todo el asunto, desde sus inicios, contiene un significado contenedor que intenta proteger y cuidar a quien ha llegado a la consulta. No sé, he encontrado en todo esto un sentido que no he podido obtener de algo más, ¿has sentido tal pasión por tu profesión?, espero que sí. 

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sábado, 26 de marzo de 2016

El esfuerzo del olvido

"Eran desesperantes, casi asfixiantes, 
aquellos momentos en los que se me
venía a la cabeza aquello que quise
tanto y que hoy ya no tengo."

M. G. Landeros


A veces pareciera como si la vida me pusiera ejemplos constantes sobre la mesa para que admire y explote las raíces de determinadas cuestiones. Y es que en los últimos días varias personas me han hecho pensar nuevamente sobre las rupturas de pareja, esas que nos sacuden y nos dejan destruidos y heridos por un tiempo considerable. Pero en esta ocasión me he puesto a pensar en uno de los aspectos fundamentales de las rupturas: el esfuerzo mental y emocional por alcanzar el olvido de aquello que nos ha hecho daño. 

Durante mucho tiempo, por experiencia propia y ajena, he comprobado que los seres humanos, ante una ruptura, quisiéramos fantasiosamente extraer hasta la última gota de recuerdos que generan dolor en nuestro interior; tomar una sonda que nos absorba toda memoria dolorosa o, incluso, hasta las memorias alegres, porque el darnos cuenta de lo que tuvimos y lo feliz que fuimos y que ahora ya no está, ya no es, nos coloca en una zona vulnerable y muy dolorosa. Es ahí en donde comienzan nuestros intentos por suprimir cualquier recuerdo; y entonces comenzamos a sufrir los síntomas, ya bien conocidos de la separación, del duelo amoroso, tales como:

  • Sensación de vacío interior: Ese momento en el que las mariposas que antes revoloteaban en nuestro estómago comienzan a morir, poco a poco y lentamente, agonizan y piden auxilio. Es como si se ahogaran en nuestras lágrimas internas y, literalmente, comenzamos a sentir un hueco entre el pecho y el estómago cada vez que recordamos a aquella persona que ya no está a nuestro lado. A pesar de la terrible sensación de vacío que habite en ti, recuerda que nada es para siempre y que todo llega a su fin, la vida de tus mariposas enamoradas, por ejemplo; y debes entenderlo y aceptarlo con el paso del tiempo, ¿por qué?, muy fácil, hacer rabieta y aferrarte a algo o alguien no te hará ningún bien, al contrario, te destruirá de tantas maneras que al final ya no quedará nada bueno en ti más que tu obsesión por tener aquello que no está destinado para ti. 

  • Ceguera emocional: Pues es que existe también que cuando nos rompen el corazón y todo llega a su fin nuestros sentidos se nublan y somos incapaces de ver más allá de nuestro dolor, y eso no es malo, está bien hasta cierto punto, pues no es adecuado que pases la vida entera ciego, y mucho menos obsesionado con el pasado, de ese modo nunca podrás ver a aquellos que tienen cosas buenas que ofrecerte, así estén parados frente a ti con un letrero que diga: "Yo soy el amor de tu vida". 

  • El retorno a la repetición: De esto ya hablé en uno de mis últimos textos y, créeme querido lector, que es una de las cosas que más me asustan como humano emocional y vulnerable. El retorno a la repetición es ese "¿y si esta vez funciona?", "¿y si por no intentarlo de nuevo dejo ir al amor de mi vida?", "porque el amor verdadero lo puede todo", etc, etc. Es esa voz interna que lo único que quiere es dejar de sentir el dolor insoportable de la pérdida, es un clamor interno que suplica detener ese vacío que se ha llenado poco a poco con dolor, con lágrimas y ausencia, con soledad y desesperación, con insomnio y melancolía. Y es precisamente eso, lo insoportable de la pérdida, lo insoportable a detener lo que se ha repetido durante toda la vida de manera inconsciente (los psicoanalistas y psicólogos me entenderán) lo que nos hace retornar a nuestros círculos viciosos y continuar repitiendo aquello que busca ser reparado. No podemos llamarlo cobardía, aunque parezca así; se trata de vulnerabilidad, de nuestra falta de recursos emocionales para elaborar nuestros propios asuntos y ponerle fin a lo inadecuado. 

Y así como los puntos anteriores existen muchísimos síntomas que se presentan en una ruptura amorosa y que se pretenden eliminar a través de intentos infructuosos que requieren del olvido para surtir efecto. Pero todos aquí sabemos, creo yo, que el olvido no existe en realidad; existen mecanismos de defensa que nos ayudan a organizarnos internamente para sobrevivir a lo traumatizante; por desgracia para todos, aunque una ruptura amorosa es terrible, no es suficiente para que el mecanismo de defensa llamado "represión" se active; en esos casos siempre se invocara al "duelo" como defensa contra los vacíos y las pérdidas y, todos sabemos también, no es nada bonito, pero es la única manera para sobrevivir a la pérdida, la única manera adecuada y sana. No podemos simplemente extraernos los recuerdos y olvidar a una persona y los momentos que pasamos con él o ella, además, piensa un momento al respecto; qué terrible sería andar por la vida olvidando a las personas relevantes y las experiencias vividas. No habría aprendizaje, no habría elaboración, no habría nada de lo que se necesita para crecer y madurar. 

Aunque nuestros intentos por olvidad son constantes y, en ocasiones bastante persistentes, no alcanzaremos aquel estado deseado, no nos levantaremos un día felices sin recordar que alguien se fue y que eso nos rompió el corazón. El tiempo y el amor de otros son los únicos que pueden disolver el dolor; no te pelees con el asunto de la pérdida, mejor déjate conducir por aquellos momentos en los que se te escurren las lágrimas por acordarte de él o de ella, piensa que un día todo pasará, y por favor, deja de preguntarte "¿Cuándo?" porque entre más te lo preguntes más lento pasará el tiempo en tu cabeza. Fluye con todo esto y vive un día a la vez creyendo firmemente que lo que termina siempre tiene un motivo, un ciclo que se ha cumplido, y tras cada ciclo cumplido siempre vendrán otros nuevos y mejores. Distraerte en ti no es distraerte, es aprovechar el tiempo para trabajar en tus cosas, en tus asuntos y encontrar cierta motivación a pesar de la oscuridad que te envuelve. Y aunque estés en alguna reunión, bebiendo vino y pasándola genial, y de repente, a media carcajada, él o ella se te viene a la mente, sientes tu herida sangrar por dentro y entonces la sonrisa se te borra, no desesperes, da un trago a la copa de vino, respira y vuelve a reírte. Créeme, no quieres olvidar aquello que te hizo tan feliz en algún momento, las cosas que se reprimen por el inconsciente realmente merecen estar ahí en cierto sentido, porque de no ser así pudimos enloquecer, enfermar o morir inclusive; el amor no nos mata, ni nos enloquece, aunque tengamos esa sensación, no es así, solamente es el dolor de no tener aquello que quisiéramos. No te angusties, ya pasará, poco a poco, y cosas nuevas te sorprenderán, y así, sin haber olvidado el duelo de tu pérdida, podrás disfrutar mucho más todo lo nuevo en tu vida, como cuando tienes frío y te cubres con una manta que te calienta; sin el frío previo no podrías sentir el calor que te ofrece la manta, no lo disfrutarías igual. 

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lunes, 21 de marzo de 2016

El hijo escindido

"No hay peor soledad que la que no se vive,
ni peor tristeza que la que no se llora."

Manelander 


Esta semana estuve pensando mucho con respecto a la temática de un taller al que asistí; se trataba de la dinámica familiar y este enfoque terapéutico llamado "enfoque sistémico" (terapia familiar). En el taller escuché varios términos, algunos ya conocidos en el transcurso de mi formación como terapeuta. Dichos términos me provocaron cierta curiosidad, como la palabra "escisión"; este término que significa literalmente: partir, romper, separar en dos o más partes iguales. 

Con respecto a los lazos familiares siempre hay demasiado que decir, demasiado que analizar, y es en ese punto justamente, en lo familiar, en donde nació el impulso de escribir este texto. Porque es la familia la fuente de todo conflicto infantil o adulto, moderado o preocupante; la familia y sus conexiones siempre son el origen de toda guerra interna con la que se carga desde la niñez hasta el fin de nuestros días. 

Quisiera centrarme en los hijos, pues por lo regular son aquellos miembros de la familia en los que recae un peso exagerado sobre sus hombros.  Los hijos siempre tienen este papel pasivo que absorbe toda la dinámica familiar y de ese modo se estructuran conductas, emociones y pensamientos; es en la niñez cuando los hijos necesitan de todos los recursos importantes para poder sobrevivir a la hostilidad del mundo, y por supuesto, son los padres quienes tienen la responsabilidad morar de proporcionar esas herramientas. El problema podría venir después de la niñez, cuando los padres continúan teniendo actitudes que, inconscientemente, preservan la dinámica que se tuvo con los hijos cuando eran pequeños; esta actitud puede afectar la psicología familiar de muchísimas maneras, porque es ahí, en ese apego constante de los padres con los hijos en donde algo comienza a romperse por dentro, a escindirse. 

Alguna vez conocí a una paciente que cada vez que lloraba en frente de su madre la mujer no paraba de soltarle una perorata sobre lo que debía hacer para sentirse mejor (el noventa por ciento de los consejos eran de origen religioso). La pobre chica siempre evitaba entonces el llanto frente a su madre, quien vivía con ella a pesar de su independencia financiera y sus treinta y dos años de edad; pero de algún modo necesitaba sacar el dolor de su interior, así que cada vez que sentía deseos de llorar se encerraba en el baño y se hacía un corte, no muy profundo, en la parte interna de las piernas. La chica había aprendido a suprimir el llanto para no escuchar el discurso insoportable de la madre y había encontrado una manera de liberar la tristeza que cargaba en su interior; cortarse era su forma de llorar. 

Los hijos quedan partidos a la mitad en el momento en el que los padres impiden o limitan la independencia. Existen como un apego difícil de resolver que enferma a los hijos de una manera lenta y destructiva. Los padres, en su afán por amar excesivamente a los hijos, escinden el interior de estos y generan una división bastante clara. Tomemos en cuenta el ejemplo anterior para explicar el concepto: la chicha se debatía entre los deseos de la madre y sus imposiciones y sus deseos propios, de este modo los deseos de la madre, al ser agresivos y demandantes, ganaban en dicho debate y generaban que la chica cediera ante ellos y sacrificara sus propios adentros para mantener a la madre quieta y quitarla de encima por lo menos en un asunto, el asunto de sus momentos tristes. Había desviado las reacciones naturales de la tristeza a una forma poco sana de sobrellevar sus estados disfóricos, se había fragmentado en dos partes; una en la que complacía a la madre y otra en la que, de manera inadecuada, complacía sus emociones, llevando así un equilibrio patológico en su vida diaria. 

El apego de los padres hacia los hijos limita la independencia y funciona como una representación "teatralizada" de los años pasados en donde los hijos eran pequeños y necesitaban de la compañía y los cuidados paternales las veinticuatro horas del días, durante los trescientos sesenta y cinco días del año. Esa continuación de los años primarios en las etapas adultas del desarrollo corta la normalidad del crecimiento personal de cada individuo y entorpece la maduración de las decisiones y actividades humanas que cada persona ha de afrontar cuando alcanza cierta edad. 

El hijo escindido es un ejemplo claro del cumplimiento de los deseos paternales en donde el hijo no tiene la capacidad, pues sería una atrocidad hacerlo, de eliminar a las figuras paternas del camino; generándose así una especie de conflicto edípico (hijo y padres): amar y odiar, desear y destruir. Y pareciera entonces que los padres disfrutan de aquel estancamiento que consume a los hijos desde lo más profundo de su psique, porque mantienen el consuelo de preservar los estados primarios de su papel como padres. Es una simbiosis que asfixia la estructura psíquica y de personalidad de los hijos, la fragmenta de tal manera que con el tiempo, si se intensifica, puede empujar al sujeto a estados patológicos serios; ahí tenemos a la psicosis, muy bien retratada por Alfred Hitchcock en su famosísimo largometraje "Psycho". 

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domingo, 20 de marzo de 2016

4. Melancolía: Soledad acompañada

Lee el capítulo anterior de esta historia AQUÍ

El viento no había cesado ni un poco, los árboles seguían sacudiéndose en el exterior de una manera casi melodiosa a la que los oídos de Andrea ya comenzaban a acostumbrarse, incluso le gustaba escuchar el sonido de las hojas y las ramas revolverse y golpearse entre ellas. Había pensado mucho en aquel chico que le había preparado el desayuno. Por un momento se había olvidado de Emilio, se había olvidado de todo el dolor que le había causado y de la pena de tener que lidiar con los pedazos de su corazón roto a partir del momento en el que el amor de su vida la había traicionado. Por un par de horas Andrea sintió que pudo respirar, que pudo descansar de aquel pesar insoportable que no la dejaba vivir; su cuerpo se nutrió de algo más que vino, café y ansiolíticos. Se sintió acompañada, a pesar de continuar con un vacío en las entrañas, se sintió acobijada por un tiempo suficiente, pues tenía la idea de que cuando perdemos algo y un dolor tan grande nos inunda debemos pasar tiempo en soledad, tiempo que nos servirá para reconstruirnos por dentro, para reestructurarnos, para componer aquello que está roto. 

-Deberías considerar comer por lo menos dos veces al día -aconsejó el apuesto joven mientras le servía los hot cakes en un plato. 

-Últimamente no me da apetito -respondió desde una de las sillas del pequeño comedor-. No entiendo por qué mis tíos no me informaron sobre ti. 

-Ni yo entiendo por qué no me informaron sobre ti, ni sobre su viaje al extranjero. 

-Debieron olvidarlo. Estaban muy emocionados por conocer Europa. 

-Por cierto... ¿cómo se llama? -preguntó él al tiempo que derramaba miel sobre su desayuno. 

-Andrea. 

-Lindo nombre -halagó y Andrea lo observó con expresión perezosa. 

-¿Emiliano, no? 

-Así es... 

-Pésimo nombre -añadió ella, refiriéndose obviamente al parecido entre el nombre del recién llegado y el de su ex. 

-Lo lamento, así se llama mi abuelo, doña sinceridad sin censura -Andrea lo vio con vergüenza y se le enrojecieron las mejillas. 

-No, yo lo lamento. Mi ex prometido se llama Emilio. 

-¡Oh! -se asombró y emitió una ligera sonrisa que hacía que esos huecos en las mejillas dibujaran cierta perfección en su rostro-. Ahora lo entiendo todo. 

Andrea se sintió apenada así que cambió el rumbo de la conversación; comenzaron a platicar sobre hot cakes, después sobre los tíos de Andrea y luego sobre la familia de Emiliano. Por un instante Andrea se sintió vacía pero acompañada. Recordaba el desayuno frente a la chimenea con una taza de té caliente, se sentía mejor después de haber tenido una comida saludable, o quizá no había sido tanto la comida. Sonrió de repente ante el recuerdo de su mañana acompañada, por primera vez, después de muchos días y algo en su interior se sorprendió tanto que puso cara de seriedad, como si hubiese sido sorprendida haciendo alguna travesura.

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viernes, 18 de marzo de 2016

Los cambios

"Cerré los ojos un segundo y, al abrirlos 
estaba en otro lugar; me veía diferente, 
me sentía diferente, incluso amaba diferente.

Avanzar es vaciarse, dolorosamente, de todo
lo que se tuvo, para entonces llenarse, 
placenteramente, de todo lo que se tendrá;
al mismo tiempo."

Manelander


Estaba casi colapsando porque no había podido escribir ningún texto en una semana entera. La razón de mi ausencia es que me he mudado a otra ciudad y créanme, no saben lo atareado que ha sido todo, además del montón de cosas que he tenido que hacer para establecerme, en mi interior mucho se ha movido porque, querido lector, todo cambio genera movimientos tanto externos como internos. 

Cuando nos vamos, una parte de nosotros se resiste a dejar el lugar en el que estuvimos, sea poco o mucho tiempo, porque pareciera que a la mente no le agradan mucho los cambios, sobre todo cuando nos encontramos en una zona de confort bastante amplia y cómoda. Dejamos de ver nuestra antigua casa y a nuestros antiguos vecinos, dejamos de sentir el calor de las tardes y al viento que movía aquel árbol en el jardín, y con el tiempo todas aquellas imágenes se convierten únicamente en memorias, en recuerdos que se traen al presente de vez en cuando o quizá nunca más, pero las emociones pueden continuar ahí, tan presentes como si aún estuviéramos en aquel sitio. Cuando queremos a alguien, a pesar de la distancia, el sentimiento continua encendido dentro de nosotros; amigos, conocidos y colegas siguen teniendo la misma importancia a pesar de ya no encontrarse cerca de ellos. También podemos evocar recuerdos del restaurante en donde festejamos algún cumpleaños o el aroma del té caliente en nuestra cafetería favorita, dichos recuerdos pueden generar sentimientos que nos hagan extrañar todo aquello. Pienso que el problema puede estar cuando todo lo negativo también nos persigue o cuando nos aferramos a recordar todas esas cosas con un rastro melancólico que nos impide continuar con nuestra vida en un nuevo lugar. 
Pensando en todo esto se me ha venido la idea de escribir sobre ello en este pequeño texto. Estoy seguro que la mayoría de ustedes se ha mudado de ciudad, por lo menos de casa o departamento; es una sensación bastante extraña en realidad. Cuando uno avanza en busca de algo nuevo es necesario e inevitable el tener que dejar algo detrás. Como humanos, como entes físicos que basan su realidad en lo tangible, es imposible avanzar y conservar lo pasado; no podemos arrastrar todo lo que dejamos con nosotros: las paredes, los árboles, el clima, las personas, los centros comerciales, el mar, etc. El entendimiento de todo lo anterior es una forma de madurez, pues entender que moverse significa dejar algo es un pensamiento adulto que nos coloca en un estado de crecimiento personal. ¿Pero qué sucede cuando lo intangible nos sigue? Bueno, aquí tenemos algo más en qué pensar, pues aunque no podemos conservar los árboles y el clima de determinado lugar, si podemos conservar recuerdos y emociones que nacieron exactamente ahí, y ese puede convertirse en un problema si no sabemos sobrellevarlo.


Permitir que los recuerdos y las emociones de lo que has dejado atrás para poder tener algo mejor te limiten no es sensato. Puedes pasar un tiempo extrañando aquello pero sin dejar de moverte, sin frenar tus planes y tus metas, por algo te marchaste ¿no es así?. Perder energía de más en todo lo destructivo puede arruinar muchos de tus planes, aunque al respecto no quiero decir que si tienes ganas de llorar no llores, no extrañes y no sientas feo por dentro, al contrario, es sano tener este proceso de duelo (no exagerado) en donde todo lo que tuvimos, de cierto modo, ya no está. Los cambios nos sacuden, nos renuevan, son una forma saludable de replantearnos y reconstruirnos; sin olvidar aquello en lo que erramos para intentar no repetirlo, sin flagelarnos por lo que hemos dejado en el pasado, sin torturarnos por las cosas buenas que no pudimos traer con nosotros, créeme, ya tendrás cosas mejores y nuevas muy pronto.

Textos relacionados:
"Los días grises no son sinónimo de tristeza"
"El trauma"
"El sinsentido"

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martes, 8 de marzo de 2016

Escribir es como respirar

"Para poder valorar un resultado 
debiste crear un conjunto de factores
que al final se convirtieran en algo
importante. Toda creación es un 
proceso lleno de luz y oscuridad."

Manelander



Estoy intentando hacer de mi blog algo un poquito más personal, en donde ustedes puedan ser algo más que mis lectores. Quisiera también considerarles compañeros de vida a distancia, gente que logre sentir lo que intento transmitir a través de las letras. Es por ese motivo que escribo esta entrada con la ilusión de compartirles una parte importante de mi vida, algo que ha tomado una fuerza impresionante los últimos meses; escribir historias en mi caso ha tenido un apartado especial que utilizo solamente en ciertos momentos y, aunque muchas cosas siempre vienen a mi cabeza, todo el tiempo, no me atrevo a llevar todas al papel. Considero que para comenzar a escribir una historia siempre es necesario algo esencial antes de comenzar, y eso es pasión, ese enamoramiento desbordado que te haga escribir hasta finalizar, escribir hasta "parir" un libro completo que te deje satisfecho, parir un hijo literario. Porque quienes escriben no me dejarán mentir cuando digo que cada texto es como un hijo que se cuida y se procura, que se ama y se conserva en la mente y en el corazón toda la vida.

A pesar de que he dedicado tiempo a algunas historias, el día de hoy puedo decir que existe una que se ha ganado todo mi amor y toda mi atención; me he dedicado tanto a construirla que en este momento en el que casi pongo el punto final, después de revisar y revisar, una y otra vez, algo dentro de mí no puede dejar de agradecerle a cada una de las letras que yo mismo escribí, porque sin ellas mi vida tendría un sentido completamente distinto, quizás más oscuro, más triste, menos fructífero. Esta historia me ha salvado, literalmente, de muchas cosas que han sido difíciles para mí, porque en ella he encontrado un consuelo que no puedo recibir de nadie más.

Podría extenderme muchísimo con respecto a este asunto de escribir, pero lo único que puedo agregar en este momento es que uno escribe porque lo necesita en realidad, también es un gusto, un talento, un pasatiempo de repente, pero quienes realmente amamos plasmar nuestras ideas y pensamientos en el papel sabemos en el fondo que escribir es una necesidad básica, como comer o respirar, sin las letras enfermaríamos, moriríamos. Espero de verdad algún día poder hacer publicidad de esta mi primera novela, sustentada en una historia dramática y romántica, ácida y amarga, cómica y depresiva; espero algún día poder recibir una crítica de todos ustedes para ser mejor escritor y, sobre todo, mejor ser humano.

Si amas escribir nunca dejes de hacerlo; escribe todo el tiempo, en el café, en una servilleta, en la computadora, en un diario, en un cuaderno, en las orillas de los periódicos, en tu teléfono celular, escribe siempre sin parar, en tu cabeza, mientras duermes, escribe aunque no tengas lápiz ni papel, escribe con los dedos sobre un cristal empañado, sobre una mesa cubierta por el polvo, sobre la nieve, sobre la arena en la playa, escribe siempre.

Textos relacionados:
"Porque el raro de Mane comenzó a escribir y su amarga propuesta literaria"
"La Frida que llevamos dentro"

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lunes, 7 de marzo de 2016

Carol y lo lesbicamente exquisito

"-Dime que sabes lo que estás haciendo. 
 -No lo sé... nunca lo he sabido."
"Carol" 


Ayer tuve la oportunidad de ver esta película encantadora que recibió algunas nominaciones importantes en los premios de la academia de artes y ciencias cinematográficas este año. Mi opinión sobre Carol es bastante específica; pienso que se trata de un largometraje que desde el comienzo te atrapa, te hipnotiza con el tono de su historia. Carol tiene un curso bastante melodioso y pienso que la palabra con la que mejor puedo describir esta película es: "Exquisita". Tiene un diseño artístico bastante cuidado, una banda sonora que no puedes dejar de escuchar y un guión que te erizará la piel. 

La magia de Carol hace de este largometraje algo especial. Pienso yo que no existen películas de este estilo con suficiencia en el mercado; el cine gay ha repuntado en los últimos años y eso es algo que se agradece, pues pareciera que el mensaje de la homosexualidad, la tolerancia y el respeto se ha extendido a una de las industrias más importantes del mundo: el cine. 

Existen algunas partes de la película que te transportan a ese Nueva York de los años cincuenta en donde las perspectivas morales eran bastante distintas a las de hoy en día. Es mágico el modo en el que Carol te seduce a través de la pantalla, de una manera tan tierna, tan calmada, tan sublime, que no podrás despegar los ojos de la historia ni un segundo. Te incita a pensar que el amor, cuando es verdadero, tiene una extensión casi indestructible, perdurable, que puede soportar lo externo de una manera incansable. 

Aunque los diálogos no son exagerados, ni largos, ni rebuscados, están cargados de muchas emociones, son simples pero a la vez suficientes, son justamente lo que se diría en una situación de ese tipo, en una situación en la que el amar a alguien es tan complicado que decir demasiado es no decir nada, en donde lo mejor siempre será actuar que decir. La banda sonora de Carol y el vestuario, parte esencial de la ambientación de la época, te envolverán hasta el final entre lágrimas, besos y el humo de varios cigarros consumidos por la ansiedad del enamoramiento. Carol es un filme que no te puedes perder si eres cinéfilo como yo; con actuaciones de primera (Cate Blanchett y Rooney Mara), Carol se ha vuelto una de mis películas favoritas dentro del genero de cine gay.

Textos relacionados:

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sábado, 5 de marzo de 2016

3. Melancolía: Un extraño

Lee el capítulo anterior de esta historia AQUÍ

Estaba tan aburrida; no tenía idea de cómo Macarena le había convencido para asistir a esa fiesta de gente frívola y vacía, pues a pesar de ser heredera de una de las familias más acomodadas de la ciudad, Andrea no se sentía parte de esos círculos sociales tan "llenos de nada", como solía repetirle a su mejor amiga cada vez que insistía en que asistiera a una de sus tantas fiestas semanales. 

-¿Aburrida? -le preguntó un apuesto joven, quien se había sentado a su lado, en el sillón en el que se encontraba sentada bebiendo una copa de vino tinto, luciendo un hermoso vestido negro que le llegaba hasta los tobillos. 

-Hola -respondió Andrea con una sonrisa-, no soy mucho de fiestas -dijo.

-Puedo notarlo, nunca te había visto -agregó él. Era apuesto, joven, alto y de ojos aceitunados, pero bueno, en esas fiestas siempre habían hombres apuestos de todas las edades, adinerados y, lo peor de todo para Andrea, vacíos del cerebro y del corazón.

-Entonces debo suponer que tú eres súper sociable -dijo ella un tanto seria, en ese tono que envía un mensaje de "no me interesas".

-¡Mírame! -habló él y Andrea volvió el rostro sin dudarlo; era tan guapo, tan lindo y tan seguro de si mismo que sintió un revoloteo en el estómago-. Eres guapísima-. Andrea se sonrojo en el acto y se llevó la copa de vino a los labios una vez desvió la mirada del apuesto joven. Fueron suficientes tres semanas para que la chica de veintidós años cayera perdida a los pies de Emilio Fontál, bastaron tres semanas para que durante cinco años Andrea se dedicara en cuerpo y alma a su relación, bastaron tres semanas para que Andrea sintiera que el mundo al fin le había concedido la dicha de ser amada, pero todo ese tiempo tan mágico y tan encantador, lleno de dedicación y esfuerzo, se derrumbó en tan solo un segundo, en ese instante en el que Andrea encontró a su amado Emilio casi desnudo, en su departamento, con otra mujer.

-Por favor, Andi, por favor... ¡Espera! -escuchaba la voz de Emilio en su cabeza, la última vez que lo vio, aquel día, el peor de se vida.

-Por favor... -seguía escuchando-. Abra los ojos, señorita -decía la desesperada voz del joven que la había asustado en la ventana. Andrea abrió los ojos lentamente, tendida en el suelo mientras el apuesto y delgado joven con barba de candado y ojos cafés le soplaba el rostro con una mano y la observaba atentamente, tumbado en el suelo de madera sobre sus rodillas mientras esperaba impaciente que Andrea reaccionara.

-¿Quién eres tú? -dijo ella algo aturdida, arrugando el entrecejo como quien se deslumbra por una luz muy brillante-. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

-Soy Emiliano, ayudo a los señores Olmo con sus compras semanales y tengo llave del lugar -explicó él con una leve sonrisa al final.

Andrea se incorporó e intentó levantarse con ayuda del chico extraño; se sujetó de sus brazos y, aunque se tambaleó los primeros segundos, logró mantenerse en pie.

-Mis tíos no están, se han ido de viaje unos meses -explicó ella extrañada, observándolo con toda la desconfianza que podía permitirse.

-No lo sabía, ellos no me avisaron nada -repuso el joven, quien llevaba puesta ropa casual; unos jeans, Converse y una playera negra con una camisa azul a cuadros encima. Sonaba preocupado, pero no por la ausencia del matrimonio de ancianos sino por el estado de la chica a la que acababa de ayudar a ponerse de pie.

-Ni a mí me dijeron que vendría un extraño a asustarme por las mañanas.

-Lo siento, en serio -dijo apenado-. Creo que no estás muy bien, no te ves bien.

Andrea lo observó con un recelo casi cómico que provocó que el chico no pudiera contener una sonrisa; era verdad, a pesar de que Andrea era una mujer muy atractiva dejaba ver los estragos de sus estados depresivos; las ojeras en su piel morena clara y lo desaliñado de su cabello hacían juego perfecto con su ropa cómoda y holgada con olor a guardado.

-Déjame compensarlo preparándote el desayuno -pidió él.

Andrea frunció en entrecejo y lo observó con duda durante unos segundos; estaba hambrienta sí, y el recuerdo de Emilio en su cabeza no se iría fácilmente, pero al menos podría comenzar a cubrirlo con comida, comida abundante. Pensó que estaba entrando en ese punto en el que se atraviesa cuando la depresión es tan drástica que la apariencia física propia se olvida como un objeto en el desván.

-¿Sabes hacer hot cakes? -cuestionó ella y se dirigió hacia la cocina mientras Gato la seguía ágilmente.

Él sonrió inmediatamente y sin dudar más respondió: -Son mi especialidad... -confesó y siguió a Andrea también.

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miércoles, 2 de marzo de 2016

Charlas de café negro II

"Porque la soledad también ha 
charlado conmigo y he logrado
encontrar cosas buenas a su
lado."
Manelander


Ya tiene un tiempo que decidí escribir sobre los momentos en los que logro como escritor tener una inspiración distinta a la que tengo permanentemente. Hablar de las cosas que veo al sentarme en un café como parte importante de mis letras es un deleite para mí. 

Esta vez quisiera relatar un acontecimiento en el que sucedió tan poco, pero al mismo tiempo demasiado; como de costumbre llegué a sentarme a mi cafetería favorita y pedí nuevamente un café negro. me senté en la mesa de siempre, esperaba a una amiga para charlar después de no habernos visto en un tiempo. Mientras estaba ahí, esperando, a las seis de la tarde, me sentí solo, sí, solo, pues era el único cliente del café, la única mesa ocupada, y entonces pensé: pero qué extraño... siempre hay gente en este lugar. Entonces comencé una especie de ensimismamiento que me obligó a concentrarme en pequeños detalles; había un adorno de estos que haces un sonido relajante cuando el viento los mueve, lo miré y supe en ese momento que muchas veces la soledad es una buena compañera para comenzar a ordenar ciertas cosas en la vida. Comencé a pensar en mis asuntos y en lo complicado que lucía todo en ese momento para mí, pensaba en cómo solucionar mis cuestiones financieras y emocionales, cuánto tiempo me llevaría, cuándo podría sentirme pleno: ¿cuándo?, me repetía una y otra vez en mi cabeza. Pensé entonces que vivir se trataba de un sube y baja, estar bien y después no tan bien, tener algo y después perderlo o cambiarlo por otra cosa; nada es nunca igual, nada es estático, todo cambia, se renueva, se transforma, incluso nosotros mismos, nuestro cuerpo no es el mismo que era hace un segundo, nuestras células mueren y nuestros órganos cambian. Se me antojó escribir sobre aquello tan interesante, sobre esta terquedad humana de aferrarse a algo o a alguien cuando sabemos desde el principio que todo tiene un ciclo, un principio y un final, que todo se mueve, como el viento movía aquel adorno que colgaba de la rama de un árbol en el jardín en donde se encontraba el café. Sentí mi soledad y pude encontrar esa parte que se resiste a veces a vivirla, y pude también percatarme de que muchas veces esa sensación me obliga a aceptar cualquier compañía, cualquier migaja, cualquier lo que sea de quien sea; me dio miedo, me asustó el hecho de sentirme un conformista emocional por miedo a la soledad. Recordé en aquel momento algo que siempre le repito a mis pacientes dentro de la consulta: "si no sabes estar solo, no sabes estar con nadie", y aunque pensaba que yo llevaba a cabo aquella filosofía la realidad era que no del todo.

Estar solo es un momento que se debe aprovechar, no es una desgracia, al contrario, es una fortuna tener soledad, porque se trata de una oportunidad que tenemos para encontrarnos, para amarnos a nosotros mismos, para disfrutarnos, sino es así, si nos sentimos angustiados, es porque no soportamos nuestra propia compañía. Qué miserable acotación, el hecho de poder aceptar que no nos soportamos a nosotros mismos y entonces, si no podemos soportarnos, ¿seremos capaces de soportar a alguien más?, lo dudo mucho, y si es así entonces soportaremos todo, incluso lo destructivo, con tal de no quedarnos en soledad. Estar solo no es un estado eterno, se trata de momentos, de instantes, de periodos, así como yo, que esperé en soledad a mi amiga durante casi media hora; tiempo suficiente para que se me ocurrieran mil cosas que escribir llegando a casa, porque pude disfrutarlo y sacarle provecho, porque entendí que estar solo es un momento de espera en donde uno se prepara para recibir a alguien más de manera adecuada y sana, sin angustias, sin ansiedades, sin asperezas, con un café caliente saboreándose mientras nos ordenamos por dentro.

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