domingo, 20 de marzo de 2016

4. Melancolía: Soledad acompañada

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El viento no había cesado ni un poco, los árboles seguían sacudiéndose en el exterior de una manera casi melodiosa a la que los oídos de Andrea ya comenzaban a acostumbrarse, incluso le gustaba escuchar el sonido de las hojas y las ramas revolverse y golpearse entre ellas. Había pensado mucho en aquel chico que le había preparado el desayuno. Por un momento se había olvidado de Emilio, se había olvidado de todo el dolor que le había causado y de la pena de tener que lidiar con los pedazos de su corazón roto a partir del momento en el que el amor de su vida la había traicionado. Por un par de horas Andrea sintió que pudo respirar, que pudo descansar de aquel pesar insoportable que no la dejaba vivir; su cuerpo se nutrió de algo más que vino, café y ansiolíticos. Se sintió acompañada, a pesar de continuar con un vacío en las entrañas, se sintió acobijada por un tiempo suficiente, pues tenía la idea de que cuando perdemos algo y un dolor tan grande nos inunda debemos pasar tiempo en soledad, tiempo que nos servirá para reconstruirnos por dentro, para reestructurarnos, para componer aquello que está roto. 

-Deberías considerar comer por lo menos dos veces al día -aconsejó el apuesto joven mientras le servía los hot cakes en un plato. 

-Últimamente no me da apetito -respondió desde una de las sillas del pequeño comedor-. No entiendo por qué mis tíos no me informaron sobre ti. 

-Ni yo entiendo por qué no me informaron sobre ti, ni sobre su viaje al extranjero. 

-Debieron olvidarlo. Estaban muy emocionados por conocer Europa. 

-Por cierto... ¿cómo se llama? -preguntó él al tiempo que derramaba miel sobre su desayuno. 

-Andrea. 

-Lindo nombre -halagó y Andrea lo observó con expresión perezosa. 

-¿Emiliano, no? 

-Así es... 

-Pésimo nombre -añadió ella, refiriéndose obviamente al parecido entre el nombre del recién llegado y el de su ex. 

-Lo lamento, así se llama mi abuelo, doña sinceridad sin censura -Andrea lo vio con vergüenza y se le enrojecieron las mejillas. 

-No, yo lo lamento. Mi ex prometido se llama Emilio. 

-¡Oh! -se asombró y emitió una ligera sonrisa que hacía que esos huecos en las mejillas dibujaran cierta perfección en su rostro-. Ahora lo entiendo todo. 

Andrea se sintió apenada así que cambió el rumbo de la conversación; comenzaron a platicar sobre hot cakes, después sobre los tíos de Andrea y luego sobre la familia de Emiliano. Por un instante Andrea se sintió vacía pero acompañada. Recordaba el desayuno frente a la chimenea con una taza de té caliente, se sentía mejor después de haber tenido una comida saludable, o quizá no había sido tanto la comida. Sonrió de repente ante el recuerdo de su mañana acompañada, por primera vez, después de muchos días y algo en su interior se sorprendió tanto que puso cara de seriedad, como si hubiese sido sorprendida haciendo alguna travesura.

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