lunes, 21 de marzo de 2016

El hijo escindido

"No hay peor soledad que la que no se vive,
ni peor tristeza que la que no se llora."

Manelander 


Esta semana estuve pensando mucho con respecto a la temática de un taller al que asistí; se trataba de la dinámica familiar y este enfoque terapéutico llamado "enfoque sistémico" (terapia familiar). En el taller escuché varios términos, algunos ya conocidos en el transcurso de mi formación como terapeuta. Dichos términos me provocaron cierta curiosidad, como la palabra "escisión"; este término que significa literalmente: partir, romper, separar en dos o más partes iguales. 

Con respecto a los lazos familiares siempre hay demasiado que decir, demasiado que analizar, y es en ese punto justamente, en lo familiar, en donde nació el impulso de escribir este texto. Porque es la familia la fuente de todo conflicto infantil o adulto, moderado o preocupante; la familia y sus conexiones siempre son el origen de toda guerra interna con la que se carga desde la niñez hasta el fin de nuestros días. 

Quisiera centrarme en los hijos, pues por lo regular son aquellos miembros de la familia en los que recae un peso exagerado sobre sus hombros.  Los hijos siempre tienen este papel pasivo que absorbe toda la dinámica familiar y de ese modo se estructuran conductas, emociones y pensamientos; es en la niñez cuando los hijos necesitan de todos los recursos importantes para poder sobrevivir a la hostilidad del mundo, y por supuesto, son los padres quienes tienen la responsabilidad morar de proporcionar esas herramientas. El problema podría venir después de la niñez, cuando los padres continúan teniendo actitudes que, inconscientemente, preservan la dinámica que se tuvo con los hijos cuando eran pequeños; esta actitud puede afectar la psicología familiar de muchísimas maneras, porque es ahí, en ese apego constante de los padres con los hijos en donde algo comienza a romperse por dentro, a escindirse. 

Alguna vez conocí a una paciente que cada vez que lloraba en frente de su madre la mujer no paraba de soltarle una perorata sobre lo que debía hacer para sentirse mejor (el noventa por ciento de los consejos eran de origen religioso). La pobre chica siempre evitaba entonces el llanto frente a su madre, quien vivía con ella a pesar de su independencia financiera y sus treinta y dos años de edad; pero de algún modo necesitaba sacar el dolor de su interior, así que cada vez que sentía deseos de llorar se encerraba en el baño y se hacía un corte, no muy profundo, en la parte interna de las piernas. La chica había aprendido a suprimir el llanto para no escuchar el discurso insoportable de la madre y había encontrado una manera de liberar la tristeza que cargaba en su interior; cortarse era su forma de llorar. 

Los hijos quedan partidos a la mitad en el momento en el que los padres impiden o limitan la independencia. Existen como un apego difícil de resolver que enferma a los hijos de una manera lenta y destructiva. Los padres, en su afán por amar excesivamente a los hijos, escinden el interior de estos y generan una división bastante clara. Tomemos en cuenta el ejemplo anterior para explicar el concepto: la chicha se debatía entre los deseos de la madre y sus imposiciones y sus deseos propios, de este modo los deseos de la madre, al ser agresivos y demandantes, ganaban en dicho debate y generaban que la chica cediera ante ellos y sacrificara sus propios adentros para mantener a la madre quieta y quitarla de encima por lo menos en un asunto, el asunto de sus momentos tristes. Había desviado las reacciones naturales de la tristeza a una forma poco sana de sobrellevar sus estados disfóricos, se había fragmentado en dos partes; una en la que complacía a la madre y otra en la que, de manera inadecuada, complacía sus emociones, llevando así un equilibrio patológico en su vida diaria. 

El apego de los padres hacia los hijos limita la independencia y funciona como una representación "teatralizada" de los años pasados en donde los hijos eran pequeños y necesitaban de la compañía y los cuidados paternales las veinticuatro horas del días, durante los trescientos sesenta y cinco días del año. Esa continuación de los años primarios en las etapas adultas del desarrollo corta la normalidad del crecimiento personal de cada individuo y entorpece la maduración de las decisiones y actividades humanas que cada persona ha de afrontar cuando alcanza cierta edad. 

El hijo escindido es un ejemplo claro del cumplimiento de los deseos paternales en donde el hijo no tiene la capacidad, pues sería una atrocidad hacerlo, de eliminar a las figuras paternas del camino; generándose así una especie de conflicto edípico (hijo y padres): amar y odiar, desear y destruir. Y pareciera entonces que los padres disfrutan de aquel estancamiento que consume a los hijos desde lo más profundo de su psique, porque mantienen el consuelo de preservar los estados primarios de su papel como padres. Es una simbiosis que asfixia la estructura psíquica y de personalidad de los hijos, la fragmenta de tal manera que con el tiempo, si se intensifica, puede empujar al sujeto a estados patológicos serios; ahí tenemos a la psicosis, muy bien retratada por Alfred Hitchcock en su famosísimo largometraje "Psycho". 

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