viernes, 15 de abril de 2016

6. Melancolía: ¡Déjame en paz!

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Ir y venir, subir y bajar, momentos buenos y otros pésimos; en eso se resumía la vida de Andrea. No encontraba la estabilidad necesaria para tener paz y tranquilidad. No podía quejarse de los buenos momentos que había pasado los últimos días con Emiliano; él tenía este humor que le pintaba el día y le arrancaba los grises que la rondaban en cada momento, pero no era suficiente, no podía conservar una sonrisa por mucho tiempo, y es que eso ocurre cuando el corazón está roto; quisiéramos que todo sanara rápidamente, pero la realidad es que siempre tomará tiempo, un tiempo en el que la desesperación nos morderá cada vena, cada minuto, cada respiro; la melancolía es eso con exactitud, la vida de Andrea era pura y simple melancolía. 

-Te lo di todo, ¿por qué? -se preguntaba una y otra vez en su cabeza. Ese ¿por qué? que no logra tener respuesta, por lo menos no una que nos satisfaga. Y el origen de aquella pregunta más bien siempre era un reclamo mezclado con un duelo insoportable. 

Estaba nuevamente echada en el sillón de la estancia, frente a la chimenea con el fuego casi extinto; los minutos avanzaban lento, demasiado, el sía era eterno y no dejaba de hacerse preguntas que no le llevaban a nada mas que a más preguntas. Estaba harta, incluso se sentía cansada físicamente, agotada; no podía explicarse las razones de su cansancio pues no hacía nada, ningún esfuerzo, al contrario, se la pasaba durmiendo, acostada o sentada. Era el ejemplo perfecto de melancolía, de depresión, de un ente sin alma, sin espíritu. 

- ¡Déjame en paz! -gritó llorando. No le gritaba a la imagen de Emilio en su cabeza, no, le gritaba a la tristeza mientras las venas del cuello se le resaltaban por el llanto. Se llevó las manos al rostro y una vez más se desplomó como se desploma el cuerpo cuando la fractura es demasiado grande y el veneno que pusieron en nosotros nos duele, nos desgarra por dentro. Recordó en ese instante que Emiliano le había invitado a beber una cerveza al bar del pueblo por la noche. No se sentía bien y la tristeza no dejaba de susurrarle al oído: "¿Para qué? Mejor quédate aquí a llorar, a dormir". 

La tarde comenzaba a darle paso a la fría noche y el viento seguía moviendo los árboles del exterior. Andrea estaba en aquel punto en el que se piensa que todo nos recuerda a quien amamos y nos rompió en mil pedazos y, por ese terrible motivo, nada en la vida tiene sentido. No tenía teléfono celular ya que había decidido dejarlo en casa de sus padres para no ser molestada por nadie; tomó el teléfono de la casa de sus tíos, uno inalámbrico que nunca sonaba, marcó el número escrito en una servilleta que decía "Emiliano". 

- ¿Lista? -preguntó la voz del joven al responder la llamada. 

-No... -comenzó Andrea pero el llanto se adueñó de ella de nueva cuenta y no pudo disimularlo. 

- ¿Andrea? -preguntó él con preocupación, esperó un momento y tras unos segundos de escuchar el lloriqueo doloroso de su nueva conocida habló de nuevo-. Voy para allá.

Andrea no pudo responder nada porque Emiliano no le dio oportunidad, pues colgó el teléfono rápidamente. Se sentía estúpida, se sentía vulnerable como un recién nacido que necesita los cuidados de otros para sobrevivir; pero lo que Andrea no entendía es que no estaba tan equivocada, pues cuando el corazón se rompe una parte de nosotros muere y, con el paso del tiempo, renace; se es un recién nacido después de que el corazón se parte en pedazos y, por supuesto, como todo recién nacido, se necesitan cuidados, atenciones y, sobre todo, mucho amor. 

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