miércoles, 13 de abril de 2016

El discurso como cura

"Entendí mucho tiempo después que
el silencio provocaba que todo aquello
se acumulara en mí de algún modo hasta
tener la sensación de estallar en mil pedazos."

Manelander


Después de haber escrito un texto sobre "La cama como cura" (bastante apegado a la comedia que de pronto ronda en mis escritos) decidí centrarme en un asunto que está más apegado a la realidad psicológica, y no es que descarte a las camas como parte dela cura, pero esta vez quisiera profundizar en lo que podría llamarse "tratamiento"; aquello que funciona como parte de un proceso que tiene como objetivo principal aliviar y mejorar a una persona. 

Y es que las penas son un mal constante que nos aqueja desde el momento de nuestro nacimiento (ya hablo sobre ello en "El trauma"), pero es de este modo como podemos asegurar que debiera existir entonces una manera de aliviar dichas adversidades. Siempre habremos de encontrar una forma de resolver o sobrellevar los males de la vida y, querido lector, todos sabemos que la forma más efectiva de superar o a prender a vivir con ciertas cuestiones es desahogando aquello que se retuerce en nuestro interior; sería lo equivalente a vomitar lo emocional y psicológico que necesita ser exteriorizado. ¿Y cuál es ese método tan fascinante? Pues verás, la palabra es la manera en la que podemos sacar lo que nos atormenta y, al mismo tiempo, haciéndolo perceptible, tenemos la oportunidad de analizar aquello que ha salido y está frente a nosotros de algún modo. 

Hablar, mis lectores apreciados, es la fórmula perfecta para ablandar la dureza de lo que nos entristece, nos lastima, nos cansa, nos molesta; hablar es el método ideal para curar las penas internas que se aferran a nosotros de una manera a veces patológica. Porque no es sino hablando como podemos llegar a las profundidades de nuestros asuntos más dolorosos y oscuros. Si bien hablar sobre algo en especial resulta en ocasiones un asunto muy duro y complicado, es la vía más sana para liberar el peso que cargamos y que nos tiene en estados poco saludables. El asunto es que a los seres humanos no nos gusta hablar demasiado de aquello que nos duele, precisamente por eso, el dolor de revivir todo ese material nos parece intolerable y preferimos no hacerlo. Al ser humano no le agrada mucho sentarse a hablar de sus asuntos porque al hacerlo sentirá una especie de sacrificio interno que desgarrará parte de su "estabilidad" emocional; la cosa es que cuando no hablamos de todo lo que nos revuelve por dentro, todo ese huracán psicológico y emocional terminará por buscar una fuga para liberar espacio interno y mantener la supervivencia del individuo. Al no haber un discurso constante y liberador, las personas comenzarán a "actuar" lo que guardan dentro, como si se tratara de un escape del material escabroso que está contenido en el interior del sujeto; y cuando hablamos de "actuar" entonces nos estamos refiriendo a "repetir" (leer "El retorno ala repetición y nuestra resistencia a sanar"), porque cuando hablamos le damos un sentido consciente a lo que nos aqueja, lo podemos simbolizar con las palabras y de esa manera valorarlo, entenderlo y, por qué no, solucionarlo, 

Hablemos lo que nos preocupa y nos duele tantas veces sea necesario, hasta que las palabras se agoten y la pena y el dolor se vayan esfumando poco a poco. Hablar, queridos lectores, nos resuelve, nos motiva, nos elabora por dentro, nos acomoda de una manera adecuada; se trata de un trabajo y un esfuerzo que el individuo hace a pesar de lo complejo que pueda ser luchar contra los propios monstruos internos. Hablar de todo lo que somos y lo que nos lastima nos aleja de la ignorancia sobre nuestra persona y nos acerca al conocimiento de una parte, aunque pequeña bastante significativa, de nosotros mismos.  


Twitter & Instagram: @tintademane
Tumblr: manelander ("La Tinta De Mane")
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