domingo, 22 de mayo de 2016

8. Melancolía: Lo común

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-Estuve casado con el amor de mi vida durante tres años, después de cinco años de relación -dijo Emiliano con la voz queda. Andrea pensaba que llegaría el punto en el que el apuesto muchacho derramaría un par de lágrimas, eso la hacía sentirse apenada; por su papel de víctima, Andrea había provocado que Emiliano comenzara a contar su historia. 

-No es necesario que me cuentes -intentó detenerlo. 

-No lo era, pero ahora sí, es muy necesario. 

La lluvia en el exterior azotaba la cabaña torrencialmente y ambientaba las palabras de Emiliano casi como si se tratara de una historia de terror. Y es que en gran parte lo era; las historias de los corazones rotos son eso precisamente: historias de terror basadas en la vida real. 

-Ella me engañó también -continuó-. Me engañó de la manera más baja en la que se puede engañar a alguien. -Andrea puso cara de incertidumbre y colocó su mano en el hombro del muchacho, quien ya comenzaba a llorar. 

-Por favor, discúlpame, no necesitas esto. 

-Me engañó con mi hermano mayor. Los encontré en mi cama una noche que volvía temprano del trabajo; esa noche perdí a una esposa y a un hermano al mismo tiempo. 

Andrea se sintió miserable, peor que miserable, se sintió insignificante. Era cierto, la mentira era común sobre este planeta, más común de lo que ella imaginaba, ni siquiera los hombres encantadores y buenos como Emiliano se salvaban de la traición y la deshonestidad. Lo abrazó mientras él lloraba sin hacer mucho escándalo sobre su hombro delicado y femenino, se separaron y sin que ambos pudieran darse cuenta comenzaron a besarse. Así suceden las cosas del corazón y de la carne, sin darse cuenta. 

-Discúlpame, yo... no debí... -dijo Emiliano apenado, con el rostro enrojecido. 

-No, no te disculpes, yo soy la que no debió... 

-Será mejor que me vaya. 

-No, por favor, no te vayas. ¡Quédate! 

Andrea no sabía que era lo que sucedía, pero de algo si estaba bastante segura: le agradaba la compañía del muchacho aquel; era muy agradable tener con quien compartir las penas después de tanto tiempo, sobre todo ahora que hablaba sola, con ella misma, diciéndose cosas desastrosas que la acercaban a los límites de la melancolía. 

-Bien, pues... puedo preparar algo de cenar aquí -respondió Emiliano. 

- ¡Me parece perfecto! Así podemos comenzar a platicar de otras cosas que no sean nuestros ex. 

Sin darse cuenta las heridas comenzaban a sanar, porque es verdad que todo se cura en el momento en el que menos lo esperamos; el dolor no se marcha simplemente porque deseamos que se marche, el dolor se marcha cuando quiere, cuando sabe que estamos listos para continuar sin él, eso es lo común. 


(NOTA IMPORTANTE: Estimados lectores, atendiendo un poco más mi pasión por la escritura y por mi profesión: la psicología, he decidido atender peticiones para hablar sobre temas de los que a ustedes les gustaría que yo escribiera o diera mi opinión. Con gusto atenderé sus sugerencias y peticiones en la medida de mis posibilidades; de la misma forma si desean recibir algún consejo pueden escribirme al mail: mane.landerpi@gmail.com o si no es necesaria la privacidad o el anonimato entonces pueden dejarme todo en los comentarios de cualquiera de mis textos. Saludos y gracias por su amable atención.)

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