domingo, 8 de mayo de 2016

Yo escribo

"Unos hacen ejercicio, otros viajan,
algunos otros beben y van de fiesta, 
yo... yo escribo."
Manelander



Me había servido una copa de vino blanco, siempre blanco cuando estoy solo en casa, el tinto únicamente lo bebo cuando estoy acompañado. Era de noche, sábado, para ser precisos, y la temperatura había bajado considerablemente en la ciudad. Estaba sentado en mi escritorio, con la computadora encendida frente a mí, otra vez. Comencé a escribir después de un par de tragos a la copa de vino; todo fluyó como de costumbre. Escribía un capitulo de una de mis novelas; era este drama homosexual en el que había trabajado desde hacía ya un par de semanas. Terminé de escribir y me levanté con la copa de vino ya vacía en las manos, caminé hacia la cocina para servirme más y al ver la botella una sensación desgarradora me recorrió las arterias; era el mismo vino que había comprado aquella vez en nuestra segunda cita. No había reparado en el vino en un principio, mi padre me había regalado la botella una semana atrás y esa noche decidí abrirla al fin. Curioso fue que el recuerdo llegó a mi cabeza justo después de escribir un pedazo de mi historia dramática. 


Aquella noche, la noche en la que nos besamos por primera vez, había roto mis propias reglas y abrimos una botella de vino blanco a pesar de que me encontraba acompañado; debí saber desde aquel momento que todo terminaría tormentosamente, por lo menos para mí. Y es que el enamoramiento nos cambia, nos transforma, nos hace hacer cosas que antes no hacíamos, eso es el enamoramiento, un arrebato de impulsos de los que no nos percatamos. 

"Cada vez que encontramos indicios o recuerdos de nuestros amores pasados, de aquellos que fueron importantes, nuestro corazón vuelve a latir, por un par de segundos, exactamente de la misma manera en la que lo hizo cuando esa persona estuvo a tu lado."

Estuve a punto de vaciar el contenido de la botella en el fregadero, pero me detuve, pensé que no desperdiciaría un buen vino solamente por un estúpido recuerdo, además, era un regalo de mi padre. Decidí entonces acabarme la botella, la llevé conmigo al escritorio y volví a escribir, esta vez algunas reflexiones sobre los recuerdos dolorosos. Pensé en todas las cosas que hacían las personas cuando estaban tristes; salir a beber, hacer ejercicio, viajar, comer, etc., etc., eran cosas comunes en esas situaciones. En mi caso las cosas funcionaban un poco diferentes, yo escribía, escribía todo el tiempo, en mi cabeza y en mis sueños. La tristeza me provocaba más inspiración; las letras se habían transformado en una especie de salvavidas que evitaban que me ahogara en el mar de la melancolía y la depresión. 

"Uno tiene permitido deprimirse, entristecerse, apagarse por momentos. Es lo adecuado durante un duelo; pero hay muchas formas de sobrellevar los duelos; yo lo hago escribiendo."

Siempre escribiendo sobre el amor y sus complicaciones; era algo que ya se había vuelto parte de mí, de mi esencia como escritor. No podía dejar de hablar sobre algo que no tenía fin, que era eterno en el mundo: el amor. El vino ya había hecho de las suyas y me llevó hacia mi cama para quedarme dormido de inmediato. Ya escribiría más cosas sobre el amor al día siguiente, y algún día los recuerdos dejarían de ser tan constantes, algún día podría olvidar nuestro primer beso, la botella de vino, incluso su adiós hiriente y amargo. Era cuestión de esperar, y de escribir. 


(NOTA IMPORTANTE: Estimados lectores, atendiendo un poco más mi pasión por la escritura y por mi profesión: la psicología, he decidido atender peticiones para hablar sobre temas de los que a ustedes les gustaría que yo escribiera o diera mi opinión. Con gusto atenderé sus sugerencias y peticiones en la medida de mis posibilidades; de la misma forma si desean recibir algún consejo pueden escribirme al mail: mane.landerpi@gmail.com o si no es necesaria la privacidad o el anonimato entonces pueden dejarme todo en los comentarios de cualquiera de mis textos. Saludos y gracias por su amable atención.)

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