martes, 21 de junio de 2016

Él

"Él me hacía delirar, me obligaba
a perderme, a dejar de ser yo para
convertirme en parte de su alma,
de su piel."
Manelander



Él era igual que yo, del cuerpo, del deseo. Siempre llegaba a mi habitación oliendo a ese perfume francés que tanto me gustaba; serio, casi enojado, ansioso por acercarse a mí para olvidarse de lo que fuera que le atormentara en cualquier momento. Yo era su cura, su medicina, su calma. Siempre me encontraba sentado en la cama, a oscuras, escuchando a Lana del Rey, fumando, con las ventanas abiertas, dejando entrar la tenue luz de la luna, a veces desnudo, con un vaso de ese whisky caro en la mano; le gustaba besarme sin decir nada, así, llegando a la cama, sintiendo ese sabor amargo a licor en mis labios, en mi lengua. 

Él era tan mágico, tan cálido, tan hombre, tan mío, tan "todo", tan "siempre".

Le gustaba acariciarme la espalda, le gustaba estar desnudo en la cama, desnudos los dos, a mi lado, abrazándome, besándome, enredados entre las sábanas, sintiendo las telas rozando la piel húmeda de saliva, de sudor. Me tomaba cuando quería, porque sus deseos eran los míos, sus ansias eran las mías, sus ganas las mías. Me paseaba su barba por el cuello, me besaba los ojos, me hacía sentir único y especial. Yo siempre era desatendido, me paseaba desnudo por aquel departamento la mayor parte del día, con un cigarro y un vaso con jugo de piña, una copa de vino o un whisky en las rocas. Le gustaba verme nadar desnudo en su enorme alberca; me deseaba todo el tiempo, incluso cuando me tenía seguía deseándome más. 

Él me observaba siempre, incluso cuando dormía, cuando me bañaba, cuando comía, cuando me hacía el amor, cuando no me lo hacía, cuando lloraba, cuando reía.

A veces me subía a su auto, ese Mercedes Benz 1970 que tanto amaba y que cuidaba como su posesión más preciada, después de mí, claro. Le gustaba conducir por la carretera mientras me veía fumar de vez en vez, al tiempo que el viento me golpeaba la delgada tela de la playera a rayas que llevaba puesta, blanco y azul marino, con mi gafas oscuras y el cabello negro enmarañado, escuchando canciones viejas de amor en la radio. Yo siempre sentía su mano en mi pierna desnuda, pues casi siempre llevaba puestos esos pantalones cortos y desgastados que me hacían sentir tan cómodo. Él me sonreía de repente, me hipnotizaba, me robaba el cigarro y me echaba el humo en la cara, como una droga que me inundaba. 

Él treinta y cinco, yo veinticinco, ambos humanos, ambos enamorados, ambos perdidos en el otro.

Nunca he conocido a alguien como él, a alguien que me bese como él me ha besado, que meta su lengua tan profundo en mi garganta, que deje tanto de él en mí, que me haga salirme de mi cuerpo y bailar en el aire con su espíritu mientras nuestros cuerpos se deshacen en la cama. Nunca habrá nadie como él, con esa forma tan elegante de vestir, con las manos llenas de anillos dorados con piedras incrustadas. Como él no hay, ni habrá, nadie. 


(NOTA IMPORTANTE: Estimados lectores, atendiendo un poco más mi pasión por la escritura y por mi profesión: la psicología, he decidido atender peticiones para hablar sobre temas de los que a ustedes les gustaría que yo escribiera o diera mi opinión. Con gusto atenderé sus sugerencias y peticiones en la medida de mis posibilidades; de la misma forma si desean recibir algún consejo pueden escribirme al mail: mane.landerpi@gmail.com o si no es necesaria la privacidad o el anonimato entonces pueden dejarme todo en los comentarios de cualquiera de mis textos. Saludos y gracias por su amable atención.)

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