miércoles, 28 de septiembre de 2016

Un día

"Escribo cuentos y relatos que no son
espejo de mi vida consciente, pero sí, 
seguramente, de mi realidad inconsciente."
Manelander
Ahora siento frío en mi habitación. Fue no hace mucho tiempo cuando lloraba mares por no tener tus brazos para darme calor. Parece que fue ayer que te extrañaba tanto que nada me bastaba, ni la compañía, ni la soledad, ni el aire, ni nada. Tú eras mi aire, tú eras mi todo. Cómo pasa el tiempo, ¡en verdad que sí! Ahora puedo entender mejor cuando uno pierde algo o a alguien. Ahora creo que soy fuerte, fuerte para soportar la sensación de vacío, cuando alguien se va y no vuelve. 

Todo es mejor ahora, todo es más llevadero. Ahora que he aprendido a soltar, sí, justo en el momento en el que has decidido regresar. 

Pero si yo a ti ya te enterré en mi mente, no, peor, te borré, como si nunca te hubiera conocido. No lo hice por ser cruel, lo hice para salvarme de ya no tenerte, para salvarme de ya no tener todo lo que el futuro me pretende arrebatar. Entender es curar, curar heridas y golpes, no del cuerpo, del alma. 

Un día te amé tanto que ya no lograba reconocerme sin ti. Ahora que has vuelto mi memoria te deja escapar de nueva cuenta. Un día, debes saber, en el pasado, deseé tanto tenerte que el mundo entero no tenía importancia si tú no estabas. Un día fui tan tuyo que dejé de existir, me convertí en parte de tu piel, de tu saliva, de tu cabello, del aire que inhalabas. Un día me perdí en ti, me perdí tanto que fui incapaz de encontrarme cuando te hubiste marchado. 

Amamos tanto que deformamos al amor con nuestro exceso; lo volvemos otra cosa, una que es enfermiza y dolorosa. 

Ahora ya no te amo, ya no pienso en ti como un día lo hice. Ahora soy diferente, mi mundo es diferente. He reconocido que hay un universo entero esperando, esperándome. Puedes irte nuevamente, yo ese asunto ya lo he entendido, no superado, porque no se trata de superar sino de entender, de hacerlo nuestro y vivirlo sin conflicto. 

Un día te amé... hoy ya no. 

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domingo, 25 de septiembre de 2016

Náuseas

"Sentimos ascos constantes, de los
profundos, de los del alma."
Manelander



Cuando era niño tuve muchas repulsiones, muchas cosas me causaban asco; los vegetales, algunas frutas, los sabores amargos de las semillas de algunas frutas, el olor penetrante del aceite en la cocina, la piel partida de las personas obesas, las verrugas en los ancianos. Muchas cosas en la infancia me daban náuseas, pero además de todas las anteriores hubieron algunas otras que me provocaban peor repulsión, una repulsión en el alma, en el corazón. 

Pude sentir repulsión al imaginar lo que los adultos hacían al cerrar la puerta de sus habitaciones, en pareja iban siempre; papás, mamás, tíos y abuelos. Algo me decía que hacían cosas desagradables, que tras cerrar la puerta se torturaban entre ellos y hacían todo lo que a los niños no nos era permitido. 

La repugnancia que se siente en el alma te acelera los latidos, te angustia, te hace sudar frío.

Al crecer, pensé que mis náuseas mentales desaparecerían, pero estaba muy equivocado. Imaginaba a mis profesores intentando seducir a sus alumnas, pre-adolescentes, y a sus alumnos varones también. Alguna vez sentí que uno de mis profesores se enamoraba de mí, de un mocoso de edad temprana; sentía que le gustaba tocarme la cabeza para despeinarme, que lo hacía cada vez que podía, y quería, porque era el adulto y yo el niño. También sentía la misma repugnancia cuando mi padre o mi madre se iban a alguna reunión de trabajo; tenía la impresión imaginaria de que hacían en sus reuniones todo tipo de cosas prohibidas y desagradables. 

Algo en mi interior siempre me arrastraba a la náusea desagradable que me erizaba la piel y me hacía tragar con la garganta seca. Había una sensación enfermiza en aquellos pensamientos míos, un asco profundo y repugnante. El mundo se volvía lodo, polvo y moho, podredumbre. 

Tuve náuseas al imaginar a familiares haciendo cosas asquerosas. Tuve náuseas al imaginar cosas prohibidas. 

Cuando crecí y tuve mi primera relación amorosa, imaginaba a mi novio burlándose de mí mientras besaba a otro, mientras tocaba su piel, mientras tenía sexo con él y disfrutaba mentirme; era para él mucho más delicioso tener sexo con alguien si sabía que me engañaba. Esas cosas imaginaba yo, no eran ciertas, pero las imaginaba y me provocaban repulsión. 

Pasaron muchos, muchos años, y creí que después de aquel enamorado no volvería a sentir náuseas emocionales, pero me equivoqué. Volví a sentir esa repulsiva respuesta de mi alma en la adultez, cuando me enamoré de nuevo, intensamente, de otro joven, que con el paso de los días desistió de brindarme su compañía para volver a los brazos de su ex-pareja. Podía imaginarlos perdiéndose en la saliva y el sudor del otro, fundiendo sus pieles; imaginaba yo como mi imagen se le borraba de la mente porque al fin tenía lo que tanto quería, me sentía olvidado, condenado a la soledad, mientras ellos gozaban de sus cuerpos y de sus deseos. 

He sentido nuevamente náuseas, tiempo después, al leer un par de cuentos de un escritor francés, quien relata los caminos retorcidos del deseo. Novelas cortas con tintes hedonistas y sexuales. Los personajes se dicen a sí mismos que sienten culpa por haber hecho algo prohibido. Yo siento la culpa con ellos, mi corazón se acelera al imaginar los actos ilegales y poco morales acontecidos en la trama. Creo que nunca dejaré de sentir esta náusea, que simplemente, con los años, me ha demostrado que son mis propios deseos censurados e inhibidos por las partes más moralistas y éticas de mi mundo interno. 


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viernes, 23 de septiembre de 2016

El demonio neón; lo atrevido y vanguardista.

"¿Qué se siente? Entrar a una
habitación que es como si 
estuvieras en medio del
invierno... y tú eres el sol."
El demonio Neón


Me ha costado mucho ordenar mis ideas para elaborar este texto, pues nunca había visto un tipo de cine con estas características. Aún no estoy seguro de poder colocarlo en la clasificación de cine de arte o cine de culto porque tengo demasiadas dudas, dudas que para nada me hacen pensar que esta es una mala película, al contrario, de inicio debo recomendarla muchísimo. 

La realidad es que estoy a ciegas, pues nunca había tenido la oportunidad de ver un largometraje del cineasta danés Nicolas Winding Refn, el cual, según he investigado, tiene un muy particular estilo al momento de crear cine. Según he notado en varias críticas, Refn tiene la capacidad de crear escenarios muy atractivos en sus filmes, bajo historias bastante dadas a la interpretación, y como psicólogo debo agradecer este atributo. 

La película se centra en Jesse (Elle Fanning), una chica de 16 años que se ha mudado a una gran ciudad para comenzar a hacer carrera como modelo. Su cautivadora belleza y naturalidad le otorgarán a manos llenas todo lo que soñaba y más. Así, Jesse, tan segura de si misma, conocerá las partes más oscuras de la fama en la vida de una top model; su vida comenzará a matizarse de una forma retorcida y dramática que provocará las más bajas sensaciones humanas a través de la pantalla. 

"Espectacular, repugnante y deliciosa. La película es una prueba más de la maestría en estética trash de Refn."
(Jessica Kiang, The Playlist, USA)

Podremos observar aristas humanas oscuras como la envidia, la vanidad y los deseos sexuales enfermos. A mi gusto, Refn hace una especie de mezcla artística que resulta en un río de colores, música y análisis del comportamiento humano. Realmente la historia dibujada en el largometraje no se aleja tanto de la realidad, de hecho, considero que está demasiado cerca de ella. 

Jesse deberá enfrentarse a la avalancha de emociones que caerá sobre ella por un sólo motivo: su belleza. The neon demon (su nombre original) es una película estética, precisamente, colmada de colores y luces, con una excelente música que se apega al contexto de manera perfecta gracias al trabajo del compositor estadounidense Cliff Martínez, además de un exquisito final musical bajo la genial voz de Sia, con el tema Waving Goodbye. 

"Una luminosa pesadilla, empapada en sudor frío, con una energía oscura."
(Robbie Collin, Telegraph, USA)

El filme ha recibido una crítica bastante dividida; tenemos a los que no dejan de llamarla "pretensiosa" y "falta de contenido", y también a aquellos que la juzgan como un acierto cinematográfico como un género nuevo, vanguardista y tendencioso. En mi opinión, comparto que se trate de una especie de nuevo género en el que se pueden percibir piezas de suspenso, drama, terror y arte. 

Las actuaciones no son las mejores del cine, no porque los actores no sean excelentes, sino porque el guión pareciera que no exige demasiado; la película demanda atención en otros elementos y, extrañamente, las actuaciones importan menos de lo normal. Elle Fanning hace un papel estupendo y se rescata este despunte que está teniendo como actriz, además de que su belleza, inocencia y dulzura son incomparables. También encontramos a Keanu Reeves y a la encantadora Jena Malone (Los juegos del hambre) en un personaje ácido y misterioso. Será interesante ver qué más nos presenta Refn en el futuro. 

Puedo decirles, queridos lectores, que El demonio neón se mete en mi lista de lo mejor que he visto en el transcurso del año y que, para todos aquellos que gustan del cine estrambótico, perverso y enfermo como yo, es una película cien por ciento recomendable, llena de simbolismo que regala mares y mares de interpretación; ver El demonio neón está de moda, literalmente. 



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Respetable Dr. Freud (I)

Respetable Dr. Freud:
Me he atrevido a escribir esta carta con la ilusión de una respuesta suya que logre satisfacer mis ganas de recibir su consejo y opinión con respecto a varios asuntos de la vida que me hacen ruido constantemente. 

He iniciado mi formación psicoanalítica con la esperanza de poder ver y entender el mundo de una manera intensa y profunda, poco común debo agregar. He sentido una pasión desbordada por la psicología desde mi adolescencia, y pienso, sin temor a equivocarme, que el psicoanálisis me otorga una cantidad importante de satisfacciones personales y profesionales. 

He leído muchos textos de su autoría y todos, sin excepción, me han parecido sumamente interesantes y dignos merecedores de análisis y debate. Su teoría, simplemente, es una de las teorías de la mente humana más famosas y renombradas. Al respecto, a veces tengo la sensación de que todo tiene un sentido oculto del que la gran mayoría de los seres humanos somos ajenos. No puedo evitar ver a las personas caminar por la calle, pensativas, envueltas en sus propios conflictos y, muchas veces, también en los de sus seres cercanos; las mujeres descuidadas físicamente, los hombres obesos, los niños con infancias insípidas o violentas, las personas neuróticas y tantos más que se suman a una lista enorme de cuestiones que pueden llegar a preocuparme. El amor, tal parece, es el tema que más me intriga; existen tantas variaciones en la vida amorosa de las personas que he llegado a pensar que casi todos logran confundirlo con otro tipo de sentimientos o emociones. Son esas familias disfuncionales y esas parejas que viven bajo una eterna tormenta las que me hacen confundirme, y pienso entonces que el amor es escaso, porque no logro verlo siempre en todas partes, como quizá debiera. 

No pretendo extenderme más, por ahora me queda la satisfacción de haber enviado esta carta a una persona tan importante. Esperaré ansioso su respuesta y, en caso de recibirla, no dudaré en volver a escribir. Gracias por su tiempo para leerme. Su admirador: 

Psic. Mane Lander

_________________________________________________________________________

Estimado Psic. Mane Lander:

He de confesarle que me siento profundamente halagado a través de tantos cumplidos que me hace usted en su carta. Por favor, siéntase libre de escribir cuando le plazca; la correspondencia es una forma nutritiva de construir lazos importantes. 

Con respecto a la teoría psicoanalítica, no puedo asegurarle que posea la respuesta a todas las preguntas de la humanidad, pero sí posee el intento importante que se requiere para entendernos mejor a nosotros mismos. Esta construcción tan profunda ha nacido de la necesidad que mantengo de querer entender el origen de todo; no podría pensar más semejante a usted, pues nada en este mundo puede resultar completamente casual o azaroso, aunque ya verá que también existen situaciones o acciones de la vida humana que ocurren sin que las entidades psíquicas intervengan del todo; accidentes, diría yo. 

La humanidad ha construido su propia destrucción; ha leído bien, "construido", porque hemos orquestado todo un planeta con el objetivo primario y simple de llegar a nuestra propia destrucción. ¿No le parece que entre más tiempo pasa, más nos acercamos al final como especie? Y es que como podrá darse cuenta, en todo, hay finitud. Nada puede ser para siempre en la Tierra, nada puede ser eterno. Por los motivos anteriores he de pensar que existe una parte oculta en la mente humana que desea auto-destruirse, y no habrá mayor acierto de la naturaleza. Así, las personas vivimos vidas enfermas, algunas tan colmadas de síntomas que su recuperación se encuentra demasiado distante; ya irá descubriendo los rincones de la psique conforme avance en su trabajo psicoanalítico, uno que requiere esfuerzo y paciencia. Del amor, por cierto, podríamos escribir cartas enteras y jamás llegar a una conclusión acertada; pero lo que sí puedo decirle es que el amor ha de encontrarse en todos lados, sí, pero en presentaciones distintas, a veces tan distorsionadas que lo que otros podemos reconocer es algo demasiado distinto a nuestra concepción conocida de amor. Las personas aman, muchas veces, de maneras enfermas. 

Me despido, no sin antes decirle que cuenta con todo mi apoyo en su formación psicoanalítica y, que mejor forma de avanzar en aquel camino que consultar a quien lo creó. Mis sinceros saludos. 

Atentamente: 
Dr. Sigmund Freud 

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domingo, 18 de septiembre de 2016

Extrañas obsesiones

"En mi camino encontré tantas cosas
extrañas, tantas personas, tantos 
objetos sin forma, sin fin."
Manelander


Vi muchas cosas en mi sendero, mientras avanzaba en el camino de la vida. Me topé con una mujer que le temía a los gatos, quizá porque en su vida jamás hubo silencio y calma como la que viven los pequeños felinos. Vi también a personas que le temían al dolor, tanto le temían al dolor del corazón que preferían tenerle miedo a los dentistas y a los exámenes de sangre, como si desplazaran sus miedos a otros dolores más "entendibles".

Me encontré con extrañas personas que sentían repulsión por algunos vegetales, como si el papel de devorar se invirtiera y ellos, los humanos, vivieran con el miedo constante de ser devorados por las lechugas y los chícharos.

También conocí personas que no conciliaban el sueño sin sus tres o cuatro almohadas, todas dispuestas a su alrededor, como nubes acolchadas; también estaban lo otros, esos que no podían dormir si cerca había más de una almohada. Conocí a los que hablaban dormidos, aquellos que mantenían conversaciones con quien sabe quién, en quién sabe qué parte de su inconsciente, murmurando cosas que nunca pude comprender. 

Por supuesto no pude ignorar a aquellos que se lavaban más de dos veces las manos, antes y después de comer, esos que me dejaban la sensación de estar viendo a personas con el alma sucia y, por desgracia, al no encontrar forma de limpiarla, preferían limpiar su cuerpo repetidamente, con agua y jabón, como si quizás un día, de esa manera, lograran limpiar lo que por dentro lucía enlodado o polvoriento. 

También conocía a un hombre adulto que detestaba la oscuridad y encendía todas las luces de su casa, aunque fuese de día. Me recordaba a un niño pequeño muriendo de miedo en su habitación, sin una madre cerca que pudiera consolarlo y protegerlo de sus monstruos imaginarios. 

Hubo una niña pequeña, poco simpática en realidad, que usaba ropa de hombre; pero aquella acción no era lo que me intrigaba, sino su tristeza eterna por vivir en un mundo que reprobaba su atuendo. Esa niña tenía un hermano pequeño que comía mantequilla a mordidas; barras y barras de mantequilla eran ingeridas por el pequeñín, regordete como un sapo, todos los días, como barras de chocolate. Su madre tenía terror a las etiquetas; en la ropa, en los objetos nuevos, en los comestibles. Esa mujer odiaba todas las etiquetas, excepto una, la que ponía sobre su hija con ropa de hombre, esa etiqueta de "masculina" que hacía a la pequeña profundamente infeliz. 

Me encontré con tantos y tantos; con ancianos que tenían temor de vivir más, deseosos por conocer el fin de sus días. Pude ver a mujeres que se convertían en hombres, y hombres que se convertían en mujeres; pude ver también a gente que perseguía a esos hombres y mujeres, y los rechazaba, y los detestaba. Me encontré con mujeres tan delgadas que ya ni siquiera el espíritu les cabía dentro, pero que en sus espejos se veían obesas; a mujeres obesas que en sus espejos se veían esbeltas, como algunas vez lo habían sido, cuando fueron felices, un tiempo corto de su juventud. A esas que se bañaban en químicos para desaparecer su decadencia, las arrugas y marcas de una vida abundante que se acercaba más a su final, y también a las jóvenes queriendo comportarse como las maduras, queriendo devorar el mundo en un bocado. 

Vi tantas y tantas obsesiones y extrañezas; me familiaricé con ellas. Intenté encontrar mis propias extrañezas, pero ahora entiendo que eso es algo que solamente alguien más puede ver, pues uno mismo no está nunca preparado para ver su propia imperfección del todo. 

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

La constancia de la pérdida

"Se pierden cosas para ganar nuevas, 
luego, al pasar un tiempo, esas nuevas
son ya viejas y necesitan ser perdidas
para que otras, que sí son nuevas, 
lleguen a ocupar un lugar."
Manelander


Hay un tema importante que siempre me conduce a pensar en todas esas cosas que están y después dejan de estar, es decir, las perdemos, se van. Si yo pudiera hacer un recuento de todas mis pérdidas llenaría libros enteros; desde aquellos billetes que nunca encontré, que seguramente debí dejar en el asiento trasero del taxi, hasta los segundos que voy perdiendo de vida con el paso de los días. 

La pérdida es tan necesaria como las nuevas experiencias, las cuales no podrán acontecer si retenemos todo lo viejo.

Es inevitable perder cosas, y el duelo que viene después de ello es tan necesario como la pérdida misma. Ya te todo esto he hablado en diversas ocasiones y cada vez que conozco algo nuevo y luego dejo de tenerlo me nace la necesidad de escribir al respecto. 

En algunas ocasiones puedo relacionar la pérdida con figuras humanas principalmente, y puedo suponer bien cuando digo que las pérdidas más dolorosas son las que tienen que ver con la muerte y el desamor. Cuando conozco a personas nuevas, hombres que desean tener algún tipo de cercanía conmigo, sé que hay un riesgo importante de perder aquel contacto en algún punto por cualquier motivo. Es en este caso en el que comienzo a imaginar a la pérdida como una estructura formada de hilos, un tipo de lazo que se construye de la nada a partir de sentimientos, emociones, contacto físico, frecuencia, paciencia y esfuerzo; imagino a todas esas cosas como pequeños hilos que se se van entretejiendo poco a poco hasta formar, con mucha dedicación, una soga fuerte que es capaz de sostener a las personas involucradas en sus dos extremos. Es de este modo, como la mayor parte del tiempo me acontece a mí y a los demás, las personas, en su desesperación por cristalizar todo aquello, dejan caer "todo el peso" en aquellos hilos tiernos antes de tiempo, lo que termina en desastre y pérdida, pues los pobres hilos aún no pueden sostener nada y se romperán por obvias razones. 

A veces somos tan voraces e impacientes que queremos poseer y retener a toda costa; la impaciencia, la desesperación y la intensidad de lo emociona genera pérdidas prematuras y constantes.

He conocido a demasiadas personas que, emocionalmente, llegan a exigir demasiado y lesionan el principio de aquella construcción. Los seres humanos estamos sometidos a pérdidas constantes, a duelos constantes, inevitablemente. A veces nosotros mismos somos provocadores de las propias pérdidas y entramos en círculos viciosos dolorosos y llenos de frustración. En particular, algo que me ha sucedido últimamente, es eso de conocer prospectos de pareja y después, por alguna razón, terminar el contacto con ellos; desde el chico demasiado intenso y dramático que demanda, prematuramente, una atención que aún no le corresponde, hasta el chico extraño que comienza con mucha energía y con el paso del tiempo pareciera que va desfalleciendo hasta que se "esfuma" sin dejar rastro alguno de su existencia. Es difícil encontrar los puntos medios, pero básicamente es lo ideal, no sólo en lo relacionado a la pareja, sino en todo lo que nos rodea. En este caso he perdido muchísimos contactos de este tipo y, aunque no son importantes porque duran muy poco tiempo, son pérdidas pequeñas con las que he aprendido a lidiar. El punto es, entonces, que no se trata de evitar las pérdidas, pues son inevitables generalmente, sino que se trata de aprender a lidiar con ellas de maneras adecuadas y sanas. 

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sábado, 10 de septiembre de 2016

Cine para psicólogos: El cisne negro de Darren Aronofsky

"Tengo una pequeña tarea para ti. 
Ve a casa y tócate. Vive un poquito."
El Cisne Negro 



Al fin he podido encontrar el espacio para escribir sobre una de mis películas favoritas en el mundo entero (sino es que mi película favorita en el mundo entero). Y es que El cisne negro me atrapó desde el primer día que la vi, en una de mis clases de psicología en la universidad. Una de mis profesoras era psicoanalista y decidía, de vez en cuando, algunos largometrajes para ver en clase. A veces pienso que esa película fue el primer contacto cercano que tuve con el psicoanálisis de algún modo; me envolvió tanto que no pude esperar mucho para comprar el DVD y verla de nueva cuenta en casa. 

El cisne negro es la película perfecta para aquellos que se interesan por el psicoanálisis y la mente humana. Un trabajo tan explicativo como los ensayos Freudianos.

En principio tenemos a la protagonista de la historia, Nina Sayers (Natalie Portman), una joven bailarina de una compañía artística de Nueva York. La personalidad de Nina, desde el comienzo del filme, ya nos dice demasiado, pues se trata de una mujer tímida, introvertida y con rastros infantiles colocados en detalles que no logran pasar desapercibidos. Nina vive con su madre, una mujer controladora y, por qué no, aterradora; una ex bailarina de ballet demandante y obsesiva que coloca sus deseos y sueños en su joven hija al grado de la asfixia. Nina, por su parte, es candidata favorita para interpretar a la reina cisne de la mundialmente conocida pieza "El lago de los cisnes". La reina cisne requiere la interpretación de dos papeles: el cisne blanco; un personaje elegante, puro y majestuoso, y el cisne negro; uno opuesto a la bondad y elegancia del primero, bastante sensual, extrovertido y malvado. Ese año, la bailarina que sea elegida deberá interpretar ambos personajes. Para Nina el asunto se convierte en un reto y comienza una lucha interna en donde debe esforzarse cada vez más para que el cisne negro en su interior emerja tan perfectamente como lo hace el cisne blanco, el cual no le cuesta ningún trabajo interpretar pues se apega demasiado a su personalidad común. Nina se verá envuelta en cuestiones como culpa, remordimiento, angustia, celos, rivalidad y hostilidad; varios términos usados frecuentemente en el psicoanálisis. 

Existe un continuo apego a los conflictos internos relacionados con la madre y las figuras importantes en la vida humana dentro de El cisne negro. Nina es la perfecta representante de los conflictos Edípicos propuestos por Freud. 

El cisne negro puede ser una extensión bastante importante, en cuanto a material psicológico, de Psicosis del maestro Hitchcock. Podemos observar lo terrible que es el amor desbordado de una madre que va de lo tierno y gentil a lo agresivo y hostil, constantemente. El control que se ejerce sobre Nina es, literalmente, enfermizo y por ese motivo ha de arrastrarla a la locura más profunda. La pregunta es innegable: ¿pero quién no enloquecería con una madre así? Ya lo hizo también el pobre de Norman Bates (Psicosis), es sólo que él prefirió, sin ser menos terrible que la opción de Nina, acabar con el tormento externo de su madre, asesinándole, pero quedándose con ella introyectada en su mente, tan integrada a su personalidad que Norman es ella, su madre, quien habla y actúa conforme a sus deseos a través de su propio hijo. En el caso de Nina, el final es la segunda opción por la que pasa la psicosis (si no has visto la película es mejor que no comente yo el final). 

Darren Aronofsky nos regala esta suculenta pieza de arte que, por desgracia, no logró obtener el Oscar como mejor película en 2011, pero pudo obtener Natalie Portman la estatuilla como mejor actriz, y vaya que se lo merecía. El largometraje obtuvo críticas bastante buenas y es considerada como una de las películas de cine de arte más recomendadas en la actualidad. Cada personaje es como un símbolo que representa algo importante del interior psíquico de la protagonista, símbolos y representaciones que significan un conflicto del cual deberá luchar si quiere salir bien librada de todo aquello. El cisne negro es un obra artística que no puedo dejar de recomendar a mis colegas y a todos aquellos que estén interesados. Es la odisea de la psicosis y la génesis de la misma retratadas de una manera armoniosa, artística, acompañada de una música exquisita y piezas de ballet placenteras a la vista. Desde la portada principal de la película podemos ver una relación con Psicosis de Hitchcock; y es que aparece el rostro de Nina roto, tal y como aparecen las letras de Psicosis en su portada principal; una clara representación de la mente psicótica

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Sexo y tabú

"Lo único que me parece enfermo
en este mundo es hacer del sexo
algo enfermo."
Manelander




Mis queridísimos lectores, hoy les traigo un conjunto de letras que, una vez más, se sumergen en el mar del erotismo y la sexualidad. Y es que esto se me ha venido a la cabeza por dos razones: la primera de ellas es que estoy leyendo una obra de Freud llamada Tótem y tabú, en donde básicamente, el padre del psicoanálisis explica ambos conceptos como un manifiesto de sus influencias primitivas en la cultura actual y su influencia en el inconsciente del hombre contemporáneo; vaya texto tan suculento a la lectura. La segunda razón es algo más "personal", porque, de nueva cuenta, he tomado una experiencia de vida como fuente de inspiración para regalarles este texto; y es que hace unas semanas conocí a un chico que, en principio, me dejó muy claro que sus intenciones no eran sexuales. No tuve ningún problema al respecto, en realidad entendía la situación de aquel muchacho. Sin dar más detalles, al final, todo resultó catastrófico, pues cada vez que yo hacía algún tipo de comentario relacionado con la vida sexual en general, aquel chico estallaba en reclamos y me atacaba, de manera agresiva, argumentando que lo único que yo buscaba de él era un simple acostón (tener relaciones sexuales). Era sorprendente para mí este tipo de "paranoia sexual", pues el muchacho sentía que todo el mundo quería llevarlo a la cama, y peor aún, que el sexo era algo peligroso debido a las enfermedades y a la falta de sentimientos que las personas en la actualidad cargaban consigo. Para él, el sexo "casual" era un atrevimiento, un descuido y una falta de buen juicio. 

Todo miedo o aversión encubre un deseo profundo que es inhibido y desplazado hacia otros objetos, a través de formas que probablemente sean inadecuadas para el sujeto. 

En algún punto, aquel joven argumentó que era una persona precavida y que por eso no tenía relaciones sexuales, que eso lo hacía responsable y que se sentía "muy bien" viviendo de ese modo. Yo, por supuesto, no pude evitar comenzar a analizar la situación. 

El muchacho en cuestión tenía un diagnóstico psiquiátrico relacionado con el estado de animo. Como psicoanalista en formación pude obviar en mis pensamientos que era evidente, para mí, que no vivía "muy bien" como decía, al contrario, siempre me daba la impresión de tratarse de una persona angustiada y con miedo. Por supuesto, esa aversión a la sexualidad en realidad esconde un deseo a dicho contacto, pero es un deseo reprimido, atado por las fuerzas psicológicas internas, por alguna razón que desconozco pero que seguramente tiene que ver con su historia familiar y los asuntos de su infancia temprana. Al final hubo una conversación algo subida de tono y pude notar ahí su deseo de algún tipo de contacto sexual, ese deseo que lleva atrapado durante mucho tiempo, pero, por supuesto, el inconsciente jamás permite al humano actuar a sanamente si hay asuntos importantes sin resolver, así que la conversación terminó siendo un desastre, el joven comenzó a atacarme y a culparme de la conversación y me colocó el papel de agresor y él se adjuntó el de la víctima. Terminó por desaparecer y bloquearme de todo medio de comunicación posible bajo el argumento, equivocado y totalmente fantasioso, (como desde el principio) de que yo solamente lo veía como un objeto sexual. 

El punto de todo esto es que en el mundo aún se considera el tema sexual como una práctica indigna, impropia o insana, es decir, tabú. Pero debemos reconocer que inhibir la práctica o el deseo sexual, siendo inherente a la naturaleza humana, es un estado contrario al flujo natural. El deseo sexual está en cada ser humano, no importa la cultura, el lugar o el momento histórico; todo ser humano tiene deseos sexuales, incluso aquellos con capacidades mentales y físicas distintas. Nada es un impedimento para los instintos. 

Hablar de sexo, analizarlo, desearlo y practicarlo son asuntos que debería considerarse comunes y que, por supuesto, generan una satisfacción en cada persona.

El sexo está en todas parte porque está en nosotros. No puedo, entonces, encontrar un regalo mejor desde la naturaleza hacia la vida humana que la capacidad y la facilidad para encontrarnos con el otro en una explosión de placer carnal. Hablemos de sexo, hablemos de orgasmos, hablemos de todas esas cosas que nos da miedo pronunciar, inclusive. 

Pienso que no hacer algo no es ser precavido, no hacer algo es simplemente inhibir; ser precavido es llevar a cabo acción con uso de responsabilidades que pongan en menor riesgo nuestra existencia. Hay una diferencia abismal entre tomar precauciones e inhibir nuestras acciones por temor o por angustia. Siempre habrá una razón en las profundidades de nosotros mismos y, del mismo modo, siempre habrá una manera en la que lo reprimido salga a la luz de maneras inadecuadas. 

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