domingo, 25 de septiembre de 2016

Náuseas

"Sentimos ascos constantes, de los
profundos, de los del alma."
Manelander



Cuando era niño tuve muchas repulsiones, muchas cosas me causaban asco; los vegetales, algunas frutas, los sabores amargos de las semillas de algunas frutas, el olor penetrante del aceite en la cocina, la piel partida de las personas obesas, las verrugas en los ancianos. Muchas cosas en la infancia me daban náuseas, pero además de todas las anteriores hubieron algunas otras que me provocaban peor repulsión, una repulsión en el alma, en el corazón. 

Pude sentir repulsión al imaginar lo que los adultos hacían al cerrar la puerta de sus habitaciones, en pareja iban siempre; papás, mamás, tíos y abuelos. Algo me decía que hacían cosas desagradables, que tras cerrar la puerta se torturaban entre ellos y hacían todo lo que a los niños no nos era permitido. 

La repugnancia que se siente en el alma te acelera los latidos, te angustia, te hace sudar frío.

Al crecer, pensé que mis náuseas mentales desaparecerían, pero estaba muy equivocado. Imaginaba a mis profesores intentando seducir a sus alumnas, pre-adolescentes, y a sus alumnos varones también. Alguna vez sentí que uno de mis profesores se enamoraba de mí, de un mocoso de edad temprana; sentía que le gustaba tocarme la cabeza para despeinarme, que lo hacía cada vez que podía, y quería, porque era el adulto y yo el niño. También sentía la misma repugnancia cuando mi padre o mi madre se iban a alguna reunión de trabajo; tenía la impresión imaginaria de que hacían en sus reuniones todo tipo de cosas prohibidas y desagradables. 

Algo en mi interior siempre me arrastraba a la náusea desagradable que me erizaba la piel y me hacía tragar con la garganta seca. Había una sensación enfermiza en aquellos pensamientos míos, un asco profundo y repugnante. El mundo se volvía lodo, polvo y moho, podredumbre. 

Tuve náuseas al imaginar a familiares haciendo cosas asquerosas. Tuve náuseas al imaginar cosas prohibidas. 

Cuando crecí y tuve mi primera relación amorosa, imaginaba a mi novio burlándose de mí mientras besaba a otro, mientras tocaba su piel, mientras tenía sexo con él y disfrutaba mentirme; era para él mucho más delicioso tener sexo con alguien si sabía que me engañaba. Esas cosas imaginaba yo, no eran ciertas, pero las imaginaba y me provocaban repulsión. 

Pasaron muchos, muchos años, y creí que después de aquel enamorado no volvería a sentir náuseas emocionales, pero me equivoqué. Volví a sentir esa repulsiva respuesta de mi alma en la adultez, cuando me enamoré de nuevo, intensamente, de otro joven, que con el paso de los días desistió de brindarme su compañía para volver a los brazos de su ex-pareja. Podía imaginarlos perdiéndose en la saliva y el sudor del otro, fundiendo sus pieles; imaginaba yo como mi imagen se le borraba de la mente porque al fin tenía lo que tanto quería, me sentía olvidado, condenado a la soledad, mientras ellos gozaban de sus cuerpos y de sus deseos. 

He sentido nuevamente náuseas, tiempo después, al leer un par de cuentos de un escritor francés, quien relata los caminos retorcidos del deseo. Novelas cortas con tintes hedonistas y sexuales. Los personajes se dicen a sí mismos que sienten culpa por haber hecho algo prohibido. Yo siento la culpa con ellos, mi corazón se acelera al imaginar los actos ilegales y poco morales acontecidos en la trama. Creo que nunca dejaré de sentir esta náusea, que simplemente, con los años, me ha demostrado que son mis propios deseos censurados e inhibidos por las partes más moralistas y éticas de mi mundo interno. 


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