domingo, 23 de octubre de 2016

II.Todas mis luces: La mujer de magia

Para Angelina...

"Antes no sabía que podía obtener cosas
con solo desearlas hasta que ella llegó
a mi vida; descubrí el poder que había
dentro de mí."
Manelander



Ya estaba yo sentado en la mesa de siempre del café. Había encendido un cigarro para esperarla. El mesero siempre era amable conmigo, no sé si porque era amigo de su jefa o porque realmente era amable con todos los clientes. Nunca lo sabré. Pedí un té caliente de algo extraño, como siempre. El cielo estaba despejado, hacía calor pero un viento húmedo relajaba la piel. 

-Hola -dijo ella al aparecer frente a mí, con las gafas de sol puestas y una sonrisa de oreja a oreja. Siempre aparecía sonriendo, siempre con un polvo brillante detrás de ella, siguiéndola a todos lados, como las hadas de los cuentos. 

No teníamos mucho tiempo de conocernos, incluso nos habíamos conocido por otras amistades, una noche en un bar. Pero supe desde el principio que algo mágico decidió conectarnos instantáneamente; era una especie de movimiento del destino sobre el tablero de nuestras vidas, un movimiento esencial para ambos. 

- ¿Cómo estás? -pregunté. 

-Muy bien, ¿y tú?

-Muy bien, también. 

- ¿Cómo va ese corazón?

-Ay, amiga -dije poniendo cara de angustia y penar-. Mal. Creo que las cosas no están funcionando como yo quisiera. 

-No todo resulta como uno quisiera -consoló ella. 

-Ya sé, pero es que no se qué hacer. 

-No necesitas hacer nada que no sea ser tu mismo y fluir, necesitas fluir con todo lo que te rodea. Mientras sigas estando tenso entonces detienes el flujo de energía y todo se entorpece. 

-Me cuesta demasiado fluir -me negué. Ella encendió un cigarro y vio hacia la calle que estaba frente a nosotros.

-Así sucede, pero si las cosas se tienen que dar, entonces, se darán. 

- ¿Tú crees?

-Por supuesto. Si dejáramos de pelearnos con la vida las cosas serían más sencillas. 

Las conversaciones con ella siempre duraban horas y horas. Tazas y tazas de café y té, infinitamente, pasaban por nuestras gargantas, alimentando más pensamientos que se convertían en palabras, palabras que eran conjuros y encantamientos. Ella y yo teníamos nuestro pequeño aquelarre, nuestro círculo secreto, y en los días soleados o nublados, en las noches de luna llena o cuando la misma estaba menguando, ella y yo nos reuníamos para hablar de las profundidades de nuestro ser. Nada era nunca superficial ni suficiente. Era como si el aire trajera a nosotros la calma, como si el calor del sol iluminara nuestro sendero, como si el agua del mar en nuestro pies nos proporcionara alivio y calma, como si los árboles alrededor hicieran de nuestra vida algo más especial, algo más divino. Ella ordenaba sus pensamientos y podía separarlos de sus emociones. Para ella el amor era magia pura, una que no se encuentra en cualquier lado y que, extrañamente, no todos pueden alcanzar. Se trataba de una mujer de sueños, de símbolos, de señales; ella misma estaba hecha de conjuros, de polvo de estrellas, del aroma del café, del incienso y del humo del cigarro. Podía cerrar los ojos y meterse dentro de ella misma para explorar su universo interno, descubrir lo que estaba fallando e intentar arreglarlo; a la vez podía salirse de su cuerpo y viajar a otros lugares, a visitar a otras personas, en sus sueños y en sus pensamientos. Ella y yo concebíamos al amor de una manera muy parecida, lo vivíamos también de maneras similares. Cuando yo me asfixiaba con mis angustias ella soplaba en mi rostro un poquito de calma. Con ella las cosas dejaban de parecer tan terribles, tan amenazantes, tan destructivas. Con ella yo era fuerte, valiente y atrevido. Ella estaba hecha de magia, de partes del universo, de luz de otras estrellas en otras galaxias. Ella era mi cofradía, mi hermana en las noches, cuando la luna alcanzaba su cenit y podíamos manipular los hilos a nuestro favor. Las tazas de café: nuestros calderos, nuestras pláticas: los hechizos. 

-En la noche vayamos por un vodka -dijo ella con soltura. 

-¡Vayamos! -respondí yo con entusiasmo. Nos vestiríamos de negro y bailaríamos a media noche bajo la luna, con los pies descalzos dentro de las aguas del mar. 



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Textos relacionados:

"I.Todas mis luces: La mujer de fuego"
"La chica de las piedras"
"Querer querer"

miércoles, 19 de octubre de 2016

Lo alivioso

"Existen espacios vacíos que al ser
llenados con las palabras correctas
tienen un efecto alivioso." 
Manelander


Cada vez que la angustia se apodera de mí hago un berrinche del tamaño del mundo; todo pierde color, todo pierde sentido y comienzo a irritarme, a irritar a los demás. Hiperventilo emocionalmente para colapsar, creo en mi interior mis propias fantasías destructivas. Mi inconsciente se desata furioso por no poder obtener el cumplimiento de sus deseos más caprichosos y demandantes; es monstruoso y desde adentro crea, con su inmenso poder, una tormenta que primero nubla todos mis sentidos, todos los caminos posibles, me resta visibilidad. Después de dejarme encerrado en un punto específico, comienza a conjurar rayos y centellas que me aterran, me vuelvo vulnerable, me inunda el miedo. Está tan enojado por no permitirle hacer su voluntad que quiere lastimarme, castigarme, destruirme. Yo no sé qué hacer, soy inofensivo, no tengo poder sobre él; disfruta de mi dolor, es sádico, es hostil, porque no tiene lo que quiere en el momento que le place, porque me resisto a sus exigencias. Siento que es el fin, que no habrá nada más después de aquella tragedia, después de algún evento doloroso o de un momento de intensa incertidumbre.

Esa fuerza inconsciente, que es parte de mí también, me hace creer que no hay salida, que todo mi mundo interno se derrumba sobre mí; hace conexiones con mi duelos pasados, con mis miedos antiguos, me hiere y mete sus miles de dedos en mis heridas, las baña con su baba venenosa, que es ácida, que es amarga, que es ponzoñosa. Rasguña mis paredes y de ellas sale sangre y pedazos de mi alma, se hace un caos. Todo lo demás en mi vida deja de tener atractivo, porque por dentro estoy enfermando. Pero justo cuando siento que no puedo más, que seguir me será imposible; justo cuando esa fuerza interna disfruta de mi dolor, encuentro una luz, una propia, una que también es parte de mí. 

He de llegar a un lugar en donde alguien más observa detenidamente en mi interior, observa todo lo que acontece, cada detalle de la tormenta, del caos. Se da cuenta de que hay espacios vacíos, espacios oscuros en donde, cree sin dudar, se esconden las raíces de una cura, de un poder que pude detener aquella destrucción, que puede apaciguar a aquel monstruo aterrador. Esa cura se enciende con unas cuantas palabras, ¡pero cuidado! no puede ser cualquier frase, debe ser una acertada, como una especie de conjuro. Entonces, cuando estoy a punto de desvanecerme, su boca profiere aquellas palabras y en mi interior una chispa se enciende en la oscuridad, se hace grande cuando muchas chispas más se encienden y se unen, van en mi búsqueda, me encuentran en medio de un huracán, congelado, sin color, sin energía. Las luces me rodean y derriten el hielo que me cubre, se dirigen después hacia el monstruo aquel y lo devuelven a su cueva oscura, lo encarcelan, lo reprimen de nueva cuenta. Todo vuelve a la calma, todo se aplaca y nuevamente puedo continuar. Mis espacios vacíos se iluminan y puedo entender que yo mismo causé todo el desorden, así entonces aprendo a soportar y a entender mejor las futuras pérdidas y angustias. Puedo ver que existen salidas y caminos diversos para resolverme, para poder darme un orden y obtener calma. 

Enterarse de cosas que residen en el interior nos invita a no esperar aquello que no llegará, a tolerar la frustración, la pérdida y el miedo. Enterarse de las partes de uno mismo que antes estaban escondidas nos regala el poder de soportar el dolor, traspasarlo y hacer algo bueno con él. Descubres que el caos y la paz son siempre creaciones internas impulsadas por eventos externos, creaciones que, generalmente, pueden controlarse si se desea. Puedes saber que el monstruo aquel está formado por partes de ti mismo que se rompieron a causa de gigantescos desconsuelos y aflicciones; buscará siempre alimentarse, cumplir sus caprichos, porque es siempre doblegado e inhibido, y buscará formas astutas para liberarse y hacer su voluntad, pero habrá siempre una luz que pueda devolverlo a su lugar adecuado y que nos permitirá avanzar y ver que no todo es tan terrible como parecía; una luz que cura, que repara, que alivia. 


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"Inspiro"
"Querer querer"
"Náuseas"

lunes, 17 de octubre de 2016

I. Todas mis luces: La mujer de fuego

Para Abigail...

"Yo sin la luz y el calor que ella irradiaba
me hubiese perdido, me hubiesen consumido
las tinieblas y el frío."


El mejor día para verla eran los domingos, porque por alguna razón, para ambos, era el día en el que la vida nos permitía descargar todas nuestras ansiedades y angustias. Por las tardes, en nuestro lugar favorito, un café con terraza para perdernos en el humo del cigarro y el aroma de agua caliente con granos que despertaban más nuestros sentidos. 

Apareció de pronto, como siempre lo hacía, como una explosión rápida y luminosa que probablemente siempre descendía de los rayos del sol; llegaba irradiando luz y calor, un calor que, sin que ella lo supiera, siempre me confortaba. Ella era un conjunto de pasión, arrebato y estridencia. Era como el fuego, de hecho, ella había nacido ahí, entre flamas, en el calor de un hogar iluminado por el sol eternamente. 

-¡Estoy harta! -dijo con los ojos en blanco y expresión de asco. Se sentó a la mesa en la que yo le esperaba, abrió su bolso nuevo y atractivo, sacó una cajetilla de cigarros, tomó el encendedor y, después de la primera exhalación de humo continuó: -¿Qué pasa con la gente? 

-¿Qué pasa con la gente? -repetí con extrañeza. 

-¡Sí! ¿Qué con ellos? Siempre metiéndose en las vidas ajenas, ¿no crees tú que es aburrido y estúpido?

-Creo que es enfermo. 

-Ya no sé, siento que no pertenezco más a este lugar, que mi destino está en otro sitio -declaró y fumó nuevamente. 

-Yo... yo siento lo mismo -confesé. 

-¡Larguémonos! -exclamó ansiosa-. Pienso irme pronto, no sé a dónde, no sé el momento preciso, pero me iré. 

El mesero se paró a un lado y dijo con una voz insignificante, casi infantil: -¿Puedo tomar su orden? -Ella lo vio con cierto desdén. 

-Capuchino, botella con agua y un cenicero, por favor. ¿Y tú? -dijo mirándome. 

-Capuchino también. -El mesero se fue y encendí un cigarro. Tenía la impresión de que ella siempre provocaba que la gente se sintiera amenazada con su presencia, con su imposición, sin la necesidad de ser altanera, siempre el mundo se quedaba como pasmado si ella estaba cerca-. También quisiera largarme, pero no sé, no encuentro el modo. 

-El modo no se encuentra, se construye -dijo ella con media sonrisa. 

-No sé cómo construirlo. 

-Lo sabes, tienes el poder de hacerlo. Tú sí, porque eres diferente al resto. 

-No sé, me siento igual al resto. 

-Jajaja -se carcajeó como acostumbraba. Su risa era como una especie de terremoto que derrumbaba muros y sacudía ciudades-. Pues yo pienso diferente, estoy segura de que un día te marcharás y encontrarás tu destino en otro lado. 

Nuestras conversaciones duraban horas, y en algunas ocasiones, días enteros. Pasábamos del vacío al amor, del amor a la soledad, de la soledad a la dureza de la vida, de la dureza de la vida a los grandes placeres, de los grandes placeres a nuestros pasados turbios, de nuestros pasados turbios a nuestros presentes turbios. Nunca nos sentimos apenados de ser quienes éramos, de tratar a los demás como los tratábamos; podíamos ser muy amables con alguien y, en ocasiones, muy hirientes con otros. Ella y yo nos burlábamos de la vida, pienso que antes de que ella se burlara de nosotros. Siempre nos reímos de nuestras desgracias y nuestras penas, de nuestro propio dolor, y cuando el dolor a veces crecía demasiado y era insoportable entonces hacíamos algo loco, algo extravagante y fuera de lo común; viajes sin planear, salidas nocturnas que duraban un fin de semana entero, paseos a lugares lejanos, sesiones fotográficas, etc. Con ella, incluso el día más nublado tenía luz y calor. Cuando ella se fue de mi lado, para crecer, para ser mejor, para encontrar su felicidad, yo fui feliz, aunque sentía tristeza por tenerla lejos, sabía que un día nuestros caminos volverían a encontrarse. Y así fue en verdad, tiempo después, y ella seguía brillando y emanando calores. Ella es una de mis luces, una de mis guías en mi inmensa oscuridad; a donde ella vaya, mi corazón la seguirá, seguirá su calor y su luz, y si ella encuentra el amor yo sentiré que una parte de mí lo ha encontrado también, yo sentiré que una parte de mí está completa también, y estaré ahí siempre para abrazarla, para desearle lo mejor, para reírme con ella del pasado, del presente y del futuro. 

-La cuenta, por favor -pidió al mesero-. Yo te invito -me dijo. 


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"La chica de las piedras"
"Contigo yo..."
"Exhausto"









viernes, 14 de octubre de 2016

La chica de las piedras

"Incluso la cosa más insignificante y pequeña
puede cambiarlo todo." 
Manelander



-¡Lárgate! ¡No tienes nada que hacer aquí! -gritaba lleno de rabia, quizá con él mismo, y con los ojos humedecidos. 

-Por favor, dame otra oportunidad -suplicaba el otro, de rodillas, abrazándolo por la cintura mientras recibía empujones y pequeños golpes. 

-¡Ya no te amo, entiéndelo! -gritó al fin-. ¡Vete ya! 

-¿Estás con alguien más, verdad?

-¡Sí! ¡Ahora fuera!

Se levantó del suelo, lo vio con coraje, con tristeza, lo vio con tantas cosas a la vez que el otro sintió como si la mirada de quien tanto lo amaba le golpeara el rostro y los pensamientos, y el corazón también; le hizo sentir pena y remordimiento. Dio media vuelta, abrió la puerta y se marchó, sin decir nada, pero sintiéndolo todo. 

Caminó hacia la avenida principal de la ciudad. Hacía frío, era media noche, domingo; algunas personas caminaban por ahí, pensando, ensimismadas en sus propios asuntos, con la mirada hacia el suelo de piedra de la acera. Todos pensando en sus cuestiones, en sus angustias, en sus frustraciones, viviendo en su mundo interno, ése que es mucho más importante que el tangible pero que recibe tan poca atención; porque el mundo interno solamente es atendido cuando hay guerra en él. 

Se conocieron dos años atrás, en una fiesta. Prácticamente se habían enamorado desde el primer día. Comenzaron a salir y a tratarse como si llevaran años de conocerse. Fue un amor intenso, fugaz y bello en su inicio, pero lo que inicia fácilmente acaba del mismo modo, en un segundo, en un pequeño momento, en una pequeña decisión, en un "ya no", en un "no sé", en un "no más", en el silencio, en el adiós. Y todo se rompe entonces, todo acaba, se disuelve como se disuelve el humo del cigarro en el aire. Era frustrante, era doloroso, era casi un asesinato del alma; tener algo y después perderlo, algo bueno, algo que en algún tiempo fue maravilloso.

Caminó unos metros pensando en lo mismo, pensando en su dolor, sintiéndolo, con náuseas, con ganas de desmayarse, con ganas de aventarse a la calle justo cuando un autobús pasara a toda velocidad y terminar de una buena vez con su sufrimiento. No, era demasiado cobarde para hacerlo de aquel modo.

-¡Piedras! ¡Lleve sus piedras! -gritaba una mujer unos metros adelante-. Lleve su piedra, joven -dijo ella justo cuando él pasaba frente a su pequeño puesto.

Se detuvo por curiosidad, salió de su ensimismamiento y volvió el rostro lleno de lágrimas hacia la chica que ofrecía su vendimia a gritos.

-Lleve su piedra, joven, usted la necesita mucho.

-¿Cómo? -pregunto él. Aún estaba bastante aturdido por sus guerras internas.

-Lleve su piedra mágica -respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Mágica? -volvió a interrogar; como los niños pequeños que se asombran con cualquier argumento y que parecen necesitar una segunda confirmación.

-Así es, joven. Le vale dos pesitos -informó. Él se metió las manos a los bolsillos y encontró una moneda de cinco pesos.

-¿Por qué vendes esto? -preguntó él mientras apuntaba con la mirada al suelo, al tapetito de colores que exhibía sobre él un montón de piedras de río.

-Son piedras mágicas, hacen favores a quienes en verdad lo necesitan.

-¿Y tú crees que yo lo necesito?

-Ay, joven, namás véase esa cara apachurrada que trae. Parece como si le hubiesen dado la peor noticia de su vida. -Él sonrió y le extendió la mano para entregarle la moneda.

-Algo así -agregó. Ella se agachó y escogió una de las piedras sobre el tapete, se incorporó y se la entregó en las manos.

-Esta piedra es mágica.

Él continuó su camino después de agradecerle a la extraña chica de las piedras. Vio una cafetería en la esquina, cruzó la calle y entró. Había comprado aquella piedra solamente porque le parecía demasiado curioso que alguien se dedicara a un negocio tan extraño. Pidió un americano y se sentó en una de las pequeñas mesas en la terraza del lugar para poder encender un cigarro. Volvió a sentirse terrible; podía imaginarse a su corazón rompiéndose en pedazos. -Ojalá fuera como esta piedra -se dijo a sí mismo mientras observaba a la piedrita desde la palma de su mano extendida. Pensaba en su insignificancia y sintió un poco de arrepentimiento por haber hecho tal negocio.

-¿Omar? -preguntó alguien desde la mesa siguiente-. ¿Omar Renta? Volvió el rostro y vio a un joven de su edad, aproximadamente, sonriéndole.

-¿Sí? -respondió dudoso, con el entrecejo fruncido.

-Soy Emilio, Emilio Robinson, ¿me recuerdas?

-¡Claro, de la facultad! -acertó sonriendo.

-¿Estás solo? -preguntó.

-Sí.

-Yo también, ¿me puedo sentar contigo?

-Sí, claro.

Emilio Robinson había sido el alumno más guapo y cotizado de su generación. Sabía que a Emilio también le gustaban los hombres, pero en su temporada de estudiante siempre lo había visto como alguien inalcanzable; si conversaron tres veces durante toda la universidad fue demasiado. El apuesto chico se sentó frente a él y ambos se dieron la mano.

-¡Cuántos años! -exclamó Robinson.

-¡Sí!

-¡Oh! ¿tú también le compraste una piedra a aquella chica extraña? -preguntó al sacar de su bolsillo una piedra de río muy parecida a la que Omar tenía en la mano izquierda.

-Parece que es un genio de las ventas entonces -respondió con media sonrisa que se nubló de inmediato y las lágrimas se contuvieron lo más que pudo. Agachó la mirada y volvió a sonreír.

-¿Estás bien? -preguntó extrañado y se acercó más a él para colocar su mano en el hombro de Omar.

Lo vio y no pudo evitar decir: -No, no estoy bien -. El llanto se desbordó y Emilio lo abrazó, como quien abraza a un niño que llora desconsoladamente.

La historia comienza precisamente aquí, en el punto en el que ustedes podrán imaginar lo que sucedió después. Eso sí, les puedo asegurar que fue algo maravilloso, como la magia que hacen las cosas insignificantes, las piedras, por ejemplo.

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"Por mi ventana"
"Azul oscuro"
"Él"



lunes, 10 de octubre de 2016

Querer querer

"Nadie nace sabiendo amar, pero
nadie muere sin saberlo."
Manelander



Y es que de sentimientos podría escribir muchísimo, podría escribir siempre, sobre todo del amor, que aunque no lo conozco completamente, escribiría sobre él la vida entera, porque puedo imaginarlo, puedo crear una fantasía en la que el amor viene y me abraza y me llena de cosas buenas. 

Quiero querer pero no sé por dónde empezar, no sé hacia dónde, no sé con quién, porque siempre elijo mal, siempre me he de equivocar. 

Quiero querer, quiero amar pero no logro encontrar el comienzo del camino que se recorre al estar enamorado, y una vez ahí, si es que tengo suerte de encontrarlo, qué hacer si no conozco el rumbo, si he perdido la dirección de mis pasos; entonces pienso que quizá no esté solo y que otro me hará compañía y me guiará hacia alguna dirección. 

Quiero querer pero no sé elegir a quién, y muero de miedo, y vivo aterrado, porque temo equivocarme como tantas veces lo hice antes, esas veces en las que seleccioné mi propia destrucción. Quiero querer a alguien pero tengo miedo de elegir, por eso me abstengo, pero no duraré mucho  tiempo así, porque mis deseos me harán elegir nuevamente cuando ya no puedan contenerse más. 

La soledad me consuela y sabe, porque es consciente de ello, del dolor que me causa el no sentirme amado; a pesar de todo ella siempre se queda y me dice al oído: estoy lista para irme en cualquier momento.

Quiero querer, pero cómo se quiere a alguien bien, cómo se quiere a alguien sin drama y sin dolor; porque no conozco otra manera de querer que no sea esa, una manera que es inadecuada, retorcida y enferma, pero que ya no forma parte de mí, que he eliminado hace un tiempo con mis luchas internas, mis intentos de sanar; pero aunque ya no forma parte de mí todo aquello, sigue siendo lo único que conozco, entonces, cómo se quiere de otra manera. 

Quiero querer pero cómo empezar a sentir de nuevo. Hago intentos, siempre infructuosos, de enamoramiento, uno que se escribe entre comillas: "enamoramiento". Quiero querer y entregarme, pero tengo miedo de que me roben todo lo que poseo en mi interior, todo lo que me costó tanto reconstruir. ¡Dios! ¿Tan difícil es esto? ¿hasta cuándo podré recibir el momento de amar y ser amado que tanto he buscado? ¿no sabe la vida lo cansado que estoy? Quiero querer tanto que estallo constantemente por dentro, me derrumbo para aplacar mis deseos. ¿Dejará alguien, algún día, querer que yo lo quiera?

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"Un día"
"Sexo y tabú"

jueves, 6 de octubre de 2016

Inspiro

"Entendí la vida de una forma más
adecuada, tanto la entendí que pude
compartir mi entendimiento con
otros, y ayudarlos."
Manelander


El último año ha sido un camino lleno, llenísimo de experiencias nuevas e impactantes. La importancia de todo lo que me ha acontecido durante el último año radica en los cambios que han ocurrido en mí, cambios internos; el mundo sigue siendo el mismo, con sus ritmos y sus demandas, pero soy yo quien ha cambiado. Todos estos cambios me han permitido ver el mundo con otros ojos, unos ojos que son capaces de entender la angustia, la enfermedad y el conflicto. Ahora soy una persona mucho más tolerante al caos, a la pérdida y a la frustración, ahora puedo tener relaciones interpersonales mucho más adecuadas y tengo la capacidad emocional de soportar la cercanía, aunque se trate de personas indeseables. Puedo tomar decisiones con mayor independencia, con mayor tajo, porque ahora me coloco yo como prioridad y eso me hace poder amar o querer a otros saludablemente. 

Entenderse uno mismo es, indudablemente, obtener la capacidad de poder entender a los demás.

Todos estos cambios pareciera que inspiran algo en las personas que me rodean; desde las personas que he conocido recientemente hasta aquellas que llevan años en contacto conmigo. Y me pregunto: ¿por qué?. Las personas me cuentan partes de sus vidas que, en principio, son dolorosas, penosas o les causan angustia. Me estoy acostumbrando a la frase "esto nunca se lo había contado a nadie, no sé porqué me inspiras confianza". Las personas (excluyendo a mis pacientes, por supuesto) me cuentan cosas por primera vez, es decir, "es la primera vez que le cuento esto a alguien". Y lo curioso de esto es que esos discursos en donde todos ellos se "descargan" en mi escucha acontecen fuera del consultorio, fuera de una relación terapéutica, en relaciones cotidianas sociales o de amistad, incluso aquellos que pretenden o pretendieron algo emocional conmigo. 

Hablar de algo interno que nos resulta importante solamente expresa nuestra necesidad de contar aquello que nos ha pesado durante mucho tiempo. 

Las personas necesitan hablar, ese es el asunto más importante que puedo rescatar de todo esto que me sucede. Las personas tienen una necesidad muy grande de contar sus cosas a alguien que pueda devolverles un consuelo acertado, una escucha placentera, un silencio permisivo y reparador, una atención casi maternal y algunas palabras de aliento que le muestren que no todo es tan terrible como parece, que el mundo sigue girando a pesar de los tormentos de la vida. Hacer sentir a alguien que no está solo es uno de los placeres más grandes en una conversación de este tipo, del tipo inspirador. 

He conocido a muchas personas que inspiran confianza también, que tienen el "talento" para sentarse a dar consejos y más consejos, pero que al final defraudan a quien les buscó para ser escuchados con su aburrimiento, su hartazgo, su forma complicada de ver la vida y su incapacidad para quedarse con los argumentos, o sea, el atributo terrible de ir y contarlo a muchas personas más en calidad de rumor o de burla. Yo antes fui así, negarlo sería retroceder. 

No me molesta que las personas me cuenten sus asuntos, al contrario, soy capaz de poder soportarlos y retribuirlos con algo aliviador, aunque mi consejo final siempre es: toma terapia, verás que todo esto que hoy me has contado toma otro sentido. Procuro enviar a las personas con colegas a tratamiento psicoterapéutico para que puedan hacer el ejercicio de sus discursos, de sus pláticas, de una manera correcta y constante, pues aunque tengo la capacidad, no siempre tengo la disponibilidad, ni la disposición de escuchar al mundo entero (fuera de la consulta) y eso es algo que el mundo entero ha de entender y aceptar. 

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"Desgarrador"