domingo, 23 de octubre de 2016

II.Todas mis luces: La mujer de magia

Para Angelina...

"Antes no sabía que podía obtener cosas
con solo desearlas hasta que ella llegó
a mi vida; descubrí el poder que había
dentro de mí."
Manelander



Ya estaba yo sentado en la mesa de siempre del café. Había encendido un cigarro para esperarla. El mesero siempre era amable conmigo, no sé si porque era amigo de su jefa o porque realmente era amable con todos los clientes. Nunca lo sabré. Pedí un té caliente de algo extraño, como siempre. El cielo estaba despejado, hacía calor pero un viento húmedo relajaba la piel. 

-Hola -dijo ella al aparecer frente a mí, con las gafas de sol puestas y una sonrisa de oreja a oreja. Siempre aparecía sonriendo, siempre con un polvo brillante detrás de ella, siguiéndola a todos lados, como las hadas de los cuentos. 

No teníamos mucho tiempo de conocernos, incluso nos habíamos conocido por otras amistades, una noche en un bar. Pero supe desde el principio que algo mágico decidió conectarnos instantáneamente; era una especie de movimiento del destino sobre el tablero de nuestras vidas, un movimiento esencial para ambos. 

- ¿Cómo estás? -pregunté. 

-Muy bien, ¿y tú?

-Muy bien, también. 

- ¿Cómo va ese corazón?

-Ay, amiga -dije poniendo cara de angustia y penar-. Mal. Creo que las cosas no están funcionando como yo quisiera. 

-No todo resulta como uno quisiera -consoló ella. 

-Ya sé, pero es que no se qué hacer. 

-No necesitas hacer nada que no sea ser tu mismo y fluir, necesitas fluir con todo lo que te rodea. Mientras sigas estando tenso entonces detienes el flujo de energía y todo se entorpece. 

-Me cuesta demasiado fluir -me negué. Ella encendió un cigarro y vio hacia la calle que estaba frente a nosotros.

-Así sucede, pero si las cosas se tienen que dar, entonces, se darán. 

- ¿Tú crees?

-Por supuesto. Si dejáramos de pelearnos con la vida las cosas serían más sencillas. 

Las conversaciones con ella siempre duraban horas y horas. Tazas y tazas de café y té, infinitamente, pasaban por nuestras gargantas, alimentando más pensamientos que se convertían en palabras, palabras que eran conjuros y encantamientos. Ella y yo teníamos nuestro pequeño aquelarre, nuestro círculo secreto, y en los días soleados o nublados, en las noches de luna llena o cuando la misma estaba menguando, ella y yo nos reuníamos para hablar de las profundidades de nuestro ser. Nada era nunca superficial ni suficiente. Era como si el aire trajera a nosotros la calma, como si el calor del sol iluminara nuestro sendero, como si el agua del mar en nuestro pies nos proporcionara alivio y calma, como si los árboles alrededor hicieran de nuestra vida algo más especial, algo más divino. Ella ordenaba sus pensamientos y podía separarlos de sus emociones. Para ella el amor era magia pura, una que no se encuentra en cualquier lado y que, extrañamente, no todos pueden alcanzar. Se trataba de una mujer de sueños, de símbolos, de señales; ella misma estaba hecha de conjuros, de polvo de estrellas, del aroma del café, del incienso y del humo del cigarro. Podía cerrar los ojos y meterse dentro de ella misma para explorar su universo interno, descubrir lo que estaba fallando e intentar arreglarlo; a la vez podía salirse de su cuerpo y viajar a otros lugares, a visitar a otras personas, en sus sueños y en sus pensamientos. Ella y yo concebíamos al amor de una manera muy parecida, lo vivíamos también de maneras similares. Cuando yo me asfixiaba con mis angustias ella soplaba en mi rostro un poquito de calma. Con ella las cosas dejaban de parecer tan terribles, tan amenazantes, tan destructivas. Con ella yo era fuerte, valiente y atrevido. Ella estaba hecha de magia, de partes del universo, de luz de otras estrellas en otras galaxias. Ella era mi cofradía, mi hermana en las noches, cuando la luna alcanzaba su cenit y podíamos manipular los hilos a nuestro favor. Las tazas de café: nuestros calderos, nuestras pláticas: los hechizos. 

-En la noche vayamos por un vodka -dijo ella con soltura. 

-¡Vayamos! -respondí yo con entusiasmo. Nos vestiríamos de negro y bailaríamos a media noche bajo la luna, con los pies descalzos dentro de las aguas del mar. 



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