lunes, 17 de octubre de 2016

I. Todas mis luces: La mujer de fuego

Para Abigail...

"Yo sin la luz y el calor que ella irradiaba
me hubiese perdido, me hubiesen consumido
las tinieblas y el frío."


El mejor día para verla eran los domingos, porque por alguna razón, para ambos, era el día en el que la vida nos permitía descargar todas nuestras ansiedades y angustias. Por las tardes, en nuestro lugar favorito, un café con terraza para perdernos en el humo del cigarro y el aroma de agua caliente con granos que despertaban más nuestros sentidos. 

Apareció de pronto, como siempre lo hacía, como una explosión rápida y luminosa que probablemente siempre descendía de los rayos del sol; llegaba irradiando luz y calor, un calor que, sin que ella lo supiera, siempre me confortaba. Ella era un conjunto de pasión, arrebato y estridencia. Era como el fuego, de hecho, ella había nacido ahí, entre flamas, en el calor de un hogar iluminado por el sol eternamente. 

-¡Estoy harta! -dijo con los ojos en blanco y expresión de asco. Se sentó a la mesa en la que yo le esperaba, abrió su bolso nuevo y atractivo, sacó una cajetilla de cigarros, tomó el encendedor y, después de la primera exhalación de humo continuó: -¿Qué pasa con la gente? 

-¿Qué pasa con la gente? -repetí con extrañeza. 

-¡Sí! ¿Qué con ellos? Siempre metiéndose en las vidas ajenas, ¿no crees tú que es aburrido y estúpido?

-Creo que es enfermo. 

-Ya no sé, siento que no pertenezco más a este lugar, que mi destino está en otro sitio -declaró y fumó nuevamente. 

-Yo... yo siento lo mismo -confesé. 

-¡Larguémonos! -exclamó ansiosa-. Pienso irme pronto, no sé a dónde, no sé el momento preciso, pero me iré. 

El mesero se paró a un lado y dijo con una voz insignificante, casi infantil: -¿Puedo tomar su orden? -Ella lo vio con cierto desdén. 

-Capuchino, botella con agua y un cenicero, por favor. ¿Y tú? -dijo mirándome. 

-Capuchino también. -El mesero se fue y encendí un cigarro. Tenía la impresión de que ella siempre provocaba que la gente se sintiera amenazada con su presencia, con su imposición, sin la necesidad de ser altanera, siempre el mundo se quedaba como pasmado si ella estaba cerca-. También quisiera largarme, pero no sé, no encuentro el modo. 

-El modo no se encuentra, se construye -dijo ella con media sonrisa. 

-No sé cómo construirlo. 

-Lo sabes, tienes el poder de hacerlo. Tú sí, porque eres diferente al resto. 

-No sé, me siento igual al resto. 

-Jajaja -se carcajeó como acostumbraba. Su risa era como una especie de terremoto que derrumbaba muros y sacudía ciudades-. Pues yo pienso diferente, estoy segura de que un día te marcharás y encontrarás tu destino en otro lado. 

Nuestras conversaciones duraban horas, y en algunas ocasiones, días enteros. Pasábamos del vacío al amor, del amor a la soledad, de la soledad a la dureza de la vida, de la dureza de la vida a los grandes placeres, de los grandes placeres a nuestros pasados turbios, de nuestros pasados turbios a nuestros presentes turbios. Nunca nos sentimos apenados de ser quienes éramos, de tratar a los demás como los tratábamos; podíamos ser muy amables con alguien y, en ocasiones, muy hirientes con otros. Ella y yo nos burlábamos de la vida, pienso que antes de que ella se burlara de nosotros. Siempre nos reímos de nuestras desgracias y nuestras penas, de nuestro propio dolor, y cuando el dolor a veces crecía demasiado y era insoportable entonces hacíamos algo loco, algo extravagante y fuera de lo común; viajes sin planear, salidas nocturnas que duraban un fin de semana entero, paseos a lugares lejanos, sesiones fotográficas, etc. Con ella, incluso el día más nublado tenía luz y calor. Cuando ella se fue de mi lado, para crecer, para ser mejor, para encontrar su felicidad, yo fui feliz, aunque sentía tristeza por tenerla lejos, sabía que un día nuestros caminos volverían a encontrarse. Y así fue en verdad, tiempo después, y ella seguía brillando y emanando calores. Ella es una de mis luces, una de mis guías en mi inmensa oscuridad; a donde ella vaya, mi corazón la seguirá, seguirá su calor y su luz, y si ella encuentra el amor yo sentiré que una parte de mí lo ha encontrado también, yo sentiré que una parte de mí está completa también, y estaré ahí siempre para abrazarla, para desearle lo mejor, para reírme con ella del pasado, del presente y del futuro. 

-La cuenta, por favor -pidió al mesero-. Yo te invito -me dijo. 


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