jueves, 22 de diciembre de 2016

Jugo de uva

"Todo es más bonito cuando el
tiempo aparece sencillo, sin 
complicaciones."
Manelander



El sol invernal me iluminaba el rostro; salían los rayos medio dorados de entre las nubes grises que cubrían la mayor parte del cielo. Al fondo podía escuchar la dulce voz de Lana cantando: "My pussy tastes like Pepsi Cola. My eyes are wide like cherry pie. I got sweet taste for men who're older, it's always been, so it's no surprise...". El viento había dejado de ser cálido, era fresco, porque estaba en un lugar en donde la mayor parte del año el clima era demasiado caliente. 

Me mecí un poco más. Estaba acostado en una hamaca colocada entre dos árboles, dos árboles enormes en un jardín enorme. Estaba solo, solo y mis pensamientos, como siempre. El viento de pronto me agitaba un poco el cabello ondulado y negro. Observaba las nubes pasar sobre mí. Esa tiene forma de... no tiene forma de nada, en realidad, pensaba seriamente. Era muy raro que encontrara forma a las nubes, pero había una insistencia en querer hacer lo que los personajes de las caricaturas y las películas de Hollywood hacían cada vez que miraban hacia el cielo. 

Recordé que abajo, en el césped, había un vaso de cristal con jugo de uva y dos hielos, los cuales seguramente ya se habían derretido para restarle un poco de sabor dulzón al jugo. Llevaba ahí un par de horas y había olvidado mi bebida. Me encantaba beber jugo de uva, sobre todo cuando estaba solo y dedicaba tiempo a pensar. ¿Qué pensaba? Pues lo de siempre; cómo era posible que las personas buscaran forma a las nubes, ¡por dios! ¿acaso se trataba de un test Rorschach de la naturaleza? Pienso, pienso, una y otra vez, en mis soledades y mis angustias, en lo insoportable que me resulta separarme de lo que me provoca placer, de todo lo que es bueno en mi vida. "¡Maldita sea! Olvidé darle propina a aquel mesero en aquel restaurante al que fui a desayunar", me recriminaba en mis adentros. Me dolía la garganta y pensaba que quizás había pescado algún virus por ahí, quizá también era por tanto fumar; "debo dejar de fumar", pensé, y encendí un cigarrillo.

Las horas pasaban tan rápido en aquel lugar, pero era mi momento, el momento que necesito una vez al año para acomodar mis ideas y mis emociones. Necesito pensar, pensar mucho y tomar juguito de uva. Recuerdo una broma que algunos conocidos del pasado y yo teníamos al respecto; eran buenos tiempos. Los segundos se llevaban con el viento, con el tiempo, con su pasar, partes pequeñas de mí, de mi alma, de mi vida. Enviaba desde aquel lugar pensamientos a algunos otros, otros que me importaban, quizá podrían escucharme mientras se bañaban, trabajaban o dormían, en sus sueños.

Escribía en aquel momento, sin moverme siquiera, pues escribía en mi mente, en mis pensamientos, con la tinta de mis venas, en mi interior. Escribía mis historias y la historia de otros junto con la mía. La verdad es que soy un ser humano que nació para crear, crear en su cabeza todo el tiempo, cada segundo, de cada día. Creo y creo, creo en lo que creo, porque oscilo entre el creer y el crear. El jugo de uva me alimenta, me genera más ideas, más tinta, más pensamientos. ¡Pero qué invierno tan cálido! ¡Qué sitio más bello en el que logré imaginarme! También te imagino a ti, lector, pasando tus ojos sobre mis letras, sonriendo por tan disparatadas líneas, infinitas en sinsentido, eternas en fantasía y frescura, llenas de humo de cigarro y jugo de uva.


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Textos relacionados:

"Un año escribiendo"
"Azul oscuro"
"La inspiración mía"





viernes, 9 de diciembre de 2016

La terapia y la cura

"Siempre es necesario un espacio que,
dentro de nuestra mente es nuestro, 
que nos contiene, nos soporta, nos
desarma y nos arma de nuevo, nuevos."
Manelander



La vida se vuelve insoportable por momentos, dolorosa, cruel, hostil, agresiva, hiriente; todos los calificativos negativos que se te vengan a la mente en este momento, querido lector. ¿Por qué? Muy sencillo; vivir es todo, todo lo bueno, todo lo malo y todos los puntos intermedios entre ambas cosas. Sin lo oscuro y doloroso la vida no sería vida, sin lo placentero y colorido la vida no sería, no existiría el vivir humano y todo su acontecer. Pero, no tan extrañamente, la oscuridad siempre es difícil de sobrellevar, de vivir. No hay humano cuerdo en el planeta que guste del displacer que la vida arroja a cada uno de nosotros constantemente, por lo menos no conscientemente. 

Vivir es placer y displacer, es blanco y negro, es dulce y amargo, es frío y calidez, es nada y es todo, es disfrutar y sufrir, eso es vivir. 

Existe una manera especial para poder tolerar todo lo que es desagradable, una manera que nos ayuda y nos enseña que la vida es de ese modo, y así soportarlo, y así vivir con ello sin degradar lo placentero, lo bello y lo excitante. La terapia es una forma de percibir el mundo a través de un cristal más transparente, sin color, sin manchas, para apreciar la vida tal cual es, sin distorsiones. 

Lo único que es efectivo en el proceso terapéutico es la confianza que el terapeuta, un otro con sus propias cicatrices, pone en el paciente, la confianza de poder sobrevivir a las inclemencias de la vida, a lo adverso, a lo lacerante. Es en el terapeuta en donde se puede encontrar una base firme, una voz que no se cansa de repetirnos que la vida es como es pero que jamás será tan terrible como para dejarnos morir, para abandonarnos a la inmovilidad, a la no acción. El terapeuta nos hacer ver que, en ocasiones, lo que nos parece aterrador y desmesurado, en realidad no es tan aterrador y desmesurado como lo percibimos, y en otros momentos, aquello que nos es insignificante, puede guardar una importancia gigantesca que requiera nuestra atención y acción. 

La cura terapéutica podría tomarse como una utopía, pero al mismo tiempo, podemos atrevernos a decir también, que la cura llega cuando el paciente logra soportar lo que antes no podía sin necesidad del terapeuta; cuando logra elaborar solo lo que antes estaba desordenado, cuando logra ver lo que antes no veía y conocer, de sí mismo, lo que antes no conocía. 

El paciente, a través del proceso introspectivo y asociativo, va fortaleciendo los recursos que necesita para soportar el dolor psíquico, ése que le causan todas las frustraciones y pérdidas a las que se tiene que enfrentar a lo largo de su vida. Se trata de sentirse capaces de enfrentar y transformar, de cambiar y decidir lo que se puede cambiar y decidir, de tolerar lo que no se puede, y de ser, precisamente, pacientes en el camino de la vida. 


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Textos relacionados:

"Lo alivioso"
"Angustia y psicoanálisis"
"El discurso como cura"






jueves, 8 de diciembre de 2016

Desprenderse

"Se desprendió de mí una vez, entonces
todas las veces posteriores tuve la 
sensación de desprendimiento, aun 
cuando, en realidad, nunca existía
tal desprendimiento, pero yo lo sentía."
Manelander


Alguna vez, cuando niño, pude sentir los dolores de la ausencia, del abandono, de la locura de perder el amor del objeto amado, de perder al continente de nuestros afectos. Sin muchos detalles, puedo decirles que sufrí la ausencia paterna en cierto periodo de mi vida; no he encontrado en mi andar una angustia que se pueda comparar con aquella, una sensación de vacío que pueda ser más oscura que esa. No he encontrado un momento más terrible en mi vida que el momento en el que mi padre se marchó sin decir a dónde, sin saber por qué, sin saber si volvería, si vivía, si pensaba en mí. Por ahí de mis ocho o nueve años, prematuramente, supe lo que era una pérdida, un duelo y una ausencia. 

Los meses más oscuros de mi vida acontecieron en mi niñez. Dormía esperanzado en que quizá, de casualidad, papá se acordaría de mí y llamaría al día siguiente; así lo pensaba durante meses. Fui víctima de la sensación de no haber sido suficiente para que papá se quedara conmigo; pensaba que papá no me amaba lo suficiente para no irse y que yo era incapaz, inútil, de hacerlo volver. 

La sensación de desprendimiento es básicamente sentir que algo te arranca otra cosa que es importante para ti, a la fuerza, sin que puedas evitarlo, hiriente y dolorosamente.

Viví meses enteros con la incertidumbre de la existencia de mi padre, de su estado, de su vida. Me sentí desprendido de él, arrancado, herido, impotente, pues qué iba un niño a saber sobre pérdidas y duelos. Aún recuerdo el número de teléfono al que siempre intentaba comunicarme con él cada momento que era posible, sin recibir nunca una respuesta. Sí, fui abandonado por un momento de mi vida, un momento que cambió pero que fue suficiente para herirme tan profundo y marcarme hasta las entrañas del alma. Fue el comienzo de un trabajo arduo que habría de comenzar a elaborar muchos años después, cuando las consecuencias emocionales y psicológicas de todo aquello se hicieron presentes. 

Papá volvió, papá limpió el desorden, papá no cerró la herida, porque las heridas solamente pueden ser cerradas por quienes las poseen, pero buscó incansablemente hilo y aguja para dármelos, y anestesió la herida, y lloró por verme lesionado y ensangrentado a su regreso. Papá lo hizo mejor que su propio padre, definitivamente. Papá fue abandonado y herido también, ahora lo sé, ahora puedo entenderlo. Pero papá no vio el retorno, no le fueron dados el hilo y la aguja, tuvo él que conseguirlos solo, tuvo que sanar su herida solo. Papá ahora está conmigo, después de tantos años, papá me demuestra que me ama cada segundo de cada día y a veces, de repente, mira la cicatriz que hay en mi alma y puedo notar que le produce melancolía, pues recuerda el momento en el que estuvo abierta y sangrante. 

Ahora, en la adultez, aún siento el desprendimiento, aunque no sea real, mi mente lo recrea, lo reproduce y lo coloca en varios personajes de mi vida, en aquellos que me importan.

Tardé muchos años en cerrar aquella herida, fue muy doloroso, tormentoso, caótico. Imagínense a un chico en medio de una tormenta, solo, en medio de rayos y centellas, empapado de lágrimas, intentando encontrar la manera de controlar su propia creación. Pasaron muchos años así, lidiando con lo sucedido, intentando cerrar, poco a poco, la herida, controlando la sangre y el dolor, hasta que un día, al fin, pude curarme. Pero hay un costo ante todo aquello, hay un precio que se paga por curar las heridas, y es el precio de la repetición, pues lo acontecido no desaparecerá de la mente así de sencillo, no, buscará otras formas para hacerse presente y reproducirse. Ya la mente entonces pondrá la misma situación en otros personajes de la vida e invocará las mismas sensaciones. Entonces sentiría, bajo esa premisa, angustia por perder el amor del otro, terror por presenciar su ausencia, sensación de vacío, insuficiencia para retenerlo, insuficiencia para hacerle volver.  Ustedes dirán, ¿pues de qué sirvió curar la herida entonces si todo seguirá repitiéndose? ¿cómo detener toda la tortura? Pues lo importante de todo esto es que se es consciente de cada detalle. Todo se repite con el objetivo de ser reparado en algún momento, y claro, también con el objeto de autolesionarnos, un objetivo masoquista inconsciente. 

La clave está, mis queridos lectores, en comprender que toda la angustia que se puede llagar a sentir, el terror de perder a alguien, de sentirse insuficientes es generado por nosotros mismos, en nuestro interior; nada tiene que ver con el actuar del otro, es el otro quien se vuelve víctima de nuestros miedos y de nuestras angustias, pues se los colocamos encima como un disfraz que necesita para llevar acabo, una vez más, aquella escena de nuestra "obra teatral". Lo complejo es hacerse consciente de todo esto, ponerle palabras y ordenarlo para evitar repetirlo. Nunca es el otro el causante de nuestras ansiedades y dolores, es el otro, sí, pero el que está construido en nuestra cabeza, no el otro real, ese es solamente un portador, un continente de nuestras sensaciones primarias, de esas que nos marcaron y nos dejaron cicatriz. 

Se pueden hacer dos cosas con el pasado: ignorarlo y continuar reproduciéndolo, o enfrentarlo, sanarlo y colocarlo en un lugar seguro de nuestra alma. 


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Textos relacionados:

"Vincular"
"Bestial"
"Lo alivioso"


sábado, 3 de diciembre de 2016

Respetable Dr. Freud (II)


Respetable Dr. Freud:

Sé que han pasado varias semanas desde mi última carta, pero me he concentrado muchísimo en leer sus conferencias y textos. No puedo explicarle por este medio la emoción tan grande que me ha generado ser receptor de sus ideas y conocimientos. Tengo demasiadas cosas que quisiera preguntarle al respecto, pero lo mejor será que me concentre en algo menos abrumador para usted, pues seguramente todo el mundo le hostiga con preguntas sobre su método la mayor parte del tiempo. 

El núcleo central de esta carta es contarle sobre lo que me ha sucedido paralelamente al estudio de su teoría. Pareciera algo mágico, pues en la medida en la que voy comprendiendo lo que usted transmite a través de sus textos también voy conectando todo eso con situaciones de mi vida. Es increíble la manera en la que el estudio de su teoría me mueve por dentro los pensamientos y las emociones. ¿Qué opina usted al respecto? Una parte de mí quiere creer que no soy el único al que le sucede dicha conexión. 

Por otro lado, tengo bastante curiosidad con respecto al papel de la familia en las emociones de todas las personas. He puesto énfasis en analizar el comportamiento de los seres humanos que tienen un apego enfermizo con su familia, pero una parte de este pensamiento se resiste a debatir el asunto de que la familia "vuelve neurótico a cualquiera". En mi caso, puedo decirle que la mayor parte del tiempo mi familia me tacha de frío, desalmado y poco considerado; se piensa que no los quiero, que los detesto y que siempre me alejo de ellos. Creo, mi estimado Dr. Freud, que no existe nada más difícil que lidiar con esa avalancha de reclamos y falsas consideraciones. 

Por el momento no quisiera robarle más tiempo. Estoy a su servicio. Su gran admirador: 

Psic. Mane Lander

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Estimado Psic. Mane Lander: 

No se preocupe por el tiempo de correspondencia. Ambos tenemos ocupaciones que nos retrasan y requieren de nuestro tiempo; siéntase tranquilo. 

Me alegra enterarme del entusiasmo con el que ha comenzado a estudiar el método psicoanalítico. Ya podrá encontrar usted varios detalles que le ayuden como motivante para continuar. Al respecto, estimado psicólogo, puedo decirle que lo dicho en el psicoanálisis es precisamente un enlace hacia lo inconsciente, un puente, un conductor; no se sorprenda cada vez que una línea de mis textos le haga pensar en una línea de su propia vida, de su vida interna. El estudio de la teoría psicoanalítica, sumado al proceso analítico propio, logran derribar ciertas barreras que nos impiden observar lo que ocurre en el interior. Y aunque no me lo explica en su carta, he de asegurarle que, al mismo tiempo en el que ocurre dicho autodescubrimiento, usted ha experimentado ciertos estados dolorosos, pues como bien ha de saber, conocerse requiere la invocación de la verdad, y la verdad, apreciado psicólogo, tiene un costo doloroso, pero liberador. 

Podríamos escribir millones de cartas hablando sobre la importancia de la familia en cada ser humano, pero lo importante es únicamente decir que las razones de lo crucial con respecto al núcleo familiar reside en algo muy obvio, y eso es la repetición de lo primario, de lo infantil, pues la familia es la fuente inicial de toda patología. No es extraño cuando la familia se siente desplazada u olvidada cuando uno de sus miembros busca y encuentra la independencia; pareciera que para las familias del mundo amor y cercanía son la misma cosa. Por esos motivos, cuando no existe cercanía, los familiares perciben en su mundo interno que no hay amor o aprecio. La familia desearía que todos sus miembros permanecieran unidos por la eternidad, pero el cambio de esos propósitos genera angustia y resentimiento, pues atreverse a soportar la lejanía de los seres queridos, es atreverse a tolerar el dolor, y así, ser adulto, y así, atreverse a hacer lo que nadie ha podido. 

No me ha quitado usted nada de tiempo, al contrario, ha sido un intercambio bastante nutritivo. Escriba por favor cuando se le antoje, siempre recibirá una respuesta de mi parte. Mi saludos sinceros: 

Dr. Sigmund Freud


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"Respetable Dr. Freud (I)"
"La constancia de la pérdida"
"Lo incestuoso"