viernes, 26 de mayo de 2017

El psicoanalista y sus amores

Hacía muchísimo tiempo que quería escribir este texto. Siempre me ha parecido muy atractivo el hecho de que el psicoanalista hable de sus intentos teóricos por explicar el mundo interno de sus pacientes, de las demás personas, pero nunca del propio. Y quizá sea bastante interesante describir algunos de los acontecimientos subjetivos del alma de los que practicamos la psicoterapia. 

Sabemos bien que el amor para un psicoanalista significa la renuncia parcial al estado narcisista. Cuando se ama, dejamos de pensar únicamente en nosotros y comenzamos a pensar en el otro, a interesarnos por él, a buscar su bienestar; el amor, desde la idea freudiana, es el interés psíquico en un "objeto" externo, en este caso, una persona. La energía que motiva nuestra vida ya no se encuentra únicamente contenida en nosotros mismos, ahora se ha depositado en otro ser humano. El psicoanalista sabe que al enamorarse su alma se coloca en uno de los estados más vulnerables del vivenciar humano, pero también es consciente de que amar es una recompensa ante todas sus pérdidas y duelos; sabrá amar quien, en el pasado, se haya resignado ante las pérdidas y frustraciones de la vida, pues entenderá que no siempre se puede tenerlo todo y que amar a otro requiere de un esfuerzo que regularmente proporciona placer a cambio. 

Los amores del psicoanalista son siempre comprendidos porque él o ella vive su vida en ello; una vida repleta de intentos de comprender el mundo, no de juzgarlo. Es ese el motivo por el que el enamoramiento, el vínculo del psicoanalista se vuelve calmo, se vuelve un estado en el que probablemente la agresión no sea algo frecuente, o si lo es, siempre tendrá una explicación dentro de su mente, y esa explicación, ese entendimiento, siempre empujará hacia afuera por amortiguar cualquier fractura que pueda ocurrir en el vínculo amoroso con el otro. No hay perfección en el enamoramiento y el psicoanalista lo sabe, entiende la imperfección amorosa y sus vicisitudes; ello no le impedirá amar. Se sabe bien que quien no ama enferma; se puede curar un "mal de amores", pero no hay cura para la "ausencia de amor total". 

Un psicoanalista sabe que el amor es imperfecto; está plagado de envidias, celos y demandas, pero también reconoce que cada adversidad es parte de vivir y de amar. No se tomará como un juego perverso de la vida cuando surja un problema, sino que comprender y aceptar se convertirán en una prioridad. Las pérdidas se asimilan mejor cuando la mente se resigna ante lo imposible cuando un final ha tocado la puerta. El psicoanalista se sabrá siempre imperfecto, como el amor mismo, y dejará de reconocerse como un ser omnipotente que tiene el poder de cambiarlo y retenerlo todo a su antojo, pues el camino que ha seguido le ha mostrado cómo vencer a su parte infantil; una que hace a los seres humanos a amar vorazmente como los niños pequeños, de forma demandante y caprichosa, sin aceptar negativas o faltas. Un amor infantil, se sabe bien, es un amor inmaduro, incapaz de perdurar sanamente y con el deseo constante de agredir a quien sea que no le pueda otorgar lo que exige; el psicoanalista se alejará lo más posible de aquellos impulsos primitivos, sin ser erradicados por completo. 

Los amores del psicoanalista siempre intentarán satisfacer la necesidad de ayudar al otro, de hacerle una mejor persona, pero será bien sabido que la ayuda más grande no vendrá de ser el terapeuta de su objeto de amor, sino únicamente del cariño y amor sano y adulto que se desprenda hacia la pareja; no existirá ayuda más grande que el amor mismo. 

Amar siendo psicoanalista es amar con consciencia, con ternura y con deseo. 


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