viernes, 7 de julio de 2017

Las flores

Estaban las flores bonitas, siendo acariciadas por los vientos. Bonitas ellas se movían elegantemente entre ráfaga y ráfaga, se sentían majestuosas, importantes, preciosas.

Las flores en aquel jardín, el jardín de aquella casa, en aquella pequeña ciudad. Las flores eran entre azul y púrpura, olían a perfume de primavera, a lavanda, a manzanilla, a coco. Hubiese querido, algunos días, que las flores fuesen amarillas o rojas, me enfurecía que no fueran del color que yo quería. Después, con el paso de los días, entendía que a veces las flores no podían ser como yo quería, ni las flores ni muchas cosas de la vida.

Las flores me enseñaron mucho; aprendí a aceptar las cosas como son, a ver el mundo desde un lugar más simple, menos complicado, más natural. Las flores siempre me enseñaron a ser feliz en silencio, sin enterar a otros. Las flores fueron mi guía, mi encanto, fueron mi desahogo, mi llanto, fueron todo, fueron tanto. 

Me gusta escribir sobre las flores, sobre sus colores, sobre sus aromas; flores de colores en primavera, flores marchitas, secas, entre las hojas de una libreta. Porque en realidad escribo sobre los momentos en los que han estado ellas presentes, sobre los segundos que han sido bonitos y también sobre los que han sido insoportables. Las flores no son tanto las flores, son los pedazos de mi vida que ellas representan. Flores para el té cuando el corazón está roto, flores y café cuando somos otros, flores en la ventana para la alegría, flores marchitas y olvidadas en la melancolía. 



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